Piketty, en el laberinto del capital

En la obra de Thomas Piketty falta una discusión sobre el rol de la inflación como saqueo permanente a las grandes mayorías por parte de las élites.



Juan Fernando Carpio* 24 Mayo 2014

El más reciente intento de moldear nuestra visión sobre el capital viene de un economista francés, Thomas Piketty, cuyo libro está recorriendo como un fantasma el mundo.

El Capital en el Siglo XXI’, como se titula, se ha vuelto la pieza central de las discusiones sobre la desigualdad en el mundo desde los tiempos de Adam Smith y David Ricardo hasta nuestros días.

El libro de Piketty ha sido loado y criticado con mucho vigor, pero algo resulta claro: es imposible de ignorar pues va a influir en las discusiones de política económica en varios países del mundo. A pesar de situarse -al igual que Marx y al margen del origen geográfico de ambos- en la tradición anglosajona en sus conceptos, Thomas Piketty hace desde el inicio observaciones críticas y toma distancia de las profecías de desastre de Malthus y Marx para las eco­nomías modernas.

El autor se sitúa así como un pensador original para plantear su tesis. ¿Cuál es esta? Piketty propone dos conceptos basados en una suposición -que asume- dada. La suposición es que la desigualdad entre riqueza (heredable e invertible) e ingresos (por actividades presentes) -sobre todo si es creciente- es mala. No potencialmente mala, no mala según el entorno cultural que la interprete, no mala si proviene de prácticas injustas (privilegios políticos, financieros y culturales); mala a secas.

Los dos conceptos son el que la heredabilidad de la riqueza y la “hipermeritocracia” (sic) de las economías anglosajonas presentan dos fuerzas pro desigualdad y así lo han sido durante el siglo XX y en la actualidad. Luego, el autor despliega capítulo tras capítulo un formidable trabajo estadístico que se asume puede zanjar por sí mismo las discusiones sobre esos asuntos.

Un ejemplo es la discusión de Piketty sobre la reducción de la desigualdad en los años posteriores a las guerras mundiales (capítulo 10). Es cierto que el destruccionismo de guerra destruye riqueza heredable. Pero esa reducción de la de­sigualdad no es deseable salvo para los más impacientes keynesianos como Paul Krugman.

El libro ha sido criticado por economistas muy afines a su pensamiento político como Robert Reich y Larry Summers, por su determinismo económico e incluso sus recomendaciones de ‘policy’.

Summers fue más allá: señala que Piketty no toma en cuenta la depreciación del capital (que no se repone solo, como ­exponen muchos economistas de la corriente anglosajona) por lo cual los trabajadores ­terminan recibiendo una porción creciente de la relación capital/trabajo.
Las grandes corporaciones estadounidenses -por ejemplo- destinan alrededor del 80% de sus ingresos luego de otros gastos, a salarios. Las ganancias para los inversionistas de capital bordean el 7%. En países emergentes el retorno sobre el capital puede ser fácilmente tres o cuatro veces mayor, pues hay menos capital en ­general compitiendo por el factor humano.  

El capital (riqueza invertida) es el gran aliado de los trabajadores (independientemente de la bondad personal de los capitalistas). Pero desde la tradición continental, las críticas han sido aún más esenciales. Justamente es la tradición continental (en especial la escuela de Carl Menger) la que ha estudiado el capital como riqueza destinada a producir riqueza por parte de “entrepreneurs”, como una estructura en el tiempo y en un entorno institucional que alienta o desalienta hábitos financieros muy diversos en la población.

En Piketty falta una discusión sobre el rol de la inflación (el dinero como institución decisiva) como saqueo permanente a las grandes mayorías por parte de las élites político-financieras. Además, crea burbujas que inflan el valor de los activos que tiene el 1% de la población y cuando aquellas revientan, los más ricos e influyentes son rescatados a costa del resto de la población. Y no solo eso: la inflación desalienta hábitos capitalistas (ahorro-inversión) en la población y promueve el consumismo.

Los estadounidenses ahorraban alrededor del 10%, recomendado por los expertos en wealth-building en 1970. En 1971 Richard Nixon elimina el respaldo en oro para el dólar. Hoy ese porcentaje es cercano al 2%. Las instituciones, en este caso el dinero, cambian fundamentalmente los incentivos.

El Capital en el Siglo XXI’ es un libro extremadamente agradable de leer y que apela con referencias a novelas de siglos pasados a nuestros prejuicios emocionales sobre la desigualdad. Sin embargo propone (sección 4) recetas pro impuestos a los más ricos, que el propio presidente socialista François Hollande ha descartado en su Francia natal.

Es mejor pensar en formas de capitalismo popular que incluyan cada vez más a las clases medias mundiales en la tenencia de capital en entornos de dinero real (oro, plata) que permitan el inversionismo i­ncluyente como parte de la cultura popular.

En suma, el libro de Piketty es un importante aporte al debate sobre las políticas públicas y ­familiares que pueden llevarnos a un mundo más justo pero libre al mismo tiempo.

*Economista y profesor en la Universidad San Francisco de Quito. Seguidor de la escuela económica de Viena. En Twitter su cuenta es @jfcarpio.

El libro más polémico
El libro tiene cerca de 650 páginas, salió al público en inglés el 10 de marzo, subió al puesto número uno de la lista de ‘best-sellers’ de Amazon en Estados Unidos, en abril, y su impacto ha sido comparado con el que tuvieron Adam Smith en el siglo XVIII, Carl Marx en el XIX y John Maynard Keynes en el XX. ‘Capital in the 21st Century’ lleva un duro ataque al capitalismo al ubicar en él  un rasgo que considera inherente a su funcionamiento: una creciente desigualdad que tarde o temprano será “intolerable”.

Desde una perspectiva de centro-izquierda, también se ha criticado a Piketty porque su tesis se mantendría dentro de los límites de la economía ‘neoclásica’. El autor de ‘Post Keynesian Economics: Debt, Distribution and the Macro Economy’, el académico estadounidense Thomas I. Palley, señala que esta limitación hace posible “cambiar algo para que no cambie nada”, vieja técnica del gatopardismo.

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