Tras 225 años, la luz renueva la memoria

Una puerta recién reabierta en el Complejo Jesuita del Colegio Máximo de San Ignacio vuelve a unir a La Compañía con el hoy Centro Metropolitano, y abre paso a las preguntas



iguzman@elcomercio.com   María Antonieta Vásquez* e Ivonne Guzmán. Editora (O) 22 Mayo 2016

Por un orificio de 2,98 m de alto por 1,65 m de ancho, el conocimiento vuelve a ponerse en circulación. Hasta inicios de mayo cuando se reabrió, habían pasado 225 años desde la última vez que por la puerta del ‘Tránsito’ del antiguo complejo jesuita pasó la luz, en sentido literal y figurado. Quito recupera, en este sencillo e histórico gesto, siglos de memoria de la que puede sentirse comprensiblemente orgullosa.


Con la reapertura de la puerta que conectaba las aulas de la Universidad Jesuita de San Gregorio -hoy convertidas en salas de exhibición del Centro Cultural Metropolitano  (CCM)- con la iglesia de La Compañía, a propósito de la exhibición ‘Meridiana Ecuador’ -que recoge el trabajo de las tres misiones geodésicas francesas que han pasado por el Ecuador-, se abre también la posibilidad de (re)pensar la ciudad.


Como dice el urbanista quiteño Jaime Izurieta Varea, de alguna manera revive una dimensión de Quito, gracias a esa antigua conexión. “Esos descubrimientos siempre son importantes -dice- y desatan procesos de pensamiento que ni se nos ocurren”.

La puerta
La puerta
fue cerrada en 1791. Conecta La Compañía con una sala del CCM


Pensamiento es una de las palabras clave para releer lo que hoy conocemos como un enorme espacio de exposición artística y que no puede reducirse a eso. Es el sitio con más historia de la ciudad y quizá del país; por lo menos desde la llegada de los españoles.


Desde finales del siglo XVI (1594), cuando los jesuitas tomaron posesión del terreno y empezaron trabajos de edificación del Complejo del Colegio Máximo de San Ignacio, varios hechos decisivos de la vida de lo que hoy es Ecuador han tenido lugar en él. Por ejemplo, en el Salón de Actos, que conecta en línea recta con la puerta reabierta, empezamos a imaginarnos como nación, el 13 de mayo de 1830, cuando los Padres de Familia de Quito  (así se llamaban entre sí los notables) decidieron separarse de la Gran Colombia.


El cierre de la puerta puede asemejarse a la colocación de un torniquete en alguna parte del cuerpo para impedir la circulación de la sangre. Al reabrirla es como si el torniquete hubiese sido aflojado y ahora la circulación fluye naturalmente. Y aunque es difícil que tenga el mismo sentido que tuvo antes, porque de hecho, no se va a poder pasar (el tránsito solo durará lo que dure la exposión, hasta el 10 de julio de este año) y lo que fue la universidad ya no cumpla las mismas funciones, la reapertura tiene una enorme importancia.


Con la puerta nuevamente abierta se rehabilita una conexión dentro de lo que fuera el complejo y quizá sea el comienzo de nuevas oportunidades de sinergia. Solo el hecho de que ya se pueda ver a través de la puerta de vidrio logra que el edificio se vuelva a entender como un todo.


La incesante vocación del conocimiento

Plano de la planta baja
Plano de la planta baja
Este plano data de inicios del siglo XIX y muestra la planta baja del complejo jesuita.


Entre las centenarias paredes del complejo también se instaló, varios años después de la expulsión de los jesuitas, la primera imprenta que llegó a la ciudad; se decidió realizar el primer periódico: Primicias de la Cultura de Quito;  paseó Eugenio Espejo, en su calidad de principal de la Biblioteca Pública que ahí funcionaba; y, además del Colegio Máximo y -varias décadas después-  el San Gabriel, también encontraron lugar la ya mencionada Universidad de San Gregorio, la Real Universidad Pública de Santo Tomás de Aquino, la U. de Quito, la U. Central del Ecuador y la Escuela Politécnica.


De hecho, hasta antes de su clausura en 1791, la puerta en cuestión habilitaba el corredor conocido como ‘el Tránsito’, que durante la segunda mitad del siglo XVII y buena parte del XVIII conectó la universidad con la iglesia. Cuando los jesuitas, tras su expulsión en 1767, dejaron de regir la iglesia y el complejo, la puerta empezó a perder sentido.


Sin una conexión directa entre quienes administraban el templo y los estudiantes que se formaban en la U. de San Gregorio, la posibilidad de que extraños pasaran a La Compañía más bien despertaba recelo; las instituciones religiosa y educativa empezaban así un largo camino de separación, que se mantendría de manera intermitente por varios años.


La pared que reemplazó a la puerta puede entenderse además como un símbolo del vínculo roto entre la universidad y la Iglesia; una prueba material de la secularización promovida por Carlos III y sus ministros ilustrados, que querían a la Iglesia fuera de varios asuntos, de los que quería encargarse exclusivamente el Estado; entre ellos, la educación.


Paradójicamente, con ese cierre físico se abrió conceptualmente el paso a nuevas ideas y a nuevos planes de estudio. Aunque también es innegable que con la desvinculación de la Compañía de Jesús de la educación universitaria, ésta perdió en calidad.

Complejo Jesuita del Colegio Máximo
Complejo Jesuita del Colegio Máximo
Hoy CCM


Hoy, nuevamente, la posibilidad de conocer es la que derriba esa misma pared. Gracias a una exposición que une la historia con la ciencia y el mundo religioso con el seglar, las administraciones del CCM y La Compañía -con autorización del Instituto Metropolitano de Patrimonio- se pusieron de acuerdo para volver a dejar pasar la luz.


En un día y medio, cinco personas especializadas desmontaron los ladrillos que por 225 años habían mantenido a la sombra, oculta, una parte de la historia del edificio, es decir, de la ciudad.


Por lo menos oculta para el gran público, que  no relaciona la joya del arte barroco (La Compañía) con el edificio del al lado, al que suele ir a ver exposiciones, en el que ha presenciado algún discurso político o que conoce por su formación escolar: en la visita de cajón al museo Alberto Mena Caamaño (con sus figuras de cera) o porque ha ido a hacer consultas en la Biblioteca  Municipal, que allí funciona.


Mencionar a la biblioteca, ya sea la pública, la nacional o la municipal, es inevitablemente traer a colación a Eugenio Espejo, que desde allí lideró apasionadas reuniones entre los ilustrados de la ciudad, que no estaban a gusto con las imposiciones de los administradores de la Corona en la Real Audiencia. La Sociedad Patriótica de Amigos del País de Quito, fundada en 1791, en el Salón de Actos, es otro de los hitos que no se comprenden sin Espejo. Él y sus contertulios buscaban el progreso del pueblo y para ello se reunían a hablar.


Un contenedor de historias y de preguntas


La restauración de esta conexión y la conservación del espacio no pueden ser entendidas como un capricho patrimonial purista, sino como una posibilidad de volver los ojos al pasado para interpelar al presente desde las historias a las que se puede acceder una vez reabierta la puerta.


¿Qué importancia le estamos dando al conocimiento, sus condiciones de producción y difusión, en este momento en que el país, por ejemplo, ha desarticulado el Sistema Nacional de Bibliotecas?, puede ser una de las muchas preguntas que se abren junto a la puerta recién recuperada.


Esta especie de túnel del tiempo imaginario que es la puerta del ‘Tránsito’ nos devuelve también la memoria del primer jardín botánico que tuvo la ciudad, diseñado por el padre Luis Sodiro; la imagen de una noche despejada e iluminada por las estrellas, vista desde el primer observatorio del país que se levantó en una de las torres truncas de la iglesia; o el sonido de las primeras monedas acuñándose en alguna de las habitaciones del complejo; también el olor a aguardiente del estanco que allí funcionó o a pólvora del depósito que por varios años se mantuvo junto al cuartel, que también se instaló ahí, alrededor del patio hoy llamado de La Picota y que fue separado de los dominios religiosos a través de la clausura de otra puerta, que permanece cerrada; el último torniquete que queda por aflojar para que la memoria fluya y, con ella, las preguntas. Es decir, la posibilidad del conocimiento.


* Historiadora.

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