La tecnología garantiza tus derechos, no la ley

Desde la Internet profunda, criptoanarquistas anónimos luchan por la libertad del individuo, empatando con el libertarianismo y confundiéndose con el delito.



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 22 Mayo 2016

Tal como la imprenta redujo el poder de los gremios y la estructura social del medioevo, el desarrollo tecnológico altera -ahora- la naturaleza de la regulación gubernamental, el control sobre las interacciones económicas, la habilidad para mantener la información secreta... Así podría resumirse el ‘Manifiesto criptoanarquista’, cuyo alusivo inicio reza: “Un fantasma recorre el mundo moderno, el fantasma de la criptoanarquía”. 


El texto compone el acápite 16.4.2 de ‘The Cyphernomicon’, documento escrito por Timothy C. May que compila las bases y los objetivos del movimiento de criptoanarquistas y ciberpunks, quienes hallan en la criptografía de los contenidos circulantes en el ciberespacio, una herramienta en la lucha contra lo que llaman la opresión estatal.


La Internet profunda (donde el contenido no puede ser rastreado o indexado por los buscadores convencionales y cuyo navegador estrella es Tor) es el terreno; la democratización de la tecnología pone los cimientos; y los ‘hackers’ son los constructores de esta estructura -actual pero no novísima pues las primeras piedras se colocaron en los ochenta-. Con cada escándalo de ‘computer crimes’, con cada ‘hacker’ detenido, con cada filtración de información clasificada, con cada sorpresa que suelta la Big Data, el interés global se perfila en esta dirección.


Al estar enmarañados en la Web, basta tomar un punto, un filamento de la red, para encontrar más y más información sobre datos, vigilancia, ‘hackeo’, ‘computer crime’, mercados virtuales... Los documentales abren una puerta, desde ‘Deep Web’ (adecuadamente narrado por Keanu Reeves, el Neo de ‘The Matrix’), hasta los populares ‘Citizen Four’ -sobre Edward Snowden- o toda la filmografía generada en torno a Julián Assange: ‘Risk’, ‘We Steal Secrets’, ‘Mediastan’. Otros tantos se despliegan en las plataformas digitales del audiovisual; una breve búsqueda devela los títulos ‘Terms And Conditions May Apply’, ‘The Rise and Rise of  Bitcoin’ y ‘Owned’.


En esos registros y otros de patrón similar se exhiben las creencias de los ciberpunks: el gobierno no debería fisgonear en los asuntos de los ciudadanos; la protección de conversaciones es un derecho básico; los derechos deben estar garantizados por la tecnología en lugar de por la ley; y, el poder de esa tecnología crea nuevas realidades políticas.


Según ‘The Cyphernomicon’, criptoanarquistas y ciberpunks empatan con los principios del libertarianismo (en base a los postulados de la Escuela Austriaca, Ludwig Von Mises y Murray Rothbard). En esa línea, son partidarios de la privacidad y las libertades; además, son escépticos de que una estructura central de control pueda coordinar las necesidades y deseos de la gente.


Desde la perspectiva económica abogan por un libre -libérrimo- mercado, donde las transacciones se autorregulan, como resultado de un balance de poder entre los individuos y las grandes entidades. Tal apertura genera preocupación sobre las posibilidades que tendrían el mercado negro, el tráfico de drogas y armas, la evasión de impuestos u otros delitos en ese espacio. Aunque sean preocupaciones válidas, ¿las seguridades que brinda la criptografía no debieran existir? Esto no detendrá la propagación del criptoanarquismo, así como los controles sobre bandoleros y piratas no pararon los inicios del capitalismo.


Para los fines de la criptoanarquía, el intercambio económico se hace en base a una moneda virtual: el bitcoin, criptodivisa que ha sido calificada por sus impulsores como una tecnología subversiva que crece en todo el mundo... Un renacimiento financiero, que hace apenas semanas develó el nombre de su creador:  el australiano Craig Wright, quien se ocultó tras el seudónimo de Satoshi Nakamoto.


Sucede que en ese sector del ciberespacio -la Internet profunda, una estructura descentralizada-, los papeles se reparten entre todos los usuarios y no existe la figura cardinal del autor, o, si la hay, es como una función anónima o identificada por seudónimos. Curiosamente, los nombres escogidos por los rebeldes del ciberespacio son referenciales de la historia, la literatura, el cine, el cómic y también se erigen como una declaración de principios.


Que la voz del mercado virtual Silk Road sea el Dread Pirate Roberts responde a que el personaje de ‘The Princess Bride’ -novela y filme- no es un hombre sino una serie de individuos que pasan el nombre y la reputación a un sucesor. Que Julián Assange se haya identificado como Mendax en sus primeras operaciones se remite a un verso de Horacio:splendide mendax (noblemente falso o espléndido engaño). Que la máscara de Guy Fawkes sea usada por Anonymous, además de referenciar la gesta del conspirador británico empata con la lucha en ‘V for Vendetta’ -novela gráfica y película-.


Otro sustento del contrasistema desde la red apunta a que la Web creció anárquicamente, lo cual se deriva de una voluntad libre de sus usuarios, quienes toman sus propias decisiones y construyen sus propios mundos; sin votaciones ni organizaciones que administren tales asuntos. Entonces, la idea de anarquía, en lugar de la legitimada por el poder que la compara con el terrorismo, se corresponde con que la sociedad pueda organizarse de manera libre, sin amenazas, ni jerarquías ni autoridades.

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