El otro por qué del tercermundismo

¿Qué condiciones hacen que un país no juegue en las grandes ligas: las razones estructurales de su subdesarrollo o los comportamientos fallidos de su sociedad?



Carlos Rojas. Editor (O) 25 Julio 2015

‘Un referendo bananero’. Esta frase circuló con insistencia en las redes sociales españolas, horas después de que el primer ministro griego, Alexis Tsipras, se acogiera al drástico plan de ajuste diseñado por la Unión Europea para emprender, por enésima ocasión, el rescate de un país destruido por la deuda y hundido en la desesperanza.

La frase -hay que reconocerlo- era replicada por quienes defienden la hegemonía europea buscando ridiculizar a quienes en España anhelan que Pablo Iglesias, el hermano político gemelo de Tsipras, también cause una revolución.

El referendo griego se ganó ese mote, tan peyorativo y conocido en América Latina, porque, a través del voto popular, Tsipras y su partido querían dotarse de una legitimidad incuestionable, capaz de sacudir los cimientos de ese continente y sentar todas las condiciones a favor del pueblo griego, para que el ajuste económico de ese país no tuviera que pasar por una nueva receta de ajuste.

Pero Tsipras, días después, agachó la cabeza ante el ‘imperialismo’ alemán y los implacables acreedores de su deuda externa desproporcionada, lo cual despertó nuevamente la protesta en la calle. El Gobierno griego demostró que su proyecto tenía más de demagogia que de revolución. Y, lo que es peor, su aventura agudizó la crisis de confianza en la economía de ese país que vivió por 21 días un corralito bancario.

Decir que el referendo bananero y las promesas rotas en Grecia confirman que en Europa hay dos tipos de países, unos más desarrollados que otros,  no tendría nada de novedoso. Lo que sí llama la atención es que la opinión pública de ese continente haya desempolvado un debate algo más ácido: el ‘tercermundismo’ en Europa.

Su definición no tiene nada que ver con aquella construcción teórica que surgió en la Cepal, a partir de los años 50, para explicar las causas del subdesarrollo de América Latina. La teoría de la dependencia suponía que los países imperialistas -EE.UU. y Reino Unido, especialmente- explotaban a las periferias -los países del Tercer Mundo-. En otras palabras, la prosperidad de ese Primer Mundo requería del retraso de las naciones pobres y la necesidad de que esta desigualdad continúe siempre.

Bajo ese paradigma, se desarrolló una importante escuela de pensamiento que alimentó a la izquierda latinoamericana y cuyos líderes encarnaron laurgencia de unas revoluciones inspiradas por los cambios que entonces vivían los países comunistas o del Segundo Mundo,   liderados por la Unión Soviética y cuyo ejemplo de valentía y dignidad más cercano estaba en la Revolución Cubana.

¿Cuánta vigencia tiene la teoría de la dependencia y su forma de entender el tercermundismo? El fracaso comunista y el doloroso experimento neoliberal que se instaló en la región -de forma incompleta, dicen sus defensores para justificar también su fracaso-, cambiaron la forma de asumir el subdesarrollo latinoamericano.

Los países más juiciosos con la estabilidad estructural de sus economías (todavía primarias y extractivistas) y la apertura a los mercados conducidos por la iniciativa privada se enorgullecen de haber creado riqueza y modernización. En cambio, aquellas naciones que no dejan de mirar con rencor al Primer Mundo, reeditaron un desarrollismo estatal para destacar los avances sociales refrendados en sus democracias plebiscitarias.

Sin embargo, en el Primer Mundo de hoy estas perspectivas no pincelan al tercermundismo. Son otros componentes más bien culturales, y Grecia es el ejemplo más claro.

El primer ministro griego
El primer ministro griego
Alexis Tsipras (c), en la sesión en la que Atenas aceptó el duro ajuste de la UE.

En su libro ‘Boomerang: viajes al nuevo tercer mundo europeo’ (2012), Michael Lewis describe -con gran sarcasmo- el comportamiento de la sociedad griega, la islandesa y la irlandesa, así como de sus élites, para descubrir la causa de sus colapsos económicos, a partir del 2008.
Él no se inquieta por el bajo nivel industrial de ciertos países europeos en comparación con Alemania, Francia o Reino Unido. Lewis apunta a que el poco interés de la gente por el trabajo, la corrupción, los subsidios desproporcionados y la burocracia abultada sepultaron al Estado griego.

Una conclusión de este autor estadounidense, quien siguió la crisis que azotó a su país y a Europa hace siete años, es que fue el Estado griego el que quebró a la banca y no al revés, por el desordenado manejo de su deudas y múltiples créditos. También por la imposibilidad de sus sucesivos gobiernos de mantener un sistema de estadísticas sólido que permitiera tomar, con veracidad, el pulso de su economía y haber determinado, desde el año 2000, si este país calificaba o no para ser parte de la zona euro.

Cómo no podía quebrar un país, se pregunta Lewis, cuando los sueldos de su sector público promediaban los 5 000 euros, cifra que las empresas privadas no podían pagar. Esas distorsiones hicieron que las pérdidas del sistema ferroviario fueran tres veces más altas que los ingresos que recibía.

Las causas de esa crisis no solo radican en las conductas de las élites griegas. Otro gran lastre es esa cultura de evasión tributaria de la que fueron parte millones de personas.

Con o sin culpa, esa sociedad empobrecida cifró su esperanza en un gobernante que ofreció negociar de pie una salida digna a la crisis. Pero ante la ausencia de un plan bien estructurado que fue duramente observado por el Parlamento Europeo, se constató que la promesa de Tsipras fue solo un referendo tercermundista.

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