Quito, una ciudad conventual

Se crearon áreas específicas para la acción catequística de las comunidades mercedaria, franciscana, dominica y agustina.



Ximena Escudero Albornoz* (O). Historiadora e investigadora, especializada en el centro histórico. Ha realizado publicaciones y curadurías de bienes culturales. 25 Julio 2015

Demarcada por los Andes y dibujada por España en 1534, Quito antiguo es una urbe henchida de historia que retiene en sí lo justo del pasado vernáculo: su introvertida naturaleza, por lo cual ha protegido su trazado hipodámico y su arquitectura religiosa preservándoles para la actividad cotidiana y la práctica del culto externo, respectivamente. En efecto, la finalidad claustral, conventual  y colegial de los cenobios y  para el desarrollo del rito piadoso ha continuado vigente; siendo la devoción popular la que ha amalgamado el patrimonio material con el inmaterial. Y es gracias a la idiosincrasia quiteña -más mística que profana y mas conservacionista que progresista- que el casco viejo constituye una historia tridimensional de fácil lectura.

Mas, con el propósito de llamar  -con verdadero conocimiento de causa- “ciudad conventual” a este mínimo asiento indoamericano, ha sido necesario remontarse al Medievo para hallar la génesis y la razón por la cual una ciudad debía ostentar una traza en cuadrícula al tiempo de ser  susceptible a ser dividida en cuatro partes. En efecto, el afán de fundar urbes con trama ortogonal respondió  al anhelo de identificar una ciudad cristiana con la disciplina y concierto inherentes a la doctrina apostólica; y la partición, a la conveniencia de fijar  un  área   específica para el radio de acción catequística de cada comunidad mendicante: mercedaria, franciscana, dominica y agustina.

Esta  noción  teorizada -entre otros-   por el teólogo Joaquín de Fiore (1145-1202), difusor del ideal milenarista, y por el filósofo  Tomás de Aquino (1225-1274), creador de la ética como disciplina del bien social y del concepto de “ciudad  bella y bien ordenada” apta para el  bienestar;  dejó de ser paradigmática de la mano  de Francesc  Eiximenis (1330-1409), figura del franciscanismo prerrenacentista. De hecho fue Eiximenis  quien  concibió el plano urbano  basado en la “ciudad de la perfección” de la escuela tomista prerrenacentista y en la “utopía cristiana” de Fiore, compaginándolas  con   la “historia del pensamiento  geográfico” y con el “funcionalismo” de Sebastián Serlio (1475-1554); siendo  el autor del trazado de la “ciudad articulada a partir de ejes ortogonales que al cruzarse en la plaza dividen el recinto en cuatro cuarteles”.

En realidad, el entramado de Santa Fe de Granada (España, 1491) respondió en su totalidad a la tesis de Eiximenes, constituyéndose  en el  modelo  para  la implantación de las urbes en Hispanoamérica, donde  –sin importar el perfil orográfico del sitio seleccionado- fue plasmada  con excelencia esta noción urbanística española/renacentista europeizada.

En virtud de lo precedente se incluye el “Plano actual de la ciudad de Quito con el reparto de solares…1534-1575 […]” (Pablo Viteri Dillon, 2010) que ilustra este estudio, pues deja ver la distribución primaria de los predios que señalados por el Cabildo fijaron el emplazamiento -en cada cuadrante- de los conventos e iglesias de las comunidades mendicantes.

De esta forma, Nuestra Señora de la Merced (fray Hernando de Granada, capellán de Benálcazar) la única  orden en arribar con los fundadores, la de San Francisco de Asís (fray Jodoco Rique) venida en diciembre de 1535 y la de Santo Domingo de Guzmán avecindada poco tiempo después, fueron las “religiones” (llamadas así, siglo XVI) que recibieron directamente del Ayuntamiento los terrenos para erigir sus fortalezas espirituales, espacios en los que se han mantenido hasta hoy.  Los  solares de La Merced ubicado en el cuadrante noroccidental y el de San Francisco en el cuadrante suroriental, fueron acreditados oficialmente en abril y junio de 1537, respectivamente, y  a la Orden de Predicadores (1541) le fue adjudicado aquel localizado en el cuadrante suroriental.

Trazado
Trazado
En el plano es notoria la división en cuadrantes. En azul, el espacio ocupado más tarde por la Compañía de Jesús.

A la comunidad agustiniana, el Concejo le otorgó un lote en la cima de la loma de San Juan (actual recolección de  Agustinas de la Encarnación) en julio de 1573, pues los demás sitios ya tenían sus dueños; pero -poco tiempo después- los sacerdotes agustinos se mudaron (autorización del organismo rector) a los predios (casas) por ellos comprados en el noreste de la plaza Mayor (calles Guayaquil, Chile, Flores y Manabí). “[…] Fue la orden de San Agustín la que, al llegar en cuarto lugar, ocupó el último cuadrante disponible dentro de la traza urbana, cerrando el cuadrilátero iniciado por los emplazamientos de las tres órdenes precedentes […]” (Pablo Viteri, 2012).

La Compañía de Jesús, orden religiosa de carácter militante, llegada (1586) luego de que  la repartición  urbana habo terminado, tuvo su hospedaje temporal en la loma de San Juan (parroquia  Santa Bárbara) y después debió encontrar un sitio óptimo   para su residencia definitiva, evitando interferir con la actividad  de las otras órdenes y de la Curia, a la vez ser el  adecuado para su ejercicio evangelizador.
Así, se estableció  al noreste de la plaza de San Francisco colindante a la quebrada de Manosalvas, construyendo  su primer templo (San Jerónimo) y su colegio (San Luis)  en el predio noreste  de las calles García Moreno y Sucre; luego,  la iglesia definitiva y el mencionado colegio, pasaron –tras permuta con la Curia- a la gran manzana limitada por las calles Sucre, García Moreno, Benalcázar y Espejo.

“[…] una simple ojeada a los monumentos históricos de Quito permite deducir el predominio de la religión en el espíritu del pueblo durante el periodo hispano. Los templos se tornaban en el hogar común en el que convergían todos a desahogar sus devociones. Es notorio el contraste entre la magnificencia de las iglesias y la modestia de la arquitectura civil […]” (José María Vargas, 1956).

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