Tener sólo apellido no vale nada

El abolengo podría ser un tema difícil de tratar con alguien acomplejado, pero no es el caso ni de lejos con el artista cuencano Eduardo Vega, quien reflexiona, sin poses, sobre este asunto que le es cercano.

Ivonne Guzmán. Editora 25 Octubre 2014

Para abordar el abolengo, en tono cuestionador, con una de las representaciones vivientes de tal concepto y salir bien parado se necesita un interlocutor inteligente y generoso, y Eduardo Vega lo es.

Pausado y risueño, antes de que le haga ninguna pregunta o mencione el tema, me dice (porque ya está sobre aviso acerca de  lo que vamos a hablar): “Sí  sabe que el abolengo tiene que ver con la herencia, ¿no? Por ejemplo una familia de músicos es de abolengo musical. Porque no estamos hablando solamente de los pelucones. Yo soy pelucón, pero como soy un libre pensador creo que soy bastante universal”. Asiento.

Una vez aclarado el punto, nos sentamos en una esquina de su galería/almacén, que está ubicada casi en la cima del cerro Turi. A través de los ventanales se pueden ver su jardín y la mayor parte de Cuenca.

Entrevista a Eduardo Vega
Nació en Cuenca en 1938. Estudió en la Escuela de Bellas Artes San Fernando, en España. Su formación también incluye estudios en Diseño en Londres y en Cerámica en Francia. Investigó el arte popular local junto a Oswaldo Viteri, Jaime Andrade, Olga Fisch, entre otros. Es una autoridad en cerámica artística y utilitaria; fundó el Museo de las Artes del Fuego en Cuenca junto con suesposa.

Eduardo Vega
Eduardo Vega
Aunque este famoso artista ceramista dice que no es bueno para las fotos, tiene talento para posar; y acepta de buen agrado la tortura que significa una sesión de fotos.

¿Usted, de qué rama de los Vega es?
De los que vinieron de Perú. Mi tatarabuelo vino de Trujillo y encontró tierras fértiles en el valle de Yunguilla; compró tierras e  hizo una instalación para fabricar aguardiente de la caña de azúcar. Venimos de España a Perú y de ahí a Cuenca. Deben haber venido en 1750; el primer Vega que vino se llamaba don Melitó de la Vega. Así era el apellido y luego se cortó.

¿Y cuántas veces habrá escuchado esta pregunta que le acabo de hacer?
Sabe que ya no se escucha tanto. Antes sí, porque había esos personajes que buscaban títulos de la familia, porque andaban en ese tema. Pero todavía hay gente interesada en la historia, en la cuestión de la herencia cultural. Y a mí sí me parece interesante saber. A mí me interesa mucho la historia de la gente, de los países y estoy hasta casado con una historiadora, claro que es del arte (Alexandra Kennedy).

¿Tiene conciencia de que usted es la imagen viva de la alcurnia cuencana?
Yo soy Vega Malo. Y por Malo, mi abuelo Federico Malo es muy ilustre; era liberal y masón. Digamos que sí tengo esta conciencia, pero es que yo en lo que estoy interesado es en salvar mi patria y no me interesan porque sí la estirpe ni nada de eso. En lo que estoy interesadísimo es en rescatar la memoria y sobre todo en mejorar mi ciudad y mi país. Para progresar, pero no yo solo, sino mi ciudad.

Deme su definición propia de abolengo.
Es una herencia de algo que se da en una familia o en un grupo que tiene sus valores, pero yo creo que sobre todo tiene que ver con gente muy sincera, auténtica, correcta, que piensa en su entorno, y no solo en el bienestar de su familia, sino en el bienestar de todos.

¿Para qué sirve en la práctica el abolengo?
Yo no tengo nada que ver con mi familia en cuanto a lo que hago. Mi familia es gente terrateniente, dedicada a la agricultura, o en el caso de mi abuelo Federico era un industrial. Entonces yo de pronto me meto al mundo del arte, me voy a España a los 18 años a estudiar. Así es como yo me construyo.

Yéndose a España, donde no lo conocía nadie ni era el hijo de ningún ilustre.
Sí. Y mi papá me dijo: Bueno, hijo, yo te apoyo, pero te vas a morir de hambre. Y la verdad es que yo hago miles de piruetas para poder seguir adelante, porque no es fácil.

Pero su ascendencia, ¿le ha servido para algo en cuanto a su arte?
Me sirvió en cuanto a que teníamos  mucho interés por la cultura y por la música. Mi madre era pianista y sabía de música. En esa época la gente sabía mucho más y practicaba la música. Siempre había una orquesta en la familia; mi padre tocaba la guitarra, mi madre el piano clásico. Y mi madre se empeñó mucho en que me vaya a estudiar arte y, ¿qué hizo? Pues aquí estaban los españoles que vinieron a dar clases a la Universidad de Cuenca (Guillermo Larrazábal, Manuel Mora Íñigo, que fue el primer ceramista que asomó por aquí); ilustrísimos, de gran valía. Bueno, mi mamá me acompañó a hablar con ellos para ver cómo veían que yo fuese a su tierra a estudiar arte.

¿Y cuando ya volvió convertido en artista le sirvieron para algo sus apellidos ilustres? ¿Han influenciado en su carrera?
Yo he hecho mi camino propio, pero indudablemente he sido apreciado y valorado por mucha gente de mi misma familia, a pesar de que lo normal era estudiar para ser abogado o médico, cosas así.

¿Por qué siguen habiendo sitios como Cuenca, o Quito mismo, donde el origen familiar importa tanto?
Es con mucha razón. Porque son sitios que han tenido gente muy ilustre, de peso. Como Jijón y Caamaño, que es un personaje de la historia del Ecuador. O aquí mi abuelo Federico que va a Francia, estudia,  regresa y hace una de las primeras empresas para la explotación de la cascarilla y los sombreros de paja toquilla; trajo la primera planta de luz, el primer automóvil a Cuenca.

¿O sea que usted cree que es algo también relacionado a la memoria de las ciudades?
Claro, porque es gente que ha trascendido.

¿Y la sociedad pone una expectativa en la descendencia de estos hombre ilustres que no siempre se cumple?
Es que a veces toman el camino de vender carros (menciona esta actividad varias veces como un ejemplo de hacer cualquier cosa). Porque mucha gente de ilustres familias ahora vende carros, vende cosas.

¿Está diciendo que mantienen el patrimonio económico, pero ya no el cultural?
Exacto. Porque no se han metido muchos de estos ‘ilustres’ ecuatorianos a cosas de la cultura, que era algo que naturalmente sí caracterizaba a sus antepasados.

¿No es un síntoma de parroquianismo fijarse más en el apellido de las personas que en su valía?
Sí, es ser muy parroquiano, provinciano o como se quiera llamar… Porque si vamos a un nivel internacional la valía de la gente se mide por lo que ha podido hacer, estudiar, pero que sean cosas auténticamente interesantes. No irse a estudiar para después venir a vestirse muy bonito y nada más.

Además de para adornar una repisa, ¿para qué sirven esos libros de familia que incluyen árbol genealógico?
Para mí, algunos sirven para ver la valía de ciertos antepasados o también la mediocridad de otros que no se destacaron, ni en la cultura ni en nada, sino que simplemente tenían el apellido y eso no vale nada.

¿Qué sería lo interesante o positivo de cuidar un linaje?
Eso sirve cuando se da auténtico valor a lo que han hecho los antepasados. Lo que hay que preguntarse es qué ha hecho esa gente que ha sido importante. Lo malo es que los descendientes se hayan desviado y lo único que hayan cuidado sea su economía, pero haciendo cosas sin importancia.

Por eso es que no tiene ningún sentido ufanarse de un apellido ilustre, que es algo aleatorio además.
Tendría algún sentido en el plan de decir: yo vengo de gente que ha trascendido y tengo que valorarlo. Además hay que aportar al apellido, cada uno tiene que ir aportando. Y si no hay un talento mayor, siquiera hay que ser correcto, buen ciudadano.

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