Teoría y nostalgia del viaje

La historia de las sociedades es la de las grandes migraciones, de los viajes, de la inquietud por irse a otra parte, por comenzar de nuevo en horizontes distintos.



Fabián Corral 25 Octubre 2014

Me propongo explorar la inclinación viajera que llevamos dentro, aunque fuese oculta y vergonzante. Parto de la convicción de que  la riqueza y la renovación de la palabra, y la necesidad de hablar con el otro son hijas de la curiosidad innata del ser humano, empeñado en otear lo nuevo y en bautizar a las cosas, ejerciendo el inquebrantable empeño por  apropiarse de la circunstancia e incorporarla a su patrimonio espiritual.

Una forma de ‘crear’ nuestro mundo y de incorporar la circunstancia al alma de cada cual, es marcar con palabras a los seres y a los sitios; es identificar a los horizontes, sembrarlos de alusiones y recuerdos y designarlos con nombres familiares. La palabra tiene la virtud de permitir que nos apropiemos de la circunstancia, que hagamos de ella parte de nuestro patrimonio espiritual. La palabra es la prolongación de cada cual, es el brazo con  el que delimitamos nuestro espacio vital y con el que conquistamos el ajeno.

Sin la índole trashumante del hombre, no se habría producido el mestizaje humano ni el mestizaje de la palabra; no se habría fertilizado el castellano con el quechua y, por cierto, con los profundos decires africanos, misteriosos y evocadores de la libertad perdida y de las selvas distantes, y tan rítmicos como los sones de sus tambores.

Los latinoamericanos somos el producto de viajes hacia lo desconocido, y de las fundaciones de colonias y ciudades. Como causa del viaje estuvo la curiosidad, la ambición, el fundamentalismo religioso, y el afán de imperio y de poder. Estuvo el afán de huir o de superarse, o la simple e irresistible vocación de irse y dejar a las espaldas el mundo que fue.

Los viajes modificaron a la humanidad, ampliaron los horizontes, modelaron el mundo a partir del ejercicio de la curiosidad del ser humano, de su capacidad de descubrir y de nombrar, de afirmar con la palabra la pertenencia a un sitio, a un mundo y a un nuevo vecindario.

El entramado de la historia continental está hecho de viajes que parecen anunciados por la mitología, e inspirados en los sueños que se gestaron a partir de los dioses antiguos y de  las leyendas,  sueños y mitos que venían en la cabeza de los europeos. Ese entramado está construido también en torno a las creencias de los pueblos originarios. Está hecho de rutas por el mar y la tierra, y de episodios tan  inusuales y sorprendentes que, ellos solos, superan toda capacidad de fabulación.

Las Crónicas de Indias cuentan el descubrimiento de un río que arrastra oro, el encuentro con la selva que se traga a los hombres, la incursión en ciudades fabulosas y en templos cubiertos de oro y plata.  Esas crónicas, testimonio del idioma castizo que se fue empapando con el quichua, el guaraní y el araucano, cuentan jornadas épicas, miserias inmensas, cobardías insignes y acciones heroicas. Están, entre esos testimonios, los alegatos de Fray Bartolomé de las Casas y el Códice Florentino de los mejicanos, transcrito con estremecedora fidelidad por Bernardino de Sahagún. Está la visión de los vencedores, su arrogancia y su fuerza, y está la visión de los vencidos, su desconcierto, rabia y desesperanza.

Esos viajes iniciales, donde está la semilla fundadora, se hicieron en carabela, a pie o a lomo de mula. Las memorias que quedaron son el capítulo inicial del realismo mágico y la piedra angular de nuestra cultura o, al menos, el inicio de la memoria.

El viajero incorporará sus experiencias a su patrimonio espiritual
El viajero incorporará sus experiencias a su patrimonio espiritual
En la foto, Sir Henry Wellcome buscando bosques de quina en el Ecuador, en 1878.

En esos capítulos -escritos a la luz de las fogatas y aún fresco el recuerdo de la guerra- la imaginación quedó superada por los hechos, al punto que los descubridores creyeron haber encontrado en las tierras nuevas los países de leyenda de los caballeros andantes. Los nativos revivieron, sin saberlo, el mito griego de los centauros, porque entre el asombro, el miedo y el coraje, supusieron que jinete y caballo eran una sola pieza. Creyeron que los galeones y los hombres de allende el océano eran noticia y confirmación del fin de los tiempos y del desastre de los imperios, como habían anunciado los sacerdotes mayas y las tradiciones aztecas.

Nuestro idioma tiene abuelos que fueron hombres y mujeres curiosos y andariegos. Sin la vocación viajera, el español se habría anquilosado y, quizá, se habría convertido en lengua muerta, como ocurrió con el latín una vez encerrada Roma tras los bastiones de sus ciudades, y perdida su tradición conquistadora, una vez prisionera su magia creadora en las abadías y en las iglesias, entre copistas y glosadores.
El español de América tiene sus fuentes en el viaje;  en la necesidad de irse, de emigrar, de dejar la casa solariega y de fundar familia, ciudad y patria en tierra extraña. Y el idioma es lo que queda como testimonio cotidiano del viaje y de la cultura, después de las conquistas y las migraciones, tras los años adormecidos de las colonias y tras de los siglos y las turbulencias.

El idioma es el testimonio  de la historia. Es el notario de la sobrevivencia de cosas remotas, al punto que si se hojea el diccionario, se advierte que palabras familiares y cercanas son palpitaciones que perduran de la antigua cultura morisca, de la que fundó Almanzor en Sevilla, allá en los tiempos de la Reconquista. Y que  ‘poncho’ es la certera designación araucana con la que se bautizó, algún día que debió ser memorable, a la prenda cariñosa que es el resultado de la transformación que sufrió la capa española en tierras americanas.

Los diccionarios y el habla viva son libros de historia que encierran en cada palabra una inmensidad de hechos, una cantera de recuerdos, de leyendas y tragedias, de modestísimos usos y de conmovedoras costumbres. El idioma es lo más cercano a la persona, lo más íntimo y, a la vez, lo más social. Pero, además, los diccionarios y el habla viva constituyen una paradoja porque, al tiempo que guardan el pasado, palpita en ellos la actualidad, convive en sus decires la antigüedad y la juventud, el pasado y el provenir.

En esta aproximación al habla a través del viaje, debo decir, además, que el idioma es como la sombra: camina siempre  junto al hablador. Es su imprescindible acompañante, su hermano de suelo y de sangre. Se transforma con él, muda su acento, se contagia de las culturas descubiertas, se impregna con la visión de los vencidos. Por eso, el viejo español se fundió en el mestizaje cultural y humano del que nació el Nuevo Mundo. El idioma transformado fue el vínculo entre vencedores y vencidos. Y esa transformación sigue ocurriendo; es la que, en nuestro tiempo, viene con la cosecha que los emigrantes traen en sus talegos de España o  Estados Unidos, y viene con la carga de giros, decires y abreviaturas que introduce la tecnología a través de la mínima pantalla del computador.

El idioma es como el viaje y el río: tan pronto se detiene, se anquilosa, envejece y se corrompe. De allí  también el parentesco entre el viaje y la palabra.

La cultura es el precipitado que dejan las experiencias trashumantes, aventureras, conquistadoras y colonizadoras de nuestros bisabuelos y de nuestros hijos. Es el resultado de la capacidad fundadora de quienes, sin más equipaje que la determinación y la esperanza, se embarcaron -y se embarcan- en carabelas o en autobuses, en botes o en aviones, y se fueron, y se van, casi siempre sin otro adiós que su propio silencio.

El viaje es la expresión de la voluntad de irse, es la experiencia que está en la raíz de la sociedad, pues no hay ninguna que no tenga la huella de alguna emigración o conquista, de un éxodo o de un destierro. La historia de las sociedades es la historia de las grandes migraciones, de los viajes, de la inquietud por irse a otra parte, por comenzar de nuevo en horizontes distintos. Y es la historia de la asimilación. Y la palabra es el testigo de esa terca vocación viajera, porque en ella, y de ella, se refrescan y renacen los idiomas.

Abogado y columnista de este Diario. El texto es una versión del discurso con el que se incorporó a la Academia de la Lengua hace una semana.

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