¿Un Inicio genial o un gran absurdo de ‘Gabo’?

Las frases con las que comienza ‘Cien años de soledad’ forman uno de los inicios más estudiados -como modélico- en los cursos de narratología.



IPS 26 Abril 2014

Con tales muestras de anzuelos literarios, la tentación de dejar la lectura de páginas de Gabriel García Márquez acaba inexorablemente en fracaso. Millones lo han intentado, sin éxito. El lector ha quedado atrapado y reclama más hechos y detalles.

Es el resultado de la adaptación enriquecida y personalísima de ‘Gabo’ de un mecanismo de redacción de arquitectura aparentemen­te muy elemental. La tradición reconoce su origen en el periodismo estadounidense: el ‘lead’ o encabezamiento de una noticia.

La trampa por la que el lector ha sido capturado es la estructura y el contenido del párrafo introductorio, repetido y modificado de formas diversas en otros capítulos de este escritor. Cualquiera de sus libros tiene muestras semejantes.

Desde el punto de vista puramente redaccional, consiste en la ubicación, al inicio de un artículo de esencia periodística, de los hechos básicos de la crónica. En la estructura de la pirámide invertida, la combinación de “qué”, “quién”, “cuándo”, “dónde”, “cómo”, y (quizá) “por qué”, es el aperitivo con el que el autor intenta atrapar la atención del lector. En el resto del escrito, el autor va completando los detalles satisfaciendo -con dosis calculadas-  los diversos deseos o expectativas del lector.

La variante del ‘lead’ ortodoxo coloca los detalles secundarios en el interior de la narración en sentido contrario a su importancia, dejando como opción suprema la decisión individual de no terminar la lectura. Una técnica alternativa precisamente opta por reservar un golpe de efecto para el final. García Márquez usa diversas modalidades.

Según las confesiones del propio García Márquez, contra las expectativas de su familia, abandonó los estudios de Derecho para dedicarse al periodismo, que practicó en numerosos subgéneros.

En contra de lo que pudiera interpretarse de un autor que ha quedado ilustrado con la etiqueta del “realismo mágico”, su prosa es un ejemplo muy alejado de la verbosidad barroca y la complejidad ­sintáctica. Su simplicidad gramatical y la selección léxica sorprenden precisamente por la naturalidad con que se ofrecen.

El aprendizaje de esa personalísima técnica es el resultado del paso de García Márquez por diversos diarios colombianos (El Heraldo, de Barranquilla, y El Espectador, de Bogotá, entre ellos), su trabajo como corresponsal en varios países europeos y la fundación y desarrollo de la agencia Prensa Latina.

Su prosa debió de ser el resultado de rechazar la tónica grandilocuente de aire de discurso populista y el oscurantismo de los textos edi­torialistas.

Un posible origen de esa contundente sencillez, aunque resulta difícil de demostrar y no existen confesiones explícitas del propio autor al respecto, es la profesión de su padre, Gabriel Eligio García.

Telegrafista de Aracataca (transformada literariamente en Macondo), la aldea natal, su trabajo diario debió de atraer la atención de su hijo. La naturaleza rígida de los textos que debía transmitir, con una economía de palabras dictada por la necesidad de abaratar los costos y los esfuerzos técnicos, pudo impactar en el futuro escritor.

Sin embargo, la historia del periodismo no se pone de acuerdo en asumir si la técnica del ‘lead’ tiene precisamente su origen en esa tecnología primitiva de la comunicación en el siglo XIX. Otra interpretación ubica su desarrollo en una época más tardía, cuando comienza a primar el periodismo puramente informativo, soslayando el sostenido en el comentario y la opinión ensayística.

De más influjo literario debe ser la admiración de ‘Gabo’ por los escritores estadounidenses, entre los que se destacaba Ernest Hemingway. El autor de ‘Adiós a las armas’ es notorio por haber confesado cómo aprendió a escribir. Humildemente pagaba su deuda con el ‘Manual de Estilo’ de la agencia Associated Press (AP).

Este código de redacción, impuesto con rigurosidad a los periodistas, conminaba a una serie de normas que se resumían en unas pocas lógicas técnicas: oraciones cortas, construcciones afirmativas, abstención de frases subordinadas, palabras correctamente elegidas y huérfanas de connotaciones oscuras.

Además, la servidumbre financiera presidía esos condicionamientos literarios: los textos largos eran más caros de transmitir que los cortos.
Resulta paradójico y muy significativo que el mismo autor que tuvo una relación tormentosa con Estados Unidos, donde fue vetado durante años por su colaboración con el castrismo, ofreciera así un homenaje a unas muestras de la cultura de ese país.

El periodismo y la literatura, reflejados en sus técnicas profesionales y la obra de sus maestros novelistas, se revelan como las dimensiones esenciales de una tradición muy cercana a las inclinaciones de ‘Gabo’.

Joaquín Roy.
Ph.D. porla Georgetown University. Es catedrático Jean Monnet y director del Centro de Excelencia de la Unión Europea, de la Universidad de Miami.


Un siglo de soledad

Un siglo de  soledad
Un siglo de soledad
Ilustración


En uso del derecho a malpensar que me confiere esta revista, voy a hacerte unas preguntas, Gabito, muchos años después, sobre tu libro genial que así empieza. ¿Muchos años después de qué, Gabito? ¿De la creación del mundo? Si es así, yo diría que tendrías que haberlo dicho, o algún malpensado podrá decir que se te quedó tu frase en veremos, como una telaraña colgada del aire. Pero si no es después de la creación del mundo sino “después de aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, entonces algo ahí sobra. O te sobra, Gabito, el “remota” pues ya está en “muchos años después”, o te sobra el “muchos años después” pues ya está en el “remota”.

Pero no te preocupés por la sintaxis, Gabito, que con las computadoras y la Internet ¿hoy a quién le importa? Al que te venga a criticar con el cuento de la sintaxis, decile que esas son ganas de malpensar, de joder, y mandalo al carajo, que vos estás por encima de eso. Soltales un “carajo” de esos sonoros, tuyos, como los de tu coronel Buendía.

Y en efecto, la originalidad de tu frase inicial, así a algún corto de oído le suene sintácticamente coja, es soberbia, y no está en la sintaxis sino en la escena luminosa que describes. Un viejo que lleva a un niño a conocer el hielo, ¿no es una originalidad genial? ¿Cómo se te ocurrió, Gabito? ¿Cómo se dio el milagro? ¿De veras fue como lo has contado en repetidas ocasiones a la prensa, una tarde calurosa en que ibas camino de Acapulco con Mercedes? ¿En qué ibas pensando camino de Acapulco con Mercedes esa tarde calurosa? Aunque yo soy un pobre autor de primera persona que a las doce del día no recuerdo qué desayuné, y no un narrador omnisciente como vos que todo lo sabés, oís y ves, y que leés los pensamientos y nos podés contar lo que recordó el coronel Buendía muchos años después, apuesto a que sé en qué ibas pensando esa tarde calurosa camino de Acapulco con Mercedes. Ibas pensando en Rubén Darío, en su autobiografía, en la que el poeta nicaragüense, muerto en 1916, cuenta que su tío abuelo político, el coronel Félix Ramírez, esposo de su tía abuela doña Bernarda Sarmiento, lo lleva a conocer el hielo: “Por él aprendí pocos años más tarde a andar a caballo, conocí el hielo, los cuentos pintados para niños, las manzanas de California y la champaña de Francia”. ¡Te plagió, Gabito, te plagió ese cabrón nicaragüense! ¡Y con semejante frase tan fea! Y no sólo te robó el hielo y el grado de coronel, sino hasta la expresión genial tuya de “muchos años después”, pues el “pocos años más tarde” de ese sinvergüenza ¿no viene a ser lo mismo, aunque al revés? Y después dicen que los colombianos somos ladrones. ¡Ladrones los nicaragüenses! Cuando te acusen de plagio me llamás a mí, Gabito, yo te defiendo. A cambio vos me vas a enseñar a ser autor omnisciente y a leer los pensamientos. Como ves, ya empecé a aprender, vos me diste el ejemplo, ya sé en qué ibas pensando camino de ­Acapulco con Mercedes esa tarde calurosa en que se te ocurrió lo del hielo: en ese nicaragüense ladrón.

Pero explicame ahora la segunda frase de tu libro genial: “Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”. ¿Huevos prehistóricos? ¡Prehistóricos serán los tuyos, güevón! No hay huevos “prehistóricos”. Los huevos son del Triásico y del Jurásico, o sea de hace doscientos millones de años, cuando los pusieron los dinosaurios, y nada tienen que ver con la prehistoria, que es de hace diez mil o veinte mil. Los bisontes de las cuevas de Altamira y de Lascaux sí son prehistóricos. Sólo que los bisontes no ponen huevos. ¿O en el realismo mágico sí? En esto de los huevos prehistóricos sí metiste las patas, Gabito. ¡Por no consultarme a mí! ¿Qué te costaba, si yo también vivo en México, llamarme por teléfono desde Acapulco? Yo tengo en México dos o tres libros de paleontología con unos huevos de dinosaurio fosilizados, magníficos, muy útiles para tu creación del mundo y de tu Macondo.

Pero aclarame aunque sea otra frase, la tercera, Gabito: “El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. Si vos estás escribiendo en español –una de las contadas “lenguas de civilización” de que habla Toynbee, y que ha producido la máxima obra literaria, El Quijote, después de la cual sigue la tuya, si no es que es al revés–, ¿no se te hace que se te fue un poquito la mano con eso de que muchas cosas carecían de nombre y que para mencionarlas había que señalarlas con el dedo? ¿No hay ahí una inadecuación entre la lengua tuya, la del narrador (así sean tan genialmente pobres su léxico y su sintaxis), y el mundo que describes? Para mí que te hubiera quedado mejor tu libro en protobantú o en una lengua de la Amazonía. Pero claro, en protobantú nadie se llama Aureliano Buendía con nombre y apellido, ni mucho menos tiene grado de coronel. Gabito: ¿No se te hace raro que en Macondo muchas cosas no tengan nombre pero las personas sí? Y para colmo con grado militar. En un mundo tan primitivo, Gabito, tan recién bañado por el primer aguacero cual es el caso de Macondo, ¿de dónde salió la jerarquía militar?  (...)

El texto completo no apareció en la revista Malpensante, pero se recoge en el libro ‘Peroratas’ (Alfaguara, 2013).

Fernando Vallejo.
Escritor que renunció a la nacionalidad colombiana y acogió la mexicana.Premio Rómulo Gallegos y FIL de Literatura.  Autor de ‘La virgen de los sicarios’.

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