El arzobispo asesinado y el volcán en erupción

En marzo murió envenenado monseñor Checa, en medio de una polémica con Veintemilla. En junio erupcionó el Cotopaxi. Las revueltas produjeron más muertes que el volcán.



Por Gonzalo Ortiz Crespo* (O). Periodista, novelista e historiador 26 Septiembre 2015

“¡Castigo de Dios! ¡Castigo de Dios!” gritaban hombres y mujeres desde los grupos que recorrían las lóbregas calles del centro de Quito, persignándose, rezando padrenuestros y avemarías y cargando imágenes de Cristo y la Virgen. El cielo se había oscurecido desde las dos de la tarde y llovía una ceniza gruesa con fetidez de azufre. Esa mañana, antes de la ceniza, habían descubierto, con angustia, que las puertas de todas las iglesias estaban cerradas y nadie podía entrar, por el entredicho dictado por el Vicario Capitular al haber sido desterrado de la ciudad.

La desesperación de la gente era indescriptible: la víspera, decenas de conciudadanos presos y apaleados, algunos de los cuales habían muerto en las torturas; el vicario preso y desterrado; el arzobispo envenenado meses antes. Ahora, sin iglesias donde orar; luego, la lluvia de tierra y, para remate, el día convertido súbitamente en noche. Razones había para que ese 25 de junio de 1877 fuese uno de los días más angustiosos de sus vidas.

Esa mañana una gran procesión había salido del templo de Santo Domingo y recorrido las calles, antes de la ceniza, mezcla de oración y protesta contra el gobierno. Ahora, varias otras se formaron en medio de la oscuridad. De la que pasaba frente al hospital se desprendió un grupo que, con palos, cuchillos y unas pocas armas de fuego, sometió a la guardia y tomó sus fusiles. Así armado, este grupo se dirigió al Fortín del Panecillo, donde y se apoderó del polvorín y otras armas.

A lo largo de la tarde, en medio de la penumbra -todos embozados por la ceniza con pañuelos, ponchos y chalinas-, los ciudadanos se enfrentaron en varios puntos con la tropa. Un soldado murió en una refriega en San Blas, pero más fueron los muertos del pueblo que protestaba ya que a las pocas horas el ejército retomó el control de la ciudad sin escatimar balazos, como lo había ordenado el Jefe Supremo, general Ignacio de Veintemilla. 

Al día siguiente cesó la ceniza. Jamás la ciudad había estado tan sucia. Pero un manto más pesado que ella cayó sobre la urbe al saber de los muertos del día anterior por obra de la dictadura y de las muertes y destrozos en el valle de Los Chillos y Latacunga por las avenidas de lodo y piedras de lo ahora supieron era una erupción del Cotopaxi.  Ese 26 de junio, sin que importase que continuase en erupción, el Gobierno apresó a más gente, a los que acusó de cabecillas de las revueltas

El 8 de septiembre de 1876, Ignacio de Veintemilla se había sublevado  contra el presidente elegido con la mayor votación popular hasta ese momento en la historia ecuatoriana, Antonio Borrero. El golpe de Estado fue aupado por los liberales de Guayaquil y aprobado por su municipio. El prohombre del liberalismo porteño, Pedro Carbo, fue nombrado Ministro General. Tres meses esperaron en el puerto Veintemilla, Carbo y los demás funcionarios nombrados, mientras el ejército, al frente del cual se puso al Gral. José María Urbina, libraba sucesivas batallas hasta franquearles el paso a Quito.

General
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Ignacio de Veintemilla

Pero la capital no recibió bien al dictador cuando arribó en diciembre. Como dicen las crónicas, “no había día sin que circularan versos y epigramas en que se fustigaba al Jefe Supremo sin piedad”. ¡Las redes sociales de entonces! El propio Pedro Carbo tenía que ir con escolta por las calles, cuando iba y volvía a diario entre la casa de su hermano Vicente y el palacio presidencial.

El liberalismo del régimen era sobre todo anticlericalismo por lo que desde el inicio chocó con la iglesia, a pesar de que el arzobispo José Ignacio Checa y Barba y el dictador Veintemilla, ambos famosos por lo apuestos, fueron compañeros de escuela y se tuteaban y guardaban afecto personal. Dos orígenes tenía la pugna: la propaganda constante de los periódicos oficiales y oficialistas contra el clero y la jerarquía y, sobre todo, la posición de Carbo, partidario del Patronato Regio, es decir de que la Iglesia estuviera sometida al Estado y no tuviera la autonomía consagrada en el Concordato, suscrito en 1862 por García Moreno.

La pugna se precipitó tras “el motín del padre Gago”, cuando el 1 de marzo una multitud rescató de manos de la policía y lo llevó a la Legación francesa a un fraile franciscano italiano de ese apellido, a quien se iba a deportar acusado de atacar al gobierno en sus sermones. A partir de allí el cruce de artículos de prensa, cartas, decretos, pastorales eclesiásticas, se intensificó y culminó el sábado 25 de marzo en una reunión de Veintemilla y Checa en que el primero le conminó a retractarse, en especial de una nota del arzobispo a Pedro Carbo que se había hecho famosa reproducida como hojas suelta, por la firme defensa de la Iglesia. Pero Checa replicó: “Ignacio, puedes poner un patíbulo en media plaza para mí; pero yo no retiro mi nota”.

Eso era vísperas del Domingo de Ramos. El Viernes Santo, Checa, en la ceremonia en la catedral, bebe el vino consagrado. Siente su sabor amargo, pero por precepto está obligado a consumirlo todo. Advierte a sus acólitos que ese vino no puede usarse en otras misas, que está mezclado con quinina. Termina la ceremonia y se dirige al palacio arzobispal, y allí muere en medio de terribles dolores: “Hijos míos, me han envenenado” llega a decir. La autopsia y exámenes químicos revelan que había consumido estricnina. La comisión investigadora la descubre también en el purificador usado en los oficios del Viernes Santo, en el mantel del altar y en la vinajera.

Hasta el día de hoy no hay un juicio definitivo sobre quién mató al arzobispo. El pueblo de Quito señaló a Veintemilla como autor. Otros lo acusaron, cuando menos, de cómplice o encubridor. Los liberales sostenían que eran los conservadores para provocar la reacción contra Veintemilla. Otros acusaron al canónigo Manuel Andrade Coronel, “el colorado Andrade”, quien supuestamente se habría vengado del arzobispo por haberle este suspendido en el ministerio sacerdotal tras escándalos públicos, pues, según se decía, había querido matar al pintor Joaquín Pinto por haberse casado con una joven a quien el canónigo había seducido.

El Dr. Luis Felipe Borja, familiar del arzobispo, acusó en el juicio como autor material a José Vicente Solís Terán, de quien había pruebas de que tenía estricnina, había estado en el presbiterio de la Catedral desde antes del inicio de la ceremonia, había referido con anticipación que el arzobispo moriría y varias pruebas más. Solís habría actuado por orden de un círculo, que Borja sugirió era la masonería. Concluyó que aunque se había querido involucrar al clero, y en especial al canónigo Andrade Coronel, “no hay en el sumario el más leve indicio contra este eclesiástico ni contra ningún otro”.

El jurado de acusación declaró el 6 de agosto que había lugar a la formación de causa contra Solís, pero el jurado de decisión dictaminó que no había pruebas suficientes y lo puso en libertad. El proceso quedó olvidado y, aunque se lo reabrió en 1883, tras el derrocamiento de Veintemilla, no llegó a conclusiones

Tras el fallecimiento del arzobispo, el cabildo la Catedral eligió como Vicario Capitular al Canónigo Dr. Arsenio Andrade. Los conflictos entre la Iglesia y el Gobierno siguieron, y todo se precipitó cuando, tras sofocar una revuelta conservadora en Ibarra, el dictador ordenó que repicaran las campanas de todas las iglesias del Ecuador tres veces al día para celebrar el triunfo del Gobierno. El Vicario Capitular de Quito, Dr. Arsenio Andrade, se opuso, por lo que Veintemilla lo apresó personalmente y luego le desterró el 24 de junio a medianoche hacia Colombia. Pero Andrade, que sabía lo que se tramaba, había nombrado el propio día 23 tres provicarios para la administración de la arquidiócesis y había dictado el decreto de entredicho para el caso de que se verificase su destierro. En cumplimiento de ese decreto (que consiste en la prohibición de celebrar los oficios divinos en una localidad determinada), el 25 de junio amanecieron cerradas las iglesias de Quito. Veintemilla había caído ipso jure en excomunión. Lo que nadie podía saber es que ese mismo día erupcionaría el Cotopaxi

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