Todos somos migrantes

Nunca hemos dejado de migrar, al punto que este rasgo es, con certeza, uno de los más distintivos del homo sapiens. Migrar se asocia con la búsqueda de un futuro mejor.



Allan Cathey. Analista experto en temas internacionales. 26 Septiembre 2015

Entre el siglo XVII y XIX, 18 millones de africanos son cazados y deportados por razones comerciales, al nuevo mundo. Otros 15 millones lo son al Norte de África y Medio Oriente.

Entre el Siglo XVI y el XIX, provenientes de Europa, llegan a América alrededor de 60 millones de inmigrantes. El Siglo XX con sus dos guerras mundiales y centenas de conflictos menores origina otros 70 millones.

Chinos y romanos nos narran las enormes masas humanas que los asedian e invaden. Una de las causas para la caída de esos imperios, son estos pueblos nómadas que los atacan.

Los primeros homínidos aparecen en África del Este, entre Tanzania y Etiopía, al Sur y Norte respectivamente, y entre el borde selvático y el Océano Índico, al Oeste y al Este. Durante cuatro millones de años, en este hábitat, la especie evoluciona y, obviamente, se mueve. De otra forma, aún estaríamos allí. 

La migración la lleva al Próximo Oriente, y desde allí, al resto del planeta, a lo largo de un millón de años. Durante este tiempo, nunca hemos dejado de migrar, al punto que este rasgo es, con certeza, uno de los más distintivos del homo sapiens, casi una característica genética. Ciertamente deberá considerárselo como uno de los derechos humanos esenciales, pues se asocia de manera directa con el derecho a la vida y a la búsqueda de un futuro mejor.

Las razones para la migración son múltiples, pero al final del día se centran en la supervivencia del individuo y su familia. Pueden originarse en una catástrofe natural, en un cambio climático, en epidemias, en invasiones. Los últimos tres siglos han visto el auge de las migraciones, originadas en los fracasos de modelos políticos y económicos que han vuelto inviables a las entidades políticas que los han adoptado, o en la persecución racial, ideológica o religiosa de grupos humanos opuestos o distintos. En muchos casos, el genocidio ha precedido a la fuga de los supervivientes.

Del imperio ruso salen millones de polacos, de rusos blancos, de judíos, que buscan su futuro en otras tierras. Las hambrunas motivan a irlandeses y escoceses a buscar su supervivencia al otro lado del Atlántico, o al otro lado del mundo, en Nueva Zelandia o Australia. La miseria empuja a españoles e italianos a irse. La Primera Guerra Mundial, que disloca un orden mundial de siglos, lanza a la migración a millones de europeos pues sus países de origen, agotados por la hecatombe, probablemente serán sus tumbas si no se van. Libaneses, armenios y cristianos huyen del Imperio Otomano, cuya desintegración crea un enorme vacío en Oriente Medio.

La Revolución Rusa, por motivos ideológicos, provoca migraciones de millones de personas. La Guerra Civil española, por causas similares, causa otro éxodo. 

La convulsión terrible de la Segunda Guerra Mundial origina enormes movimientos humanos, forzados o no, en prácticamente toda Europa. La partición de la Colonia de la India en dos, India y Pakistán, con la independencia, moviliza a millones de personas a uno y otro lado de la frontera. Las dictaduras de todo signo, fascistas o “del proletariado” generan millones de migrantes que huyen de la opresión y la miseria, pero ante todo, de la falta de esperanza

Es paradójico que se deba levantar un muro en Berlín, y a todo lo largo de la frontera interna de Alemania del Este y el Oeste, para evitar que la gente escape.Miles de personas son asesinadas en su intento de salir de lo que consideran un infierno. Ni las alambradas de púa ni los perros ni las ametralladoras son capaces de disuadir a la gente de su intento. Un país convertido en un enorme campo de concentración.
Nada es más decidor que esto. Ante la falta de oportunidades, ante la tiranía y la muy probable muerte o condena a trabajos forzados en caso de querer resistirla, miles y miles de personas votan “con los pies” y se van como pueden. Nada explica mejor el fracaso de un estado y de un sistema  que el asesinato de la esperanza. No conozco (tal vez los haya) casos de neozelandeses migrando a Corea del Norte o de noruegos haciéndolo a Cuba, pues es parte de la naturaleza humana el buscar mejores condiciones de vida y libertad, y no peores. 

Migrar
Migrar
Se asocia con la búsqueda de un futuro mejor.

Por eso las tiranías, las crueldades y la injusticia son los motores más poderosos para las migraciones. La única alternativa real para detenerlas será el cambio de unas estructuras sociales y económicas fracasadas, que tan solo aseguran el descomunal “bienestar” de una élite perversa, a costa del sufrimiento y el atraso de su pueblo. Véase nada más las escandalosas fortunas de los Gaddafis de este mundo.
Tal es la pauta del fenómeno migratorio en la segunda mitad del Siglo XX y los primeros años del XXI. Millones de latinoamericanos buscando un futuro que no hallan en su tierra, migran a los Estados Unidos o a Europa, millones de norafricanos se arriesgan cruzando el Mediterráneo para llegar a esa suerte de “tierra prometida” en Europa. Iraquíes, sirios y afganos atrapados entre los tiranos y los fanáticos, buscan hoy su supervivencia y la de los suyos lejos del desierto del alma en que han convertido a sus tierras. Curioso resulta que dirijan sus pasos y depositen sus esperanzas en los “infieles” y no en sus multimillonarios correligionarios de Arabia Saudita o de los Estados del Golfo, quienes han preferido aportar dinero y no la hospitalidad y la caridad que el Corán exige. Parece que son molestos los parientes pobres. La recia señora Merkel parece comprender la compasión bastante mejor que los jeques.

Tan trágico como lo descrito resulta constatar que los grandes perdedores de la migración son los propios países de donde huyen sus habitantes. Quienes se van son los más decididos, los valientes, y en general, los más preparados y capaces. ¿Cuánto se pierde con cada emprendedor, con cada médico, con cada ingeniero que se va? Son incalculables los costes de la fuga de cuerpos y mentes para los países que, por mantener las estructuras que alientan la migración, se van hundiendo cada día, alejándose cada vez más del progreso y del futuro.
Me veo en la fotografía de ese lejano tocayo mío, de ese niño muerto en la playa, Alan Kurdi, al que no sólo se le negó el futuro, sino y principalmente, la vida, y me pregunto hasta qué punto el poder omnímodo hace a quienes lo detentan cada vez peores, cada vez menos humanos.

“Los sueños de la razón producen monstruos” decía don Francisco de Goya. …Cuánta razón tenía.

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