La religión de la era tecno

Los productos tecnológicos generan devoción en sus usuarios, quienes conforman un culto de adoración a los creadores y las marcas



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 28 Marzo 2015

Son días de fervor religioso. No solo estos de la Semana Mayor de la Iglesia Católica, sino estos que transcurren como parte de la era de la informática y el consumo, en torno a las marcas que presentan las novedades de sus ecosistemas para el regocijo de sus seguidores.

La expectativa que levanta el anuncio de un nuevo ‘gadget’ no tiene parangón, salvo por aquella que antecede a alguna ceremonia ritual. Las extensas filas de personas que esperan fuera de las tiendas de tecnología para ver el humo blanco, cuando un ‘smartphone’ u otro adminículo llega al mercado, son paralelas a las de los fieles que ansían la bendición pontifical.

Así como la religión de cada individuo define su acercamiento con el mundo y sus congéneres, la tecnología produce sentimientos y pensamientos en las formas de ser de los miembros de la tribu. La reverencia reservada a estos objetos no es solo hacia la máquina, sino a su función simbólica como vínculos supernaturales con la sagrada práctica de la comunicación entre humanos.

Los hitos tecnológicos transformaron nuestra percepción del entorno, las formas de relacionarnos individualmente y en grupo, los deseos, necesidades,  gustos y valores. Los creadores de estos productos son considerados como  seres iluminados; mientras que sus usuarios se reconocen como un culto en convenciones y al identificarse con un ícono, cual si fuera la estampita de su santo patrono.

Esta significación de la informática y sus productos como elementos religiosos puede trazar una cronología. Los computadores de la primera generación, aquellos de electrónica de válvulas y lenguaje de máquinas, de tubos, núcleos magnéticos o tarjetas perforadas, ocupaban amplios espacios; eran como enormes tótems que exigían esfuerzo y sumisión, y de ellos se esperaba que otorgasen resultados.

Con los ordenadores individuales y la Red, el credo se hizo colectivo. La computadora llegó  a la casa y allí tuvo su espacio específico, su altar. Solo quienes sabían los programas podían tocarlo,; de lo contrario, era una blasfemia contra ese dios doméstico, al cual ofrendábamos mejores componentes y nos otorgaba datos y documentos. Si se colgaba nos castigaba y solo un técnico, cual exorcista, conocía el lenguaje para solucionarlo todo. Para colmo, al encender el computador, sea Mac o PC, escuchábamos ese sonido tan de epifanía.

Steve Jobs
Steve Jobs
dio un aire ritual a los lanzamientos de Apple

Con la portabilidad, el ordenador pasó a ser el ángel guardián que llevábamos puesto.  Mientras que, con los dispositivos móviles y la integración de lo electrónico y digital a nuestros cuerpos, ya no usamos la tecnología, somos tecnología y, así, somos omnipresentes... virtualmente. Según Marshall MacLuhan, “damos forma a nuestras herramientas, después de eso las herramientas nos moldean”.

A la tecnología se le endilgan las virtudes de nuestros tiempos, como la innovación, la competitividad, la modernidad, el prestigio, la calidad, la eficiencia, la utilidad, la actualización; sus productos son viables, útiles, pertinentes... Lo contrario, en cambio, enumera los pecados. Siguiendo ese pensamiento no resulta extraño que los devotos de la tecnología realicen sus respectivas peregrinaciones a distintos ‘templos’ alrededor del mundo.  Edificios con una arquitectura propia de majestuosas catedrales, funcionan como los cuarteles generales de Apple, Microsoft, Google. Silicon Valley es suelo sacro para los investidos por la cultura tecnológica, un Jerusalén, una Meca.

Pero no todos los puntos de peregrinación son así de pomposos. Así como el nacimiento de Jesús se dio en un pesebre, otros lugares ‘humildes’ fueron  cunas de marcas adoradas en la era informática. Sus devotos acuden a los garajes donde se inventó HP  o donde Steve Jobs, Woskniak y compañía idearon la Macintosh.

Con respecto a la devoción a un ecosistema tecnológico, los usuarios, según la encuestadora estadounidense Forrester (citada en Fortune), se dividen en tres facciones: los radicales libres, que tienen poca o nula lealtad; los leales, que son moderados o están divididos; y los devotos, tremendamente fieles a un solo ecosistema. Entre estos últimos, la mayoría pertenece a Apple, cuyos contendientes son Microsoft -por el uso de sus equipos en ámbitos laborales- y Google, por la presencia de Android en el mercado de ‘smartphones’.

Así, Apple y Steve Jobs son modelo cuando tecnología y religión se tratan como un mismo tema. En esta relación profundizan el documental ‘Macheads’ y el libro ‘Appletopia. Media Technology and the Religious Imagination of Steve Jobs’, de Brett T. Robinson.

Para este autor, “la religiosidad de Apple ha sido atribuida a todo, desde el logo de ‘fruta prohibida’ de la compañía, hasta la ferviente devoción de los consumidores que peregrinan hasta las tiendas de Apple y defienden la marca contra las herejías de Microsoft”.

Las presentaciones de Apple se oficiaban (aún lo hacen, pero con otro celebrante) como ceremonias rituales. La manzana mordida –como un acto de liberación y acceso al conocimiento secreto… ‘Think Different’- dominaba el santuario, mientras Steve Jobs en suéteres negros de cuello alto y jeans, transmitía la palabra desde el presbiterio. Los feligreses de la tecnología escuchaban absortos las revelaciones que traían esperanza y paz a sus ansias de innovación.

Los discursos de Jobs en Apple son míticos, en el sentido de repensar la tecnología no como fuerza deshumanizadora, sino como algo natural y liberador. Esas palabras estaban acompañadas por los diseños impulsados por la firma, fusión de estética y funcionalidad en una interfaz visual cercana al usuario, con fines de adoctrinamiento, como lo hiciera el arte religioso en las misiones evangélicas. Esos diseños son cuerpo y espíritu, unicidad que posibilita la trascendencia metafísica.

Por supuesto, otro tanto del catecismo de Apple se extiende desde la publicidad. Robinson profundiza en esto con un análisis semiótico de las campañas de la firma, desde aquel orwelliano spot: ‘1984’. Para la presentación del iPhone se optó por la frase ‘Touching is believing’, que evocaba el pasaje bíblico del apóstol Tomás, quien rehusó creer en la resurrección de Cristo hasta que tocó las heridas de Jesús; por su parte, la imagen de un dedo sobre el iPhone era una referencia al fresco de La creación de Adán, de Miguel Ángel.

La publicidad, como los vitrales en la catedrales, llama a los devotos, catequiza a los iniciados y lleva el mensaje de la tecnología a quienes buscan una respuesta. En ese adoctrinamiento y en las necesidades de los usuarios reposa el futuro de esta religión.

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