Cuando pierdes poder puedes ganar contacto

Adolfo Macías ocupa sus días entre la escritura y la psicoterapia; en la reciente FIL presentó ‘Pensión Babilonia’. Esta semana se dio un tiempo para hablar, por experiencia, de una nueva forma de ser hombre.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 28 Noviembre 2015

Adolfo Macías no es un hombre del montón, porque no lo son ni su conversación, ni los potajes que prepara, ni su finísimo sentido del humor, ni  las palabras y abrazos sinceramente cariñosos con los que suele recibir a la gente que estima. Y tampoco es un tipo ‘regular’ porque le interesa más ser una mejor persona que cultivar  cualquier cualidad viril que su sexo socialmente le imponga.


En esta semana que termina, en la que Quito fue testigo de una performance colectiva conmovedora y devastadora (de autoría de la artista estadounidense Suzzanne Lacy), alusiva a la violencia contra la mujer, era propicio encontrar un hombre que viva su masculinidad desde nuevos códigos: más equitativos, más libres. Adolfo es ese hombre.


Si le creemos a Freud y asumimos que las mujeres tenemos envidia del pene, ¿qué dirías tú que el hombre le envidia a la mujer?
Esta es una idea que dentro de la psicoterapia contemporánea ya no tiene ninguna vigencia. De alguna manera esas son simbologías propias de una psicología patriarcal y de cierta forma eso ya ha sido superado.


Pero si habría algo que el hombre pudiera envidiarle a la mujer, ¿qué sería?
La capacidad de amar comprometidamente. Esta maternalidad; este amor que cuida, que protege y que es constante.


¿Por qué eso es envidiable?
Porque sostiene la armonía.


¿Qué era ser hombre antes y qué es ser hombre hoy?
Creo que no se puede hablar de hoy y de antes, porque hoy siguen habiendo familias y distribuciones de roles similares a los de nuestros abuelos. Hay esa idea de que hemos pasado a una época nueva, pero no. Han aparecido unas nuevas tendencias, pero las viejas estructuras siguen presentes.Y hay familias en las cuales se hacen ciertos ajustes creativos en relación a que el hombre haga, por ejemplo, trabajo doméstico. Antes era impensable.


¿Podrías identificar diferencias sustanciales entre estas dos masculinidades?
Esta nueva masculinidad trata de revivir un concepto de democracia profunda en el hogar, en el cual hay un diálogo equitativo, con los hijos y con la esposa. Se buscan ciertos consensos familiares en torno a temas clave que tiene que ver con el proceso de la familia.


¿Es algo que vives cotidianamente?
Sí. Consultamos; nos preocupa algo y lo compartimos. Se habla más como pareja.


¿Es la familia el territorio, al menos por ahora, de las nuevas masculinidades; o se ven ya en otros espacios?
Sí se hace evidentes en otros espacios. Pero comienza por el acceso al trabajo doméstico y luego en los roles emocionales. El hombre con capacidad de ternura que puede cuidar de un hijo,  que puede ser confidente, accesible emocionalmente. Antes solo la madre era confidente; el padre estaba para impulsarlos al mundo exterior.


Para lo práctico.
Para establecer disciplina y proyección hacia la sociedad. El hombre estaba excluido del diálogo íntimo.


¿Eres un padre confidente?
Parcialmente; me gustaría poder serlo más.  


¿Qué aspectos de la nueva masculinidad te dejan ser más tú mismo?
La posibilidad de mostrar  sensibilidad. De salir de un rol característico dominante. Es un rol agobiante que de alguna manera te deja solo y te aísla dentro de tu propia familia. Creo que pierdes poder, pero ganas contacto. Y al ganar contacto ganas soporte emocional y cercanía y eso es sanador. Te puedes arrimar en el hombro de tu hija y tu hija te va a abrazar y te va a recibir, y vas a poder contarle lo que te duele y lo que te está pasando. Eso hubiera sido impensable antes. Confundimos autoridad y respeto, porque cuando hay cercanía emocional existe respeto.


¿Cambiaste, feliz, poder por cercanía?
Sí. Y por ganar cercanía a mi esposa también, he accedido a nuevas formas de relación y a hacer cosas en la casa que me han costado. Me costó ser la persona que se encarga, por ejemplo, de hacer los almuerzos y lavar los platos después; tender la cama, cocinar para la familia, llevar y traer a los niños en ciertos casos, ser equitativos en la carga de trabajo.


¿Hace cuánto estás metido en esta nueva dinámica?
Más o menos los últimos diez años, y fue poco a poco. Ha sido un proceso paulatino, que ha atravesado por crisis. El aprendizaje ha requerido mucho esfuerzo.


¿Cuál de todas las mañas de la masculinidad tradicional te ha costado más dejar?
Salir cuando me da la gana, con mis amigos, sin decir nada. Eso es lo que más extraño. Pero es que no puedes irte nomás y considerar que eso es natural y que no te pueden decir nada.


¿Nos ves a las mujeres listas para relacionarnos con las nuevas masculinidades? Es decir, ¿podemos aceptar hombres más vulnerables o menos proveedores?
Hay una dificultad. O sea, la mujer pide y luego, en cierta forma, se queja de tener lo que pide. Las mujeres buscan un hombre más apoyador, más presente en la casa, que se ocupe también de los hijos, que sea solidario, que sea tierno, con el que se pueda compartir las cosas más íntimas. Un hombre más maternal y femenino.


¿Pero?
Sigue habiendo la excitación frente a un hombre masculino, en el sentido tradicional de la palabra. Muchas dicen: es que tiendo a enamorarme de un hombre que sé que me va a dominar y con el cual termino sufriendo, pero no puedo evitarlo.


Tampoco está totalmente asimilada la idea de que la mujer trabaje fuera y el hombre se quede en casa.
Exacto. El rato en que ya les toca decir: yo estoy trabajando, gano bien y lo puedo sostener, incluso si el hombre cocina, lava, atiende a los niños, les da de comer... solo funciona un ratito. Después, generalmente, la mujer rechaza la situación.


¿Por qué?
Porque necesita que el hombre vaya y trabaje, que haga algo.  No puede verle en la casa. Hay una resistencia muy fuerte de la mujer a este tipo de situación. Ahora, es obvio que esta supuesta nueva masculinidad tampoco desempeña el rol maternal a la perfección; está en el kínder de la feminidad.


¿Por qué vale la probar estas otras maneras de estar en el mundo?
Por la autenticidad, porque puedes tener relaciones más auténticas, más confrontativas, que desarrollan un vínculo afectivo mucho más profundo, en la equidad. En un modelo de distribución de roles hay jerarquías, y donde hay jerarquía no hay autenticidad.

La autenticidad entendida como libertad.

Es libertad de expresión.


Si pudieras decidir que haya un nuevo sinónimo obligatorio de masculinidad, ¿cuál sería?
A mí no me gusta la palabra masculinidad en el sentido en el que se la está usando. Yo preferiría que se hable de un nuevo tipo de humanidad.

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