Un París idealizado contra el terror

Con su imaginario de una ciudad para las artes y el romance, París intenta reivindicarse luego de los ataques terroristas



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 28 Noviembre 2015

Una ciudad es un imaginario de arqueologías y vivencias; una ciudad sublima sus espacios, troca inmanencia por trascendencia. Si un pasaje de terror se perpetra en sus calles, se ataca, también, a ese universo de símbolos (estereotipo, muchos de ellos), con el cual el territorio se ha hecho mapa en nuestra mente. Para París -ahora una herida cruel, dolorosa e indigna- superar las manchas de sangre sobre los muros y las aceras, volviendo sobre su idea de ‘Ciudad Luz’, café para artistas y cuaderno de escritores es una necesidad.


Se precisa la reivindicación de ese espíritu parisiense. Con esa perspectiva, las declaraciones de Danielle Mérian, septuagenaria y carismática parisina, se viralizaron en días pasados. “Es muy importante que veamos, aquí, varias veces, el libro de Hemingway ‘París era un fiesta’ porque somos una civilización muy antigua y llevaremos nuestros valores hasta lo más alto; y fraternizaremos con los cinco millones de musulmanes que ejercen su religión libre y amablemente y lucharemos contra los 10 000 bárbaros que matan, supuestamente, en nombre de Alá”, dijo en la entrevista.

París es una fiesta
París es una fiesta
Un ejemplar de 'París era una fiesta', depositado en un memorial tras el atentado terrorista.


Así, ayudó a que ese libro, que se depositó en los memoriales de los atentados y viajó -como homenaje- en las manos de los viandantes, se agotase en su edición impresa y se ubicase como lo más vendido en Amazon. La editorial Folio tuvo que distribuir 12 000 nuevas copias y sumó una reimpresión de 20 000 ejemplares. No es la primera vez que se da el fenómeno. A la matanza en Charlie Hebdo, el parisino respondió regresando a los libros: el ‘Tratado sobre la tolerancia’, de Voltaire, se ubicó como lo más popular, 250 años después de su publicación. La literatura como arma de resistencia; ante el terror, los papeles, los pinceles, las notas musicales.


Si el objetivo del terrorismo es, precisamente, difundir terror y paralizar con miedo; la respuesta está en el movimiento constante de ese lenguaje que expresa a París en esencia y (además) en estereotipo, de esa idealización de lo civilizado, culto y bohemio, donde pareciera que el mal no cabe.


En esta línea, también se han aprovechado otros recursos. Los disparos en Bataclan, las explosiones en el Stade de France, los muertos en las aceras llenaron los periódicos durante las semanas pasadas. Pero, a la vez, otros papeles cubrieron las paredes de esa ciudad: carteles que reproducían ‘Le baiser de l’hôtel de ville’, fotografía en blanco y negro, que Robert Doisneau captó en 1950. La imagen, ícono del amor joven, es una metáfora del sentido de la vida en Europa después de la guerra. Tras la tormenta, la calma; después del terror, el amor.

El beso
El beso
El beso, de Doisneau, reinterpretado frente a la violencia.

Sobre las grises geometrías, la fotografía no se mostraba sola: con los códigos del pastiche, otros significantes la actualizaron. Sobre ese beso -breve y eterno-, dos balazos de pintura roja -también detenidos en el tiempo- y una frase: ‘Même pas mal!’ (¡no está tan mal!). ¡Nunca se está tan mal! si se retoman las manifestaciones culturales, el pensamiento, las artes, las emociones que por ahí se transparentan y los sentimientos que por ahí se expresan.


Aunque ello signifique volver al ‘lugar común’ de un París idealizado, para no apabullarse ante lo siniestro. Y por ‘lugar común’ está ese París de ensueño, que no es uno solo y que se nos proyecta en la cabeza -quedándose siempre corto- con las ‘cocottes’ del Moulin Rouge y la Belle Epoque y los afiches de Toulouse Lautrec; o con las vertiginosas andanzas de la ‘Generación Perdida’ y las vanguardias de 1920; o con los existencialistas años 50, cuando el conflicto en Argelia se batía en las cabezas de Sartre y Camus; o con las décadas posteriores, cuando los escritores latinoamericanos hallaron en las orillas del Sena un caleidoscopio sobre su ser y su creación.


Ese recoger a la urbe de encanto lo hizo Woody Allen, en el 2011, con ‘Medianoche en París’. Fue recurrir a la literatura y a las artes para devolvernos a esa ciudad donde las ideas circulaban a la par de las pasiones. Era mágico, pero verosímil, entrar a los cafés y participar de los encuentros entre Hemingway y Stein y los Fitzgerald, entre Dalí, Buñuel, Man Ray, Picasso... Fue ceder al hermanamiento del filme con nuestro imaginario para que los jardines y las terrazas nos dijeran que todo es posible.


En otra posibilidad abierta de ese París de la ficción, el recuerdo y la realidad, también estaba el Cronopio mayor, vestido de Horacio Oliveira, buscando a esa mujer: “...¿encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine al arco que da al Quai de Conti...”. El autor de las manos enormes jugando en los parques: “...Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco de Parc Montsouris...”. Julio Cortázar caminando en París: “...en fin, no es fácil hablar de la Maga, quien a esta hora anda seguramente por Belleville o Pantin...”.


Calles, puentes, direcciones, se resisten al parte policial, a su registro en los hechos de sangre y sinrazón, porque la palabra escrita o los colores del lienzo o las pausas de la fotografía se han quedado en esos escenarios. Allí ha permanecido Hemingway esperando la oración verdadera para empezar a escribir ese París que era una fiesta, donde “llega la primavera, incluso una falsa primavera, y no hay problemas, excepto dónde ser más feliz”.


La salvación de la humanidad está en esa belleza de las ideas. Está en esa primavera del cliché romántico, donde no falta el gorrión de Edith Piaf para ver la Vie en Rose, frente a kamikazes y kalashnikovs, sea en París, en Raqqa, en Garissa, Nueva York, Buenos Aires, Quito... En esa ciudad universal que se construye en nuestro imaginario.

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