Un documento inédito sobre la revolución del 10 de agosto de 1809

En la primera etapa, Cuero y Caicedo fue defensor de la monarquía; más tarde participó activamente en la lucha independentista y fue perseguido por esa causa.



Amílcar Tapia Tamayo* 03 Abril 2016

En el Estudio Introductorio del  libro ‘La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809’, de Carlos de la Torre Reyes, que consta publicado por vez primera en  Talleres Gráficos de Educación en 1961 y fue reeditado por la Corporación Editora Nacional en 1982, Jorge Salvador Lara señala sobre tal acontecimiento que “no se ha terminado la investigación documental -con búsqueda sistemática en los archivos nacionales y los extranjeros, particularmente de Bogotá,  Lima, Sevilla, Simancas, Segovia, Madrid, Londres y otros repositorios, particularmente de Estados Unidos. (p. 18)


Quizá la obra que contiene datos precisos sobre los acontecimientos libertarios del Ecuador corresponde al inglés William Bennet Stevenson, quien publicó en Londres en 1825 su libro ‘A Historical and Descriptive Narrati­ve of Twenty Year’s Residence in South America’, (Narración Histórica y Descriptiva de Veinte Años de Residencia en Sudamérica), en tres tomos editados por Hunt, Robinson and Co. 


Stevenson fue secretario privado del conde Ruiz de Castilla, con quien llegó a Quito en 1808. Luego se vinculó con los patriotas y, finalmente, fue secretario del almirante Cochrane. Su libro fue inmediatamente reeditado tanto en francés como en inglés, entre 1829 y 1832. La versión en castellano fue realizada por Íñigo Salvador Crespo y publicada en 1982; su padre, Jorge Salvador Lara, le pidió realizar una nueva traducción directa y definitiva. Años atrás se habían realizado otras versiones sobre el mismo trabajo, pero no tenían mayor precisión gramatical.


Stevenson se hallaba “dotado de singular perspicacia, él es quien nos da las primeras interpretaciones sobre el carácter de cada uno de los dirigentes de nuestra Revolución. En verdad, estuvo en contacto directo con los protagonistas de los históricos sucesos, tanto con los jefes realistas como con los líderes patriotas, por sus secretas simpatías con la causa libertaria” (Ibíd., p. 27).


El ideal de emancipación, sobre todo en Quito, siempre fue patente, en vista del grave malestar que reinaba en América por las absurdas ideas que circulaban entre las autoridades coloniales, en el sentido de que los americanos eran inferiores debido a su “degeneración causada por el clima y la naturaleza” (Luis de Heras, ‘América insurrecta’, México, Ediciones Azteca, 1948, p. 76).

Este criterio primaba generalmente en las autoridades religiosas, quienes consideraban a los frailes nacidos en las Colonias como “gentes de menor calidad, sin mayor raciocinio e incompetentes para ejercer funciones de responsabilidad, razón por la que los conventos deben ser gobernados por religiosos provenientes de España”.  (Moxó de Francoli, ‘Observaciones sobre las Indias’, Publicación de Erasmo de Briedgh, Madrid, 1850, p. 75). 


Esta situación generó grandes polémicas con americanos ilustrados, como el padre Juan de Velasco, José Eguiara y Eguren, Francisco José de Caldas, Eugenio Espejo, entre otros; en igual forma, produjo graves resentimientos en los frailes nacidos en América contra los sacerdotes españoles, lo que originó, en más de una ocasión, serios conflictos al interior de las órdenes.


Después de que el 5 de mayo de 1808, Napoleón obligara a Carlos IV y a su hijo Fernando VII a renunciar al trono español, las autoridades de las colonias americanas asumieron una tarea de “obediencia y fidelidad al Fernando VII”,  posición que no fue compartida por los criollos. Para el caso quiteño, “en febrero de 1809 el capitán Juan de Salinas, que era Comandante de la Infantería de Quito, informó reservadamente a dos frailes, entre ellos al padre Polo, de un plan que pronto se llevaría a cabo para deponer a las autoridades españolas en Quito y elegir otras de entre los más ­respetables ciudadanos, como sustitutos.  La información fue inmediatamente ­participada por los frailes al Presidente y se confirió comisión secreta al oidor Fuertes y Amar para encausar a todos los ­sospechosos, de acuerdo con la ley.” (Ibíd., Stevenson, en Salvador Lara, p. 70)


Luego de la revolución del 10 de Agosto de 1809, se conformó la Junta Soberana de Quito, cuyas autoridades buscaron el apoyo de los ciudadanos más prominentes de Quito y particularmente de las comunidades religiosas, entre cuyos miembros se había desatado un conflicto de graves proporciones, ya que los chapetones perseguían a los criollos, que en su mayoría respaldaban al movimiento libertario; y, estos, a su vez, despreciaban a los españoles que eran leales a la corona.

En estas circunstancias, ha sido muy difícil localizar documentos originales que relacionen tan compleja situación y, menos aún, que determinen la participación de los religiosos en cuestiones independentistas. Posiblemente sea la causa para que los estudios históricos sobre tales asuntos sean muy raros y no  se haya podido avanzar en el conocimiento de esta faceta del período independentista.


En el archivo del convento de La Merced de Quito ubicamos un testimonio de esta naturaleza, que involucra a los frailes delatores, padres Andrés Torresano y Andrés Nieto Polo, quienes informaron a las autoridades realistas sobre la reunión de los patriotas del 25 de diciembre de 1808. Esta referencia la hallamos en medio de documentos sueltos que correspondían al siglo XIX, los que se encontraban desordenados, posiblemente de manera premeditada, con el objeto de evitar comprometer a los firmantes desde el punto político. 


El escrito contiene dos cartas: la una de Ruiz de Castilla dirigida al obispo Cuero y Caicedo; y, la otra, del prelado al comendador del convento de El Tejar, ambas sobre la situación de los frailes mercedarios que denunciaron a los conjurados. Dice: “Reservado. Illmo. Sr. La averiguación de cierto asunto que saben los M.R.P. Recoletos Fr. Manuel González, Fr. Andrés Torresano y Fr. Andrés Polo es sumamente interesante al Estado y a la Causa Pública. En cuyo Concepto se servirá V.S.I. conminarlos con excomunión mayor, tanto para que declaren sinceramente la  verdad de lo q. sepan como pa.qe. guarden el correpondte. sigilo. Dios ge. a V.S.I. ms. as. (Nuestro: Dios guarde a vuestra señoría ilustrísima muchos años), Quito 4 de Dize. de 1809. (f) Ruiz de Castilla”.


“Quito y Diziembre 4 de 1809. Por recibido en la fha: hágasles saber a los RR.PP. de la Recolección de Sn. José Fr. Manuel González Comendador, F. Andrés Torresano y Fr. Andrés (Nieto) Polo, se presenten y comparezcan ante el Exmo. Sr. Conde Ruiz de Castilla, Presidte. de esta Rl. Auda. a efecto de deponer y declarar todo lo qe. supieren, les constare o hubieren oydo sin reserva, restricción, ni modificación; y lo cumplan bajo de Sta. Obediencia, y pena de excomunión mar ipso facto incurrenda, una protrina canonica monitione de jure premisa, y vajo la misma guarden el mas inviolable secreto tanto en público como en privado, puesto que en esto se interesa la causa pública y el servicio del Rey Ntro Sor. (f) Joseph obispo de Quito. Josef Enríquez de León, Vro. Srio”.


Es importante señalar que la participación del obispo Cuero y Caicedo en esta primera etapa de la independencia nacional no es muy clara por la falta de nuevos estudios y documentos, ya que inicialmente el prelado fue un defensor de la monarquía; sin embargo, años más tarde, su participación fue muy activa, permitiendo que la lucha independentista  se consolidara, razón por la que fue perseguido de manera inmisericorde por las autoridades realistas hasta su muerte, ocurrida en Lima en 1815. La ubicación  de estos y otros documentos permitirán tener una idea más amplia sobre lo ocurrido en esta primera etapa del proceso independentista del Ecuador.


Doctor en Historia. Profesor universitario. Autor de varios libros sobre historia nacional.

 

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