La II Guerra y su huella literaria

Pocos conflictos como la Segunda Guerra Mundial han tenido tan diversos narradores. Los escritores quizás entregaron la imagen más precisa. Hace 70 años terminó la guerra.



Roberto Careaga. El Mercurio de Chile. GDA 02 Mayo 2015

“La noticia me heló la sangre, era definitivo y no había esperanza, los alemanes estarían en París en dos días”, anotó Simone de Beauvoir dos semanas después de que efectivamente sucediera lo inevitable. Hacía memoria en su diario. La escritora francesa había sido parte del éxodo de la capital francesa, pero a los pocos días había regresado para encontrar una ciudad “extraordinariamente vacía”. Terminaba junio de 1940 y la ocupación nazi de Francia tomaba forma. Beauvoir se desesperaba sin cartas ni telegramas de su querido Jean Paul Sartre, por entonces detenido por los alemanes.

Marcada por el Holocausto, pocos conflictos como la Segunda Guerra han tenido tantos y tan diversos narradores. Es posible que sean los escritores quienes hayan entregado la imagen más precisa de “la verdad despiadada de la guerra”, en palabras del autor ruso Vasili Grossman. De Primo Levi hasta Irène Némirovsky, incluyendo a Kurt Vonnegut, Norman Mailer y Günter Grass, entre otros, dieron su testimonio de su experiencia.

Posiblemente uno de sus grandes narradores fue Grossman, especialmente en su obra maestra, la novela ‘Vida y destino’. Pero además de ese libro, existen cientos de artículos y notas: Grossman acompañó por cuatro años al Ejército Rojo como periodista en múltiples batallas, entre 1941 y 1945.  “Stalingrado ha ardido. Tendría que escribir mucho para describirlo. Stalingrado ha sido incendiada. Stalingrado está en cenizas. Está muerta. La gente está en los sótanos. Todo ha ardido. Los muros calientes de los edificios son como los cuerpos de gente que hubiera muerto en el terrible calor y todavía no se ha enfriado”, escribió Grossman en agosto de 1942, en el inicio del asedio nazi a la ciudad soviética.

Vasili Grossman
Vasili Grossman
Acompañó al Ejército Rojo durante años y se convirtió en un cronistra excepcional.

Mientras Grossman entrevistaba a generales, francotiradores y soldados rasos en Stalingrado, la escritora Irène Némirovsky moría en Auschwitz el 17 de agosto de 1942. Judía de origen ucraniano, su nombre brillaba en la escena literaria francesa hasta que llegaron los alemanes. Ante el acoso, se instaló junto a su familia en el pueblito de Issy-l’Évêque y hasta el día antes de que fuera detenida escribió un testimonio de la llegada de los nazis a Francia que solo fue publicado en 2004, la novela ‘Suite francesa’.

“Por la carretera de París discurría un lento e incesante río de coches, camiones, carros y bicicletas, al que se sumaban las caballerías de los campesinos, que abandonaban sus granjas y partían hacia el sur arrastrando tras sí a sus hijos y sus animales con su colchón atado al techo; formaban frágiles andamiajes y parecían avanzar sin ayuda del motor”, escribe Némirovsky, contando el éxodo de los parisinos ante el arribo de Hitler.

El infierno

Mientras Némirovsky intentaba pasar inadvertida, en Danzig un quinceañero alemán se ofrecía como voluntario a las tropas nazis. Günter Grass era un patriota, como contó en sus memorias ‘Pelando la cebolla’. “Creer en él (Hitler) no cansaba, era facilísimo. Su mirada firme llegaba a todos. Su gris de campaña renunciaba a cualquier chatarra de condecoraciones. Ahí estaba, donde quiera que se mirase, cargando solo con la Cruz de Hierro de la Primera Guerra Mundial. Su voz venía desde lo alto. Sobrevivía a todo atentado. ¿No lo protegía algo incomprensible, la Providencia?”, escribió.

En Italia, en tanto, un joven químico intentaba resistirse a Mussolini. Antes de llegar a unirse a la resistencia antifascista, Primo Levi fue detenido, en diciembre de 1943. Tenía 24 años. Dos meses después, salía desde un campo de detención en Fossoli hacia Auschwitz: fueron 15 días de viaje en un tren de carga de 12 vagones sin ventanas, entre los que se distribuyeron 650 personas. Nunca dejaron de tener frío y sed. Al llegar a destino, fueron despojados de todas sus pertenencias, incluida la ropa; les cortaron el pelo, los lavaron a la fuerza, los encerraron en una barraca. Luego viene el infierno que conocemos y que Levi relató en el libro ‘Si esto es un hombre’.

En el frente Pacífico de la guerra Estados Unidos y Japón se peleaban cada pequeña isla. Entre los soldados estadounidenses que llegaron allá estaba un joven y aún inédito Norman Mailer. A los 21 años estuvo en una base en Filipinas y patrulló la isla de Leyte. No disparó una sola vez pero regresó con una novela que lo lanzó a la fama, ‘Los desnudos y los muertos’. Ambientada en el ficticio islote Anopopei, contiene fuertes escenas de combate, pero sobre todo es una crónica de la dura vida de los soldados.

Günter Grass
Günter Grass
Cargaría en su vida y en su obra el trauma de haber sido parte de la SS nazi.

Mientras, el veterano Ernest Hemingway desembarcaba en Normandía el Día D, poco después del cese del fuego y avanzó con soldados estadounidenses hasta la liberación de París. Celebró en el Hotel Ritz. Durante el camino, le escribió a su futura esposa, Mary Welsh, hablándole de la “vida muy alegre y divertida, llena de muertos, botines de alemanes, un sinfín de tiros, un sinfín de peleas, setos, pequeñas colinas, caminos polvorientos, paisajes verdes, campos de trigo, vacas muertas, caballos muertos, tanques, cañones de 88 mm, Kraftwagen, y chicos americanos muertos”.

La guerra se acercaba a su fin. Alemania caía. En febrero de 1945 los Aliados destruyeron Dresde con un poderoso bombardeo. Ahí estaba el futuro escritor estadounidense Kurt Vonnegut, de 22 años. Tuvo suerte. Era prisionero de los nazis y soportó el asedio en un matadero de animales, uno de los pocos edificios de la ciudad que se mantuvieron en pie. Vonnegut usó esa experiencia para su más célebre novela, ‘Matadero cinco’. No se explaya en el asedio, porque “no hay nada inteligente que decir de una batalla”.

Por entonces, Grass terminaba su entrenamiento como artillero de tanque de las Waffen SS. La marca de esas letras lo avergonzaría en secreto hasta su muerte, pero en ese momento solo quería salvarse. “El miedo era un equipaje que no me podía quitar de encima”, recordó en ‘Pelando la cebolla’, donde relata que en febrero del 45 llegó al frente en las orillas de río Neisse, en la frontera con Polonia. En su primera vez en la línea de batalla arrancó: “A mi alrededor, el bosque joven despedazado. Por todos lados había cuerpos, aislados o encima de otros, muertos, vivos aún retorcidos, ensartados por ramas, acribillados por metrallas. Yo estaba mudo, con los pantalones meados”.

Lo que vino para Grass siempre fue igual: llegar al frente, arrancar. Una herida en abril lo hizo desertar definitivamente y antes de recuperarse, a fin de mes, Hitler moría en Berlín y todo terminaba.

El italiano Primo Levi
El italiano Primo Levi
Fue encarcelado y luego llevado a un campo de concentración.

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