El azul, blanco y verde de Quito

La intensa luz de Quito hace que dos colores sean únicos de esta ciudad: el blanco y el azul. El verde, en cambio, es la cobija que lo envuelve por sus costados.



Rómulo Moya Peralta 30 Agosto 2014

La primera vez que llegué a Quito fue una ­mañana de septiembre, cuando aún el verano no se extinguía. Fue el cielo azul inmenso junto al verde del Pichincha lo que primero me impresionó. Era el tiempo en el que el Panecillo aun no tenía su  Virgen y todas las casas del Centro Histórico estaban pintadas de blanco, con puertas y ventanas azules. 

La ciudad estaba representada por su Centro Histórico, que aún no era Patrimonio de la Humanidad, era blanca y azul, rodeada por montañas cubiertas de eucaliptos con su verde característico. Y sí, desde arriba la veíamos, el ocre añejo de las techumbres tejadas dominaba el paisaje con sobre­salientes cúpulas verde vidriosas y torres blancas erguidas para las campanas gastadas por el tiempo. 

Luego, al recorrerla, descubrí una ciudad segregada, lo que también se manifestaba en sus colores, el sur gris, sobre todo por la cantidad de edificaciones no terminadas, el  norte predominantemente blanco. 

El referente cromático entonces era la arquitectura y la geografía, pues entonces carecía de los referentes culturales que pudieran modificar mi parecer. Aunque ya había distinguido a su gente, a esos seres humanos, a veces presurosos, otras quietos, siluetas recortadas sobre las blancas paredes, con una multiplicidad de coloridos acentos en sus típicas vestimentas, compartiendo las soledades y encuentros urbanos con una gama extensa de lo tradicional y lo moderno. 

Con el tiempo, la ciudad cambió la identidad cromática de su núcleo, y adoptó en sus edificaciones una ecléctica policromía. El color de Quito dejó de estar definido por su arquitectura, incluso y a pesar de los ensayos municipales de pintar barrios enteros del mismo color, casi siempre colores pastel, tratando erróneamente de imponer una nueva identidad. Pero las identidades no se imponen, se construyen. Y el tiempo se dilata para darles cabida.

Quito es una ciudad ondulada en medio de los Andes, es un estrecho valle longitudinal con un cerro en su centro y con construcciones que ganan espacio a las laderas y las quebradas. Cuando recorremos sus calles y sus avenidas, sea cual sea nuestra dirección, hacia donde dirijamos la mirada nos encontraremos con montañas alfombradas de verde vegetal o perfiles arbolados en los límites de un parque, la naturaleza de la cordillera cercana o lejana, siempre presente, inmóvil y perpetua. Hacia el occidente una inmensa pared verde, pues vivimos a las faldas del volcán, y hacia el oriente, los valles. Al amanecer, el naciente, se muestra como una espacialidad inmensa, digna de un mar, suben las nubes blancas cubriendo este vacío,  y como islas, los volcanes sobresalen en altura. Al transcurrir el día y cuando está despejado las montañas, a lo lejos, se ven con un velo azulado y de noche, en cambio, ese inmenso espacio parece  un abismo oscuro invadido por luciérnagas y calles como ríos luminosos amarillentos.

Cómo definir el color de la ciudad me pregunto, será el que se ve en los rostros de su gente, en los colores de la bandera que en cada día patrio colgamos de las ventanas y balcones, o esos azules y rojos, con los que pintamos en la escuela.  

Lo que es cierto es que el color de nuestra ciudad está directamente influido por su relación con el sol. Quito es una ciudad luminosa, casi sin sombras marcadas, salvo a las primeras horas del amanecer o el atardecer. A 2 800 metros sobre el nivel del mar y en plena línea equinoccial recibe la energía del sol de forma contundente, por eso aquí el blanco es más blanco, tan blanco como en realidad es el color del sol. Así como el azul es más profundo que en otras latitudes.

Qué es el color de una ciudad, me pregunto, es quizá una sensación o quizá una percepción de lo concreto, de las fachadas de las casas, del pavimento de las calles, del color de sus árboles, de sus parques en invierno o en verano, del uniforme de los escolares o del color de banderas partidistas que se alternan en la imagen urbana con éxito efímero. 

Lo que es cierto es que el habitante de la ciudad la explora permanentemente, la vive, la usa y por tanto la lee, y así percibe lo visible y lo invisible en ella. Vivir la ciudad significa ser parte y, por lo tanto, establecer una relación en donde los recuerdos, la cotidianidad y la imaginación juegan un rol en los significados y significantes que hacen parte de cada uno.  

Entonces, como ese habitante que vive a Quito, puedo decir que el color de la ciudad es la experiencia y la idea que tenemos de ella, lo que queda en nosotros antes y después de vivirla, en mi caso esta, mi ciudad, sí tiene unos colores específicos, que son con los que la recuerdo cuando estoy lejos, con los que la evoco cuando tengo que explicarla a algún forastero, con los que la sueño, y esos colores testigos de la vida, son el azul profundo de su cielo, el blanco del sol que se refleja en todas partes y el verde que la cobija envolviéndola en un gran ­abrazo andino.

*Arquitecto, director de las revistas Trama y Ecuador Infinito

 

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