‘El Chavo del 8’: La contraseña De los latinos

La serie se convirtió en un emblema pese a su conflictivo planteamiento



Alejandro Ribadeneira. Editor (O) 30 Noviembre 2014

Si ‘El Chavo del 8’ hubiera dependido de un ‘focus group’ para su aprobación, lo más probable es que el programa de TV más exitoso de Roberto Gómez Bolaños, el que le mereció la consagración en América Latina, el que tuvo a los niños y a sus padres viendo una y otra vez sus episodios por 40 años, jamás hubiera sido emitido.


De entrada el guión suena espeluznante: un huérfano permanentemente hambriento y que pernocta en un barril con las estrellas como techo es agredido todos los días por el viejo del vecino debido a sus travesuras, mientras el niño de junto le enrostra sus juguetes y su riqueza, en un ‘bullying’ constante. O sea, esto no suena para nada gracioso.


Pero de alguna manera lo fue. El milagro del Chavo está en que Chespirito logró construir en su vecindad repleta (“la que no valdrá ni un centavo”) un mundo festivo y cálido, ingeniosamente articulado con frases ‘vendedoras’ (hoy serían consideradas como tuits espectaculares), chistes blancos y situaciones jocosas de comedia física que ablandaron el tenebroso escenario que se plantea sobre la orfandad y las familias con pérdidas que habitan en ese lugar.


Porque, en plenos años 70, se mostraba una vecindad en que no había el clásico papá-mamá-hijos. Don Ramón era viudo y vivía con su hija. Doña Florinda también era viuda y se hacía cargo de su hijo. La Bruja del 71 era solterona. Gloria recibía la visita de su sobrina Patty. Otro solterón era Jaimito el Cartero.


Hay algo del filme ‘Ustedes los ricos, nosotros los pobres’ (protagonizada por Pedro Infante, otro ícono mexicano), repleto de tensiones de clase, que Chespirito logró capitalizar en la mejor serie de su carrera; aunque con la lucha de clases rebajada de tono, al punto que los ricos del programa son simpáticos. Doña Florinda es contradictoria: saca adelante a su hijo pero trata a los vecinos como leprosos, pide a Quico que se aparte de ellos. Chusma chusma, ¡pfff!


Sí, es la mejor y la más poderosa obra de Chespirito, porque el Chavo derrotó a todos los seres salidos de la pluma de Roberto Gómez Bolaños, al Doctor Chapatín y su mala práctica médica, al Chapulín y su quijotesco heroísmo, al Chómpiras y su inocente desho­nestidad, a Chaparrón y su locura surrealista. El universo del Chavo es total, redondo, repleto de símbolos y lecturas; es el Ulises para los libretistas que buscan agradar a todos los gustos, tarea casi imposible. El Chavo logró erigirse como una serie en regla, mientras que los demás personajes solo fueron ‘sketchs’, fragmentos, suspiros.


Esto se debe a que el Chavo también se benefició de un milagroso elenco en su mejor momento. O más bien a que Chespirito, quien siempre se vio a sí mismo más como escritor que como director, dejó que esos actores improvisaran y vistieran –a veces literalmente–  a los personajes, para luego vampirizarlos en lo que acabó como una borrosa línea del derecho de propiedad intelectual.


Por eso, cuando llegó la fama y el reparto de cuentas (y el choque de egos), Carlos Villagrán y María Antonieta de las Nieves reclamaron que ellos habían sido los verdaderos ‘padres’ de Quico y la Chilindrina. Ellos aportaron los gestos, las frases, los dichos de cada uno y hasta la ropa. La mamá de la Chilindrina se encargó de confeccionar los primeros vestidos. Por eso pelearon ardorosamente en tribunales para conservar sus derechos.


Don Ramón (o Ron Damón) fue el personaje más subversivo, en parte porque Ramón Valdés no actuaba sino que se limitaba a ser él mismo, incluso conservó su nombre original. Su personalidad arrolladora impidió que le llovieran las críticas por los constantes coscorrones que le aplicaba al Chavo, al que no le daba otro golpe porque su abuelita no sabía qué era la violencia doméstica.


Aunque trataba al Chavo como tonto, o por eso mismo, Don Ramón es el Che Guevara de la serie, gracias al encanto del actor, a su naturalidad y a su picardía, que le tenía huyendo del señor Barriga para no pagar la renta. Por eso, Don Ramón está en las camisetas y ahora en los memes. Como el Che.


El señor Barriga es la crítica velada a los ricos, pues se asocia el tamaño de su estómago con su poder (es el dueño de la vecindad, tiene auto, se va de vacaciones a Acapulco, viste a su hijo Ñoño como aristócrata, se lleva al Chavo a Acapulco…); los constantes golpes accidentales que le propina el Chavo son una especie de venganza de clase. Para colmo, sufre una permanente mofa de su nombre, retruécanos que con los que Don Ramón se ríe de él: no es barriga, señor Pereza.


Lo curioso es que los mexicanos de ahora, como lo señala Elda Cantú, no son tan fanáticos de Chespirito como el resto de  latinoamericanos. Cantú evoca lo que suelen vivir los mexicanos cuando salen de viaje y aparece la inevitable metralleta de recuerdos de programas, de frases y de escenas. ‘El Chavo del 8’ terminó siendo más importante para nosotros que para ellos, a pesar de estar repleto de localismos.


Gracias al Chavo, los ecuatorianos también descubrimos que Jamaica era más que un país. Descubrimos que había un equipo llamado Necaxa (antes que Álex Aguinaga fuera contratado), que había un pan con azúcar que se llamaba Chilindrina... Aunque acusaron a Chespirito de vapulear al idioma con su simpleza, a la final fue el máximo difusor de los mexicanismos, que ni las telenovelas suelen usar.


Para los mexicanos es un show más. Para los que viven fuera de ese país, es un signo de identidad, una contraseña de miembros de una cofradía latinoamericana que, con la muerte de Roberto Gómez Bolaños, sienten que se ha muerto una parte de la infancia. ¡Qué barriga, señor Tristeza!

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