Un 5 de diciembre tzántzico

En los años sesenta, un grupo de artistas e intelectuales conocidos como los tzántzicos cuestionaba a su manera las fiestas de Quito, desde lo que se llamaban ‘actos recitantes’.



Susana Freire García * (I) 30 Noviembre 2014

Cuando irrumpieron en la vida pública quiteña (1962), los integrantes del movimiento tzántzico (reductores de cabezas), plantearon su propuesta ética y estética en varios frentes.


Sus primeras intervenciones fueron los “actos recitantes” (mismos que se inspiraron en la filosofía del Agitprop inglés, cuya traducción es agitación y propaganda), a través de los cuales llevaron a escena su poesía, con un renovado lenguaje, que procuró romper la barrera entre los creadores y los espectadores.


Actos recitantes como “Cuatro gritos en la oscuridad”, “Contrapunto”, “Recital para nosotros mismos”, “Anfiteatro”, “Oratorio por el hombre”, por citar algunos, provocaron polémica entre los actores culturales de entonces.


Hubo quienes, desde una posición conservadora, negaron la validez de la propuesta tzántzica, calificando a los poetas como “unos jóvenes de raras aficiones” (esta expresión correspondió al escritor Alejandro Carrión, quien en el periódico La Calle, escribió un artículo sobre el movimiento con estos términos), y también los que desde un primer momento, se identificaron con esta renovada forma de crear y polemizar, sustentada por los poetas Ulises Estrella, Alfonso Murriagui, Luis y Simón Corral, Raúl Arias, Antonio Ordóñez, Marco Muñoz y Rafael Larrea.


No en vano se acuñó en la época del sesenta esta frase, que resumió toda la conmoción que suscitaron los actos recitantes tzántzicos: “Ir al próximo recital para echarles agua hirviendo, pero de todas maneras ir”.


Las estrategias tzántzicas, se fueron diversificando, según las necesidades estéticas de los poetas. A los actos recitantes, se unió la publicación de la revista Pucuna (octubre de 1962), y el inicio de sus actividades culturales en diciembre de 1963, en el llamado Café 77 (esquina de la Benalcázar y Chile), que en muy poco tiempo se convirtió en la “casa de la cultura alterna”, ya que la original  y oficial (la actual Casa de la Cultura Benjamín Carrión), se hallaba en manos de la dictadura militar que gobernó al país desde 1963 hasta 1966.  


Ante las fiestas de Quito


No fue casual el inicio de las actividades en el Café 77, el 5 de diciembre de 1963, cuando en Quito estaban en  apogeo la festividades, por la fundación española de la ciudad.


Las posturas no podían ser más contradictorias: por una parte la oficialidad planteaba el ejercicio de prácticas que enaltecían el origen “hispano” de la ciudad, en desmedro de la herencia indígena, a través de la Romería de Jesús de Gran Poder, la feria taurina, exposiciones y corsos de flores, elecciones de reinas, entre otras actividades. 

Ante este panorama, los tzántzicos armaron su estrategia, como lo mencionó esta nota publicada en diario EL COMERCIO (diciembre 3 de 1963): “el monólogo de José Martínez Queirolo “Réquiem por la lluvia”, se estrenará el 5 de diciembre próximo en circunstancias especiales y nunca antes ocurridas en Quito (…) La interpretación del difícil monólogo estará a cargo de uno de los integrantes del discutido grupo, -que ha suscitado innúmeras controversias, especialmente por la informalidad con la que presentan su producción- Antonio Ordóñez”.


Contacto con Guayaquil


La vinculación entre los tzántzicos, y el dramaturgo guayaquileño José Martínez Queirolo (1931- 2008), se estableció como bien lo señala el poeta Ulises Estrella, por la relación que el movimiento tuvo desde sus inicios, con algunos intelectuales guayaquileños (no hay que olvidar que en Guayaquil se creó el Café 78, como una réplica del Café 77 de Quito), y la necesidad de vencer las limitaciones que existían en el país, para la difusión del teatro realista y su denuncia social. Y esta denuncia, valga la redundancia, fue la que Martínez Queirolo logró recrear en su monólogo “Réquiem por la lluvia” (publicado en la revista Pucuna N° 3, julio 1963), en el que un conflicto familiar, cual microcosmos de la sociedad ecuatoriana, encerraba en sí las graves contradicciones e inequidades propias de la represión y la miseria.


En una entrevista concedida por el dramaturgo guayaquileño a los tzántzicos, y que fue  publicada en la revista Pucuna N° 2 (enero 1963), ante la pregunta que los poetas le hicieron sobre la forma en que el artista debía afrontar la realidad política de su país, Martínez Queirolo respondió lo siguiente: “La política impone al artista una actuación directa, si éste la elude, pierde su ciudadanía humana. Cuando el artista tiene que luchar físicamente junto a su pueblo, su rebeldía es su mejor arte”.


Ese 5 de diciembre


En efecto ese 5 de diciembre de 1963, mientras la mayoría de habitantes festejaba la fundación española de la ciudad de forma tradicional, el público que acudió al Café 77 pudo vivenciar la propuesta tzántzica, a través de una obra que echaba por tierra “la espectacularidad de las fiestas”, y evidenciaba los graves problemas sociales, que enfrentaba la ciudad y el país (este debate en torno a las contradicciones sociales que sucedían en Quito, motivó a los que los tzántzicos  se pronunciaran también, en contra de la pobreza estética con que fueron colocados los bustos de los héroes indígenas en la Plaza Indoamérica, o la colocación de la efigie de la Virgen en El Panecillo, en menoscabo de la de Atahualpa).


Este recital tzántzico tuvo eco en algunos sectores, incluyendo la prensa, tal como lo demuestra la reseña publicada en la revista Vistazo N° 82 (marzo 1964), en la cual se comentó así sobre el evento: “Al comienzo, la hilaridad del auditorio era la única respuesta que obtenían sus recitales pronunciados de espaldas al público (…) Ahora la gente concurre y escucha.

 

*Abogada e investigadora histórica que se ha dedicado al tema de la literatura y la ciudad de Quito. Ha  conducido programas radiales .

Café 77
Café 77
Uno de los poetas declamando en el Café 77, que se convirtió para algunos en una “casa de la cultura alterna”.
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