La flexibilidad es clave para cambiar

Ney Dolberg es un estudioso de las Ciencias Sociales; en medio de la escritura de su primer libro, sus conferencias y su consulta privada, se da tiempo para hablar del cambio.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 30 Mayo 2015

Los últimos 15 años de su vida, Ney Dolberg viene practicando la psiconeuroendocrinoinmunología (sí, esa palabra existe), una disciplina que da salida a todas las inquietudes y el carácter expansivo de este médico general, que igual sabe de ciencias políticas como de psicología o de genética. Hombre que domina varios temas y tiene un interés especial por los fenómenos sociales, acepta esta entrevista para hablar sobre el cambio, ese concepto que hoy se usa (y abusa) para todo.

Que todo cambie para que nada cambie, ¿le es familiar?

Por tercera vez en la historia de la humanidad estamos cambiando de época. Cambiamos de época cuando cambian simultáneamente las relaciones de producción, las relaciones de poder, los modos de vida y la cultura por un lado, y por otro lado el sistema de ideas, el sistema de técnicas y las instituciones. Cuando se mantienen ellas por un largo período estamos hablando de una época histórica; cuando empiezan a cambiar todas estas condiciones simultáneamente cambiamos de época. Si cambiamos dos o tres o una, no es un cambio de época, es una época de cambios. En este momento, desde hace 60 años más o menos, estamos cambiando.

¿Entonces la frase que dice que todo cambie para que nada cambie se aplica a las épocas de cambio y no a los cambios de época?

Correcto, me entendió perfectamente.

¿Le suena familiar?

Claro que sí. Porque lo hemos escuchado mucho estos últimos ocho años, como si en realidad estuviéramos viviendo un cambio de época y me parece que se está tergiversando una tesis (de Manuel Castells) bien fundamentada, seria, que explica esto. El cambio de época se está dando, sin duda.

Pero no por las razones por las que nos dicen.

No, no, no. Son razones científicamente identificadas y exógenas. Porque el cambio viene desde afuera. Y si el cambio exógeno no está en concordancia con el cambio interno entonces estamos desfasados y eso puede generar cosas terribles. Para que se dé un cambio de época tienen que darse tres revoluciones: la tecnológica, la económica y la sociocultural.

En general queremos que las cosas, las circunstancias cambien, pero no estamos muy dispuestos a cambiar nosotros ¿o me equivoco?

Correcto. Desgraciadamente lo más duro es cambiar la mente. Queremos cambiar las cosas y creemos que haciendo eso ya hicimos el cambio, y ese me parece que es el error más grande que cometemos.

¿Por qué?

Mi esposa acaba de remodelar este consultorio, pero ¿usted cree que porque cambió todo aquí yo voy a cambiar, voy a ser mejor médico o mejor ser humano? De ninguna manera, las cosas no cambian a las personas. Primero tenemos que cambiar las personas para que cambien las cosas.

¿Por qué nos cuesta tanto cambiar, incluso cuando anhelamos un cambio?

La flexibilidad es la clave para aceptar el cambio. Y no somos flexibles principalmente por la desvalorización propia. ¿Qué ocurre cuando nos infravaloramos, a causa de una equivocación, por ejemplo? Y aquí viene lo clave, o usted acepta su equivocación, el error y dice: aquí tengo que cambiar esto que no está bien y cambia, una vez que acepta que le hace falta algo. O usted dice: No. Y ahí empieza a buscar culpables o usted se siente culpable, la infravaloración se transforma en una supravaloración, y ese exceso tiene que ser justificado.

Y se queda en su posición y no cambia.

Una persona que reacciona así no va a cambiar nunca. Esa persona va a querer que el resto cambie para satisfacer su infravaloración. Para mí esta es la parte clave.

Tenemos relaciones extremas con el cambio, o le tememos o le atribuimos cualidades mágicas bondadosas. ¿Por qué no lo vemos solo como un factor permanente en la vida?

Usted mismo se contestó, por el miedo. La infravaloración, la desconfianza es miedo.

¿Pero qué pasa con la gente que está buscando permanentemente el cambio, que cree que cambiando las cosas van a cambiar las circunstancias o las personas?

Es que la premisa es pésima. Cambiando los edificios, las computadoras, los autos ya cambia todo y no es así. Primero tiene que cambiar la persona, primero tiene que cambiar el software para que luego cambie el hardware.

Como sociedad, ¿qué nos cuesta más cambiar?

Creo que en general  nosotros esperamos siempre un redentor, un salvador. Tenemos que pasar del mundo de los hechos al mundo de las ideas.

Hay quienes dicen que el poder cambia a la gente y otros que solo la devela; ¿la cambia o la devela?

El dinero y el poder son para el ser humano como el agua para los cultivos; la escasez nos mata y el exceso nos pudre. El exceso afecta y devela estas infravaloraciones y da argumentos al individuo para que saque a relucir más supravaloraciones: el hedonismo, el egoísmo, el narcisismo…

Y una persona sana con poder ¿se pudre igual?

Hablemos de Ghandi, que incluso en un punto llegó a rechazar el poder. A una persona sana el poder no la cambia.

¿Es un cliché decir que sentimientos tan fuertes como el odio o el amor son los motores más fuertes de cualquier cambio?

El motor verdadero del cambio es la conciencia.

¿Ecuador ya cambió?, como dice el eslogan.

(Sonríe) Yo no he visto en ningún momento una deconstrucción seria ni he visto que el cambio de época del que se está hablando se haya entendido. No he visto que las personas hayan cambiado. Somos los mismos con diferentes trajes.

Más elegantes algunos

Sí, más elegantes; y algunos con el traje del emperador.

Ney Dolberg

Nació en Quito en 1959. Se graduó en Medicina General por la Universidad Central del Ecuador; en esa misma institución sacó un masterado en Ciencias Internacionales. Ha sido internista toda su vida, y hace 15 años empezó con la psiconeuroendocrinoinmunología. Atiende en consulta privada y está escribiendo su primer libro.

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