El ser violento pierde humanidad

Natalia Sierra habla sobre el uso de una palabra cotidiana pero escandalizadora, como puta, en medio de una sociedad patriarcal y machista.



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 31 Enero 2015

Eran cuatro vallas en una franciscana ciudad con más de 4 000 km2 de superficie. “si puta es ser libre y dueña de mi cuerpo soy puta... y que? (sic)”, era la leyenda escrita en ellas. La campaña combate el feminicidio. Retiraron las vallas, para ‘otra etapa de la campaña’; las retiraron, como quien se quita la máscara carnavalesca ante las presiones cuaresmales. Cualquier incidencia, reflexión o debate se redujo a la palabra puta, tan cotidiana que escandaliza verla en letras rosas en el  tráfico.

Pero como toda máscara, también estas vallas tenían un rostro detrás, uno de discursos, poderes, prácticas y violencia. Con Natalia Sierra intentamos reflexionar sobre ese rostro tras la polémica y la doble moral.

¿Qué connotaciones tiene la palabra puta?

Se le ha configurado un contenido semántico con carga peyorativa desde una visión moral ante comportamientos que la sociedad considera no son de una mujer. Esto se asocia con aquellas mujeres que ejercen la profesión de la prostitución. Se ubica en ese contexto pero, además, vista esta profesión como algo moralmente no deseado.

Moralmente desde...

Desde la visión hegemónica de la sociedad, que se forma en la moral victoriana, que restringe el despliegue libidinal de los seres humanos y fundamentalmente de la mujer. Tiene una explicación de procesos históricos de cómo se configuraron la familia, los roles de género y un tipo de sexualidad, donde primero se liga reproducción y placer, y luego  en función de la familia burguesa y que requiere tener hijos como mano de obra. Pero al mismo tiempo se necesitaba controlar la libre sexualidad, contraria a las necesidades económicas. Entonces aparece una moral que encamina la sexualidad a la reproducción, limitando o casi desapareciendo la vivencia del placer: la relación sexual como un pecado necesario para la reproducción, pero por el que se debe pagar.

¿Cómo? 

Configurando a la maternidad como pureza: la mujer debe reivindicarse asumiendo un papel de madre  pura, inmaculada, reproducción sin placer. Todo lo que escapa a eso configura el otro lado de lo femenino en esa dialéctica  funcional y moralista que sería: ‘la mujer que no es madre  es puta’. Y se ubica más en las mujeres que ejercen la profesión de la prostitución, esta palabra va a ser el nombre que se les da desde esta visión hegemónica. Cuando sale de esos ámbitos, una mujer que no se somete a la exigencia de este ideal de pureza va a ser configurada como puta.

Pero tampoco se comprende que ser madre no es dejar de ser mujer…

No. La sociedad moderna es falocéntrica, no acepta lo diverso, busca identidades absolutas y los seres humanos no somos así. Si bien asumimos una tendencia identitaria, no quiere decir que se nos elimine la dimensión diversa. Esta sociedad es tajante. Si una es madre, lo es y punto. No se comprende que una mujer madre no dejó de ser mujer, profesional, hija, hermana, amiga… Pero se ha marcado así de rígido, como una exigencia antinatural para el ser humano y eso es violento, por eso se reacciona con violencia.

Ahora, con la apropiación de la palabra desde otro lado se le da un valor diferente…

Una disputa de sentidos, es decir ¿quién otorga sentido a las palabras? Es una resemantización en las reivindicaciones de las mujeres que la asumen para una resistencia frente  a una moral patriarcal. ¿Qué sucede? Que cualquier  mujer que mínimamente no se acoja a esos cánones se vuelve objeto de cualquier violencia y se da esto -que sí nos debe asustar-: el maltrato, el feminicidio. La sociedad configura una mirada de que si una mujer no se somete a esta moral, con claras intenciones de control, entonces es susceptible de cualquier acción y se da un justificativo, aunque no jurídico, sí cultural, por tradición e ideología, para que se maltrate a otras mujeres que no cumplen el ideal de pureza.

¿El varón es el culpable?

Lo es, pero el hombre configurado por una sociedad no solo patriarcal sino machista,  donde también las mujeres participamos. Las mujeres legitimamos esta tradición cuando juzgamos y acusamos a otras que no se comportan con los códigos dominantes. De allí vienen todas estas ideas equivocadas de que ella provocó el maltrato por no acogerse a la norma. Entonces toda la sociedad -hombres y mujeres- es cómplice de una violencia de género. Ahora se apunta a no ser cómplices de nuestro propio maltrato; empezamos a dignificar la posibilidad de decidir libremente cómo actuar, no sometiéndose a esos cánones estrictos y teniendo derecho de ser respetadas. Si esto es ser puta, esto es ser puta. La sociedad debe cambiar, la gente, la mente, los imaginarios.

¿Ante una sociedad machista: el hembrismo?

No. El machismo no es el hombre es una ideología, una manera de mirar el mundo que pueden tener hombres y mujeres. Esto no es pelea entre ambos, es ideología y lo que muestra son nociones con las que nos miramos. No es que pasemos de una violencia centrada en la figura masculina a una centrada en la femenina; cambiar los roles no soluciona nada. Lo que hay que cambiar es la relación entre hombres y mujeres, que no sea jerárquica. Se trata de una relación de equidad. Lo que hay que cambiar es la estructura social; esa forma de ver el mundo unidimensional, que se repite en las relaciones más allá de los géneros involucrados.

Pero el debate radicaliza posturas de cada género…

Eso es un peligro, porque podría llevarse la discusión a una pelea entre hombres y mujeres… absurdo y dañino. La pelea es juntos frente a una relación que nos hace daño y que se ha cosificado como institución social: esta relación de mujer pura y hombre más o menos  puro, pero con ciertas libertades. Cualquier ser humano que violenta a otro ser humano pierde humanidad. Es necesario pensarnos y pensar estas ideologías y relaciones mal planteadas que en algún momento de la historia sirvieron, pero ya no más; hay que desaprender concepciones.

¿Que el varón tenga roles impuestos también sostiene a este sistema?

Sí, el tema de  la ideología es social, yo existo en la mirada de los otros;  si la mirada total de la sociedad no cambia va a ser difícil que yo cambie. Hay un conjunto de relaciones que presionan a los hombres a comportarse de una determinada manera machista. Esa presión le impone ejercer un rol de macho que en sí mismo es violento, no solo para la mujer sino para él mismo. No es problema del individuo sino una presión social. Los conflictos no se resuelven de forma individual, no se existe como ente atomizado…

¿Se siente amenazada como mujer en esta sociedad?

Estoy consciente de que vivo en un mundo de hombres y eso es una desventaja. Tiene que cambiar… no los hombres, sino el mundo que nos haga cambiar a los dos. Obviamente he sentido desventaja: en el trabajo, porque si una no se masculiniza no puede mantenerse, debe hacerlo para sostenerse y eso es violencia; luego, que la madre es responsable de los hijos y el padre más bueno es el que ayuda, eso es desventaja, a no ser que las funciones de la maternidad no se denigren, que el trabajo en casa, lo bello de estar con los hijos, sea valorizado. Además, por qué la superación va solo por vía masculina, parece que una mujer se supera cuando alcanza los estándares masculinos. Otra desventaja está en la inseguridad: una mujer en un espacio solitario y oscuro puede ser que, si no está al lado de un hombre, sea violentada. Me da iras; pero por más que una sola quiera reventar con eso, no hay cómo, no me arriesgaría, no  arriesgaría a mis hijas, a mis alumnas. Trabajo en función de que la sociedad cambie para todos.

¿El fin, en el cambio de sociedad, es el reconocimiento como putas?

Es una estrategia de lucha política, puede o no funcionar. Esto se instituyó porque en Canadá algún funcionario dijo que ante un feminicidio la mujer tiene la culpa por vestirse como puta y esto quedó inscrito en la profesión de las mujeres que ejercen la prostitución; entonces ¿ellas deben ser maltratadas? Tampoco. En ese sentido esto de ‘todas somos putas’  implica incorporar a las personas que han decidido ejercer la profesión a esta lucha que exige respeto a las mujeres independientemente de la profesión que hayan decidido.

¿Qué efecto tiene? 

¿Nos ayuda a posicionar nuestra reivindicación o genera una reacción contraria? La pregunta sería ¿qué es ser puta? En esa medida entiendo la pelea por esta palabra… ‘Todos somos putas’ sería. No es que vamos a ejercer una determinada profesión, eso es asunto de otras circunstancias. Lo que dice es que ninguna mujer tiene que ser violentada o maltratada porque asuma su feminidad como ella considere. Al pelear por la palabra, se intenta desmontar ese contenidocriminalizador.

 

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