El vínculo de Santa Teresa de Avila con Quito

Uno de sus hermanos que ‘pasaron’ a América, Lorenzo, llegó a ser uno de los vecinos más ricos de la ciudad. Esa fortuna fue fundamental para la obra de esta religiosa, que vivió entre 1515 y 1582.



Gonzalo Ortiz Crespo* (I) 03 Enero 2015

Hace pocas semanas el bastón de Santa Teresa de Ávila, un simple bordón de madera que se conserva en una urna, estuvo en Quito.

La mayoría de las personas solo supo que esa reliquia estuvo en el cambio de guardia del lunes 17 de noviembre al lado del presidente Correa, pero quizás no se enteraron de que el bastón está haciendo un peregrinaje por 30 países del mundo, como apertura del Año Jubilar por el quinto centenario del nacimiento de la santa, quien vivió de 1515 a 1582. Y quizás muy pocos saben que aquella gran figura del renacimiento español y de la contrarreforma católica que fue Santa Teresa de Jesús estuvo ligada a Quito.

Más aún, que Quito fue la ciudad de América que más cerca estuvo de esa santa y que, además, fue fundamental para su vida y su obra.

La presencia en Quito del bastón en el que, paso a paso, se apoyó Teresa en todos sus recorridos por los caminos de España, fundando conventos e impulsando la reforma del Carmelo, cumplió, de una manera misteriosa, un deseo muy profundo de la santa, que muchas veces quiso viajar a Quito, y a donde se trasladó, como ella mismo lo relata en su autobiografía, en espíritu, para contemplar a su hermano Lorenzo y a su familia, en su casa quiteña.

Cristóbal Colón se había topado con América apenas 23 años antes de que naciera Teresa de Cepeda y Ahumada y en las décadas siguientes, empezó a conocerse -y a conquistarse a sangre y fuego cuando fue necesario- el inmenso Nuevo Mundo, sus montañas y sus ríos, sus desiertos y sus selvas, y sus gentes, sus tribus, sus reinos, sus sueños, sus dioses y sus cosmovisiones.

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Imagen de la Santa Teresa de Ávila

En una epopeya en que jugaron de partes iguales la diplomacia, la traición, la saña, el valor, las plagas, la tenacidad y la ambición, los españoles dominaron primero las islas del Caribe, luego sus costas, después México y más tarde Sudamérica.

Teresa y sus hermanos tuvieron presente al continente desde sus juegos de infancia. Pero la relación de la santa con el Nuevo Mundo habría de hacerse mucho más profunda porque sus siete hermanos “pasarían” a América. Como ella misma lo refiere en su autobiografía, los dos mayores, Hernando y Rodrigo, lo habían hecho antes de que entrara al monasterio de la Encarnación. Los menores, Lorenzo, Jerónimo, Antonio, Pedro y Agustín, cuando ya era monja.

El destino de los hermanos de Santa Teresa en América fue dispar, si seguimos a monseñor Manuel María Pólit, que investigó este tema hace más de un siglo.  El mayor probablemente participó en la captura y muerte de Atahualpa y murió en Pasto, muchos años después. El segundo y el quinto murieron en batallas. El octavo hizo fortuna en Chile, fue gobernador de Quijos, y murió en Lima, tras regresar de España, en un viaje tardío cuando su hermana ya había muerto, donde había obtenido la gobernación de Tucumán. Dos, y tal vez tres, volvieron a España, vieron a su hermana y fallecieron allá. De otro no se sabe con certeza su muerte, pero sí de varios momentos de su vida, en Centroamérica, la Florida y Perú.

Un momento increíble se produjo en Quito, cuando cinco de ellos lucharon al lado del virrey Blasco Núñez Vela en la batalla de Iñaquito. Los Cepeda y Ahumada tenían con él estrechos lazos de amistad pues había sido su vecino en Ávila e incluso un hermano suyo, don Francisco Vela Núñez (que vino con el virrey a América), era padrino de bautizo de Teresa. Cuando don Blasco necesitó ayuda desesperadamente, se presentaron en Quito: Lorenzo y Jerónimo, que vivían en esta ciudad; Hernando, que vino desde Pasto, y dos hermanos recién llegados de España, Antonio y Agustín. El virrey nombró a Hernando alférez real y a Lorenzo, su secretario y miembro del estado mayor.

La batalla de Iñaquito fue una carnicería: el ejército del virrey de solo 400 hombres fue arrollado por los 1 000 de Gonzalo Pizarro. El virrey fue decapitado en pleno campo de batalla y 300 de sus hombres murieron, mientras que del bando rebelde apenas fallecieron siete. Entre las víctimas de la desigual batalla estuvo uno de los hermanos de Santa Teresa, Antonio, que murió de un balazo. Hernando, con una terrible herida de lanza en el vientre, pudo huir del campo de batalla con la ayuda de sus hermanos y, tras esconderse en Quito, los cuatro finalmente hallaron refugio en Pasto, protegidos por Sebastián de Benalcázar.

Estos cuatro Cepeda y Ahumada sobrevivientes, más Pedro, que vino de Centroamérica, lograron su revancha con el nuevo enviado del rey, el sacerdote Pedro La Gasca, a cuyo lado lucharon como oficiales del ejército que derrotó a Gonzalo Pizarro en 1548.

Las recompensas del rey a sus fieles vasallos se dieron enseguida. Lorenzo de Cepeda recibió el 22 de noviembre de ese mismo año su primer repartimiento de tierras y encomienda de indios, esto es hacienda y feudo en la provincia de Quito, más precisamente en Píntag, incluyendo el muy numeroso pueblo de Tolóntag. Nuevas participaciones en guerras, como en 1554, siempre a favor del rey, ampliaron sus encomiendas con tierras e indios en Paute. Su esposa, Juana de Fuentes, hija y nieta de conquistadores muy acaudalados, aportó al matrimonio con una rica dote. Así, a la vuelta de pocos años, Lorenzo de Cepeda era uno de los vecinos más ricos de Quito, ciudad de la que fue regidor, justicia mayor y alcalde, pasando luego a ejercer cargos de la Presidencia de Quito como teniente de gobernador, juez de residencia, fiscal y tesorero de las cajas reales. Tenía, a más de las encomiendas de Píntag y Paute, propiedades en el valle de Los Chillos, Químiag, Chambo y Penipe,

Durante muchos años, Santa Teresa no tuvo noticia cierta de sus hermanos. Pero una vez que se pacificaron las tierras sudamericanas empezó a recibir correspondencia regular de algunos de ellos, en especial de Lorenzo, que empezó a enviarle noticias y donativos, igual que a sus otras dos hermanas, Juana y María, a parientes y a antiguos sirvientes de su casa paterna.

En 1561 Lorenzo mandó un donativo más generoso a Teresa aprovechando el viaje a España de su hermano Jerónimo y unos comerciantes amigos. Esta, sin saberlo Lorenzo, se hallaba en plenos ajetreos de la fundación del primer convento de carmelitas reformadas, el de San José, para lo que carecía absolutamente de recursos. Fue tan oportuna la llegada del donativo que la propia santa le dijo en su carta de agradecimiento, que ella y las pocas personas que sabían de su proyecto, “han tenido por milagro el enviarme vuesa merced tanto dinero a tal tiempo”.

A partir de entonces, Lorenzo se convirtió en un mecenas de su hermana, y sus donativos le facilitarán realizar más fundaciones. En 1574, y al cabo de 34 años de separación, los dos volvieron a verse. Lorenzo, que había enviudado, salió de Quito con cuatro hijos y su inseparable hermano Jerónimo, pero el viaje resultó trágico: Jerónimo enfermó gravemente en el trayecto y murió en la ciudad de Nombre de Dios en abril o mayo de 1575, y poco después, en alta mar, también falleció su hijo, Esteban de Cepeda y Fuentes, niño de 12 años de edad. Sin embargo, al arribar a Sevilla Lorenzo descubrió para su consuelo que Teresa se hallaba en esa ciudad, a donde se había trasladado para una nueva fundación.

El encuentro de los hermanos debió ser por demás emotivo. Lorenzo le presentó a sus hijos, Francisco, Lorenzo y Teresa de Cepeda y Fuentes, y confesó a su hermana que una de las razones de su viaje era confiarle la crianza y educación de su hija, niña de ocho años, pues él, viudo y con 55 años de edad, no creía tener fuerzas para hacerlo. La santa recibió de inmediato a su pequeña tocaya, quien se convirtió desde entonces en su solaz, su compañía y, luego, en monja carmelita, la primera carmelita descalza americana.

Allí mismo, en Sevilla, Lorenzo pudo auxiliar nuevamente a su hermana, adquiriendo para ella una casa para que fundase el convento de esa ciudad, imposible hasta entonces por falta de recursos.

Lorenzo ya no habría de volver a Quito. Se avecindó en las cercanías de Ávila. Financió la edificación de la iglesia de San José, adjunta al convento del mismo nombre, donde hizo construir una capilla especial para su sepultura. Falleció el 26 de junio de 1580, de 61 años de edad, mientras que su famosa hermana moriría dos años después, el 4 de octubre de 1582, de 67 y medio.

Francisco, su hijo mayor, se quedó en España, donde se casó. Quien sí volvió a Quito, tras permanecer dos años en el colegio de los jesuitas de Ávila, fue Lorenzo de Cepeda y Fuentes, el segundo hijo, quien se hizo cargo de las propiedades y encomiendas de su padre y le sucedió en su titularidad. Fue un gran administrador e incrementó más todavía los bienes familiares, pues obtuvo tierras en Licto y Chambo, donde levantó un obraje. En 1626, de 62 años de edad, falleció en Riobamba, a donde se había trasladado con su familia. Fue a través de él que la familia de Santa Teresa prolongó su sangre en el Ecuador.

Como vemos, Quito estuvo presente de una manera muy intensa en la vida de Santa Teresa de Jesús y fue clave en la historia inicial del Carmelo. Esta monja, que debatió con los sabios de la Iglesia y con la sociedad que la rodeaba, que fundó 17 conventos en España, que produjo una grande y brillante obra literaria, que fue figura del Siglo de Oro español y Doctora de la Iglesia, encontró en su hermano Lorenzo y en la fortuna de este, proveniente de Quito, un apoyo sustancial para lograr las metas que se propuso.

* Periodista e historiador. Este artículo resume el discurso en el acto inaugural de la celebración del  V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, en el Convento de El Carmen Bajo, 17 de noviembre de 2014.

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