Las ideas importan

La duda es el principio del fin del reino del cavernícola que llevamos dentro y de los “expertos” que quieren violar nuestros derechos.



Gabriela Calderón* (O) 03 Enero 2015

Así como en el mundo comercial se requiere de intermediarios para que los productores desde los lugares más remotos puedan conectarse con clientes y consumidores que de otra forma no pudieran satisfacer, en el mundo de las ideas se necesita lo mismo. Así interpreto mi trabajo. Me considero una intermediaria de ideas y no disfrutaría tanto mi trabajo si no fuera porque considero que las ideas importan muchísimo. Ellas tienen el potencial de cambiar el mundo -para bien o para mal-. Por eso hoy quisiera explicar el “hilo conductor” detrás de las ideas que he venido exponiendo desde hace años en columnas de opinión.


Me adhiero a una tradición de pensamiento conocida como el liberalismo clásico. Esta tradición sostiene que cada individuo, sin importar su nivel de ingreso o formación u otra particularidad, tiene el derecho de llevar a cabo su proyecto de vida y asimismo la correspondiente obligación de respetar el mismo derecho de los demás. Si cada individuo es soberano sobre su proyecto de vida, entonces no se justifica una amplia gama de intervenciones del Estado –en ámbitos tanto íntimos como cotidianos- que van más allá de proteger los derechos fundamentales de las personas.

Lo que distingue a esta tradición de otras es su coherencia. Los liberales no solo defendemos la libertad para que los individuos realicen intercambios voluntarios en lo económico (por ejemplo, el libre comercio a través de las fronteras), sino también para que tengan la libertad de tomar todo tipo de decisiones personales (como la libertad para elegir qué leer o qué sustancias consumir). El verdadero respeto a la dignidad de cada persona implica un Estado limitado.   

En cambio, otras personas se adhieren a ideas que colocan los intereses del grupo o colectivo por encima de aquellos del individuo.

Hace algunos años descubrí esta idea en el libro ‘La sociedad abierta y sus enemigos’, del filósofo Karl Popper. Allí él explica que el atractivo de todo tipo de colectivismo (nacionalismo, comunismo, fascismo, socialismo -y aquí podríamos incluir a los actuales populismos autoritarios de América Latina)- es que se parece más a los tiempos de la tribu que a las aparentemente caóticas sociedades modernas, donde casi todo lo que consumimos para vivir es producido por gente que no conocemos y donde casi todo lo que producimos será consumido por gente que tampoco conocemos.

Nuestros instintos tribales no han evolucionado a la misma velocidad que lo ha hecho el mundo globalizado. Estos nos llevan a favorecer de manera casi impulsiva la organización colectiva de la sociedad. Creemos que alguien debe estar a cargo, o de lo contrario, nos dice ese cavernícola interno que llevamos dentro: “¡nos comerán vivos!”. Y es un instinto que en la era de los nómadas tenía sentido: si no te mantenías unido al grupo y obedecías lo que el cacique había determinado, te quedabas solo y ¡te comían vivo!

Una versión actual  de este razonamiento se da cuando algunos economistas observan la economía ecuatoriana y alzan las manos y dicen: “Hay que promover y proteger la industria nacional porque si no ¡habrá desempleo y más pobreza!”.

Así como tenemos impulsos tribales también tenemos la tendencia de subestimar nuestra ignorancia o, dicho de otra forma, creer que sabemos mucho más de lo que en realidad sabemos. Esta es la fatal arrogancia de la que nos hablaba Friedrich A. Hayek y esto es a lo que Adam Smith se refería cuando hablaba del “hombre doctrinario”, de quien decía: “se da ínfulas de muy sabio y está casi siempre tan fascinado con la supuesta belleza de su proyecto político ideal que no soporta la más mínima desviación de ninguna parte del mismo (…). Se imagina que puede organizar a los diferentes miembros de una gran sociedad con la misma desenvoltura con que dispone las piezas en un tablero de ajedrez. No percibe que las piezas del ajedrez carecen de ningún otro principio motor salvo el que les imprime la mano, y que en el vasto tablero de la sociedad humana, cada pieza posee un principio motor propio, totalmente independiente del que la legislación arbitrariamente elija imponerle”.

La modernidad, ese impresionante salto hacia la prosperidad que dio la humanidad durante los últimos apenas tres siglos, no se debió al instinto ni a la razón, sino más bien a algo que está entre los dos, y ese algo es lo que distingue a los seres humanos de los demás animales: somos capaces de imitar y aprender de otros, heredando costumbres y tradiciones que no son el fruto de la razón ni del instinto.

Los idiomas con los que nos comunicamos de manera eficiente, el dinero que nos permite facilitar los intercambios, el mercado a través del cual los consumidores y productores comunicamos la escasez o abundancia de algo en determinado momento, todas estas son cosas que nadie en particular diseñó y de las cuales todos nos beneficiamos sin entender cómo funcionan o al menos sin entenderlo de la forma como uno puede comprender algo que fue construido o inventado por alguien.

El instinto precede a esas costumbres y tradiciones y la razón vino después. ¿Por qué nos fuimos alejando de nuestros instintos? Hayek explica que “las normas y usos aprendidos fueron progresivamente desplazando a nuestras instintivas predisposiciones, no porque los individuos llegaran a constatar racionalmente el carácter favorable de sus decisiones, sino porque fueron capaces de crear un orden de eficacia superior -hasta entonces por nadie imaginado”. El problema es que cuando llega la razón, y esto le pasa a cualquier adolescente, nos creemos capaces de diseñar un orden superior, incluso perfecto.

Pero la libertad y la prosperidad le deben mucho a ese orden complejo de las sociedades modernas al que se oponen nuestros instintos más primitivos, un orden que nadie diseñó, y que por lo tanto no se puede replicar deliberadamente con planes impuestos desde arriba por un grupo de supuestos iluminados.

Consciente de que las ideas que expongo son compartidas por una minoría y son consideradas por muchos como irrealistas, recuerdo que Milton Friedman consideraba importante el papel de los intelectuales públicos y sostenía que su función básica era la de  “desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y disponibles hasta que lo políticamente imposible se vuelva políticamente inevitable”.

Mi mayor ambición al exponer estas ideas es contribuir a este esfuerzo, despertando la duda y la curiosidad en el lector como los mejores profesores, colegas de trabajo y escritores lo hicieron en mí. La duda y la curiosidad son el principio del fin del reino de nuestro cavernícola y de los “expertos” que, creyéndose en posesión de todo el conocimiento, sienten que tienen derecho de violar los derechos del resto de los individuos.

* Investigadora del Cato Institute  (www.elcato.org). Autora del libro ‘Entre el instinto y la razón’ (2014, Cato Institute  y Paradiso Editores), que recoge varios de sus artículos de opinión.

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