Yo no creo en el olvido hipócrita

Son días de concordia familiar, arrepentimiento y catarsis. Este combatiente de AVC no elude la importancia del perdón y del olvido como un rito, pero exige que la sociedad vaya más allá si quiere crecer.



Carlos Rojas A. Editor (O) 03 Enero 2015

Cuántas veces, Juan Cuvi habrá sentido el peso de toda una sociedad en su contra. Cuántas veces, él se habrá sentido en contra de ese orden social. Cuando las batallas que damos en la vida son tan extremas y drásticas, la siempre citada gama de grises se desvanece y no hay lugar ni para olvidar... ¿o sí?

En estos días en que finaliza un año y empieza otro, las familias buscan dejar los resentimientos. ¿Siempre es saludable olvidar lo malo?

El olvido es el temor que tenemos los seres humanos a enfrentarnos con los hechos desagradables. Es una respuesta inconsciente que busca borrar aquellos hechos dolorosos. Pero eso puede tener un problema: no enfrentar, como sujetos o como sociedades, aquello que nos es desagradable.

¿Por qué?

Superar los conflictos no quiere decir darles la espalda, sino asumirlos. Solo cuando lo logramos, la página da vuelta: no desde el ocultamiento o la indiferencia, sino desde un tratamiento profundamente humano, honesto, descarnado…

¿Cabe, entonces, reflexionar sobre el perdón antes  que sobre el olvido?

La posibilidad de enfrentar esos hechos abre la puerta hacia el perdón, lo contrario sería un ejercicio absolutamente formal e hipócrita. La única forma en la que los seres humanos somos capaces de perdonar es cuando hayamos sido capaces de procesar esos conflictos, en caso contrario acumulamos resentimientos. Los rencores, y aquí voy a utilizar una expresión un poquito escatológica, son como las hemorroides del alma, no dejan vivir  en paz.

¿Por qué suele ser más fácil procesar lo que nos hace daño, perdonar y olvidar, a nivel familiar, que en otros espacios de socialización?

En la familia hay la mediación de los afectos. En el espacio comunitario o social hay muchas más dificultades para llegar al perdón y al olvido, porque los enfrentamientos suelen ser más duros o violentos y más difíciles de procesar. En las sociedades donde hay demasiada desigualdad, queda un profundo resentimiento, que no se puede borrar fácilmente. Eso impide la reconciliación y así es muy difícil construir una cultura democrática. La democracia es el manejo positivo del conflicto, porque no hay sociedad sin conflictos.

¿Y existen sociedades sin resentimientos?

Las sociedades tienen resentimientos por la incapacidad de resolver esos conflictos o, por ejemplo, tratan de hacerlo por la vía armada, lo que necesariamente va a dejar una huella. Pensemos en Colombia y sus 60 años de una guerra muy cruel. Uno de los elementos más interesantes del proceso de paz es la presencia de las víctimas en la mesa de diálogos.

Pero a la luz de las encuestas, los diálogos de paz no parecen entusiasmar a la sociedad colombiana...

De todas maneras es un ejercicio político fundamental. ¿Cómo hacemos para que la sociedad se mire al espejo? Muchas veces el olvido social implica una negación de los hechos del pasado, una especie de miedo a admitir que una sociedad ha sido cómplice.

¿En qué sentido?

Pongamos el caso ecuatoriano. Resulta que aquí estamos empeñados en hacer un ejercicio de recuperación de la memoria histórica frente al tema de violación de los derechos humanos, pero tenemos una sociedad que ha sido indiferente e incluso condescendiente con los violadores de los derechos humanos. Por ejemplo, han elegido con voto popular y de manera abrumadora a personas implicadas, a sabiendas de lo que hicieron. Eso significa que la sociedad no ha decidido enfrentar hechos dolorosos y acarrea una especie de pecado oculto. Vivir indefinidamente con eso es muy difícil. La clave no es solo recuperar el pasado y evitar esos olvidos, que a veces son muy convenientes, sino hacer que una sociedad recuerde permanentemente.

¿No hay que saludar ese permanente ejercicio revisionista a la que esta ‘revolución’ nos ha encaminado?

Cuidado con reemplazar la memoria con publicidad. Lo que están haciendo es una publicidad a conveniencia de la coyuntura sobre qué es lo que se debe recordar.

¿Es preferible eso a no recordar nada?

A mí me parece que la recuperación de la memoria es un proceso de toda la sociedad. Todos tenemos que enfrentarnos a lo que sucedió. Caso contrario, seguiremos preguntándonos por qué, como sociedad, tendemos al autoritarismo y a la presencia de los caudillos.

¿El olvido en una sociedad tiene que darse luego de que haya castigos penales?

No puede haber una sociedad que omita la sanción, así haya pasado muchos años. Las condenas también educan cuando estas son claras. Volviendo al caso de las familias, un miembro que ofende o ataca no puede ser perdonado porque simplemente ofreció una disculpa. La sana convivencia exige asumir los errores.

¿El ser humano tiene que aprender a perdonar y olvidar? ¿Es lo sano?

Es una necesidad y es una construcción. Si una persona lo logra se engrandecerá.

¿Y cómo sabemos cuando una sociedad ha perdonado?

Cuando esclarece los hechos con la mayor objetividad. Ese es el primer paso.

¿Los alemanes lo lograron? ¿Los españoles?

En general sí, porque son sociedades que han tenido guerras terribles y no podrían haber convivido o llegado a ciertos espacios y acuerdos supranacionales. En América Latina ha sido algo mucho más difícil. Y creo que EE.UU., al develar las violaciones de la CIA, ha dado un paso fundamental pero aún insuficiente. Esa sociedad  tiene que reflexionar por qué la CIA tortura, y no creo que solo sea porque obedeció a un presidente del Partido Republicano, sino porque defiende un sistema del cual se benefician todos sus habitantes, y eso es lo doloroso.

¿El olvido de una sociedad es lo que permite que la historia la sigan escribiendo los poderosos?

Así es, los vencedores. Eso es lamentable porque usualmente el poder político se concentra en las élites. Muchas veces, los vencedores no son las sociedades, son los gobiernos o los ejércitos y son los encargados de escribir esa historia. En ese aspecto, el papel de la literatura, de los intelectuales y académicos es fundamental.

¿La sociedad se olvidó de los episodios en los que usted participó con Alfaro Vive Carajo y de los cuales incluso fue una víctima?

Yo fui un combatiente y nunca me he sentido una víctima. Yo creo que la sociedad ecuatoriana no quiso ni ver, ni mucho menos asumir o recordar eso.

¿Ni siquiera olvidó...?

En cierta forma, porque hubo una especie de ocultamiento de muchos episodios, entonces la gente no tenía qué olvidar. Yo reconozco que nuestra lucha estuvo al margen de la ley y la sociedad recurrió a sus instrumentos y nos sancionó, como no lo hizo con aquellos que también se pusieron al margen de la ley para combatirnos. Solo exijo justicia.

¿Ha tenido  la necesidad de disculparse con la sociedad?

Más que disculparme, lo que sí quisiera es explicarle a una sociedad qué es lo que sucedió. Yo no soy muy inclinado a esa visión un tanto católica del perdón, porque a veces lo que eso hace es facilitar el encubrimiento. Yo no estoy muy de acuerdo con eso.

¿La catarsis y el olvido de Juan Cuvi son incompletos?

Yo no he olvidado, porque fui un actor comprometido. Mi catarsis ha sido no quedarme en el pasado. Sin perder mi vínculo con esos hechos, miro al futuro. Tengo familia y con ellos debo ir adelante. Cuando una familia se reúne y trata de entender por qué el abuelo perdió la fortuna está haciendo una catarsis interesante. Tras varios espacios de análisis, donde todos opinan, terminan entendiendo y perdonando al abuelo. Ese proceso debe pasar también con una sociedad.

Juan Cuvi

Sociólogo, académico y articulista. Integró en los años 80 el movimiento subversivo Alfaro Vive Carajo. Su lucha, en la cual hubo actos extremos, fue duramente combatida por el gobierno de León Febres Cordero. Cuvi estuvo preso durante cinco años y muchos de sus compañeros fueron abatidos por las fuerzas del orden, algunos de cuyos integrantes afrontan procesos judiciales por la violación a los DD.HH.

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