El clásico que ganó un juicio al moralismo

En 1960 se enjuició a Penguin Books, por haber publicado un libro en el que se mencionaban palabras “obscenas”.



Martín Pallares. Editor 03 Mayo 2014

Hasta hace 55 años, en Inglaterra se daba por hecho que únicamente el Estado tenía la legitimidad para evitar que la sociedad no esté expuesta a pensamientos dañinos.

Bajo ese supuesto en 1959 se aprobó la Obscene Publication Act, cuyo fin era evitar que pensamientos obscenos circularan en el país. Una ley que, sin embargo, abría una puerta a los editores de libros, pues el Acta establecía que las obras que ostentaban “mérito literario” podían circular.

Esa ley sería puesta a prueba en octubre de 1960, con un caso célebre. En efecto, en agosto se inició un juicio en contra de la poderosa editorial Penguin Books, por haber publicado y distribuido en Inglaterra ‘El amante de Lady Chatterley’, de D.H. Lawrence. El libro para entonces ya era un éxito literario, pero su circulación había sido prohibida en Inglaterra desde su publicación en 1928.

La novela narra la relación, intensamente física, entre una dama de la aristocracia inglesa de inicios del siglo XX y el rudo cuidador de su propiedad campestre. Entre los cargos presentados por la Fiscalía inglesa en contra de la editorial estaba que en el libro se mencionaban “impublicables palabras de cuatro letras”, como “fuck”, “cunt”, “cock”  y otras igualmente “perniciosas e inaceptables” que tenían relación con las actividades y los órganos sexuales de la elegante Lady Chatterley y de su rústico guardabosques.

Durante los meses que duró el juicio, Penguin Books y su defensa tuvieron que esforzarse, apelando a la opinión de las mentes más brillantes y respetadas del país, a demostrar que ‘El Amante de Lady Chatterley’ tenía los méritos literarios para circular libremente. Finalmente, el jurado absolvió a Penguin Books y la novela pudo circular libremente, rompiendo así la norma según la cual únicamente los ingleses adinerados que viajaban a París podían comprar el libro. Pero los efectos jurídicos y sociales del juicio no se limitaron a la obra de Lawrence.

El juicio terminará convirtiéndose en uno de los hitos más significativos en el desarrollo de las libertades individuales en Inglaterra. La prensa inglesa de ese entonces y la contemporánea que ha reseñado el hecho sostienen que uno de los momentos más significativos del juicio fue cuando el acusador representante del Estado, Mervyn Griffith-Jones, preguntó al jurado: “¿Aprobarían que sus jóvenes hijos o hijas leyeran este libro? ¿Les gustaría que su mujer o sus criados lo leyeran?”. Ese momento, decía la prensa inglesa, Penguin Books supo que se ganaría el juicio pues, a pesar de todo el sistema legal vigente, la sociedad inglesa ­de inicios de los años 60 ya no ­estaba para tolerar que el Estado decidiera qué podían o no leer “sus mujeres”.

Geoffrey Robertson, uno de los abogados de derechos humanos más importantes y célebres de la Inglaterra actual, sostenía en un largo ensayo publicado en The Guardian, al cumplirse los 50 años del proceso, que de todos los juicios ninguno ha tenido en la historia inglesa consecuencias políticas y sociales tan importantes como aquel.

“El juicio de ‘Chatterley’ marcó la primera batalla moral simbólica entre la fuerza humanista del liberalismo inglés y la mano muerta de aquellos que fueron descritos por George Orwel como ‘los de pantalones a rayas que gobiernan”, sostenía Robertson, para quien el proceso fue un batalla que se juntó en los años 60 a temas cruciales para los derechos humanos, incluyendo la legalización de la homosexualidad y el aborto, la abolición de la pena de muerte y el fin de la censura al teatro. Incluso el divorcio, sostiene.

Para Robertson, el proceso también marcó un cambio en la forma en que funcionaba el sistema judicial inglés en el tema de la censura por motivos moralistas. Según él, existe el mito de que la libertad de expresión ha sido precautelado en Inglaterra por los jurados integrados, según el sistema anglosajón, por personas de la sociedad civil.  Eso no es cierto, dice. Hasta 1959  los jurados que decidían casos sobre supuesta obscenidad eran obligados a tomar la decisión que le parecía conveniente al juez. Y los jueces de la época, asegura, normalmente pensaban que era necesario evitar la circulación de aquellas obras que  tenían una “tendencia a depravar y corromper”.

Robertson sostiene incluso que  hasta 1959 el mérito literario establecido en la Obscenity Act no existía. En 1928 ‘The Well of Loneliness’, de Hall Radclyffe, fue destruido por un magistrado que encontró una frase que decía: “Y aquella noche ellos no se dividieron”, refiriéndose a dos personajes femeninos.

La historia registra que la censura a referencias sexuales en la literatura fue perversa en Inglaterra en los años 30 del siglo pasado. Libros de Henry Miller o Lawrence Durrel no circulaban en Inglaterra y sí en Francia o en Italia.

Lawrence,que había muerto en 1930, había tenido ya una historia llena de conflictos con el puritanismo victoriano. En 1928 la Policía se había incautado de los cuadros de una exposición suya por la can­tidad de desnudos que había en ellos. No pasaría mucho tiempo para que las obras sin “mérito literario” pudieran circular a pesar de tener escenas o descripciones “obscenas”. En 1970 otro tribunal absolvió a los editores de la revista alternativa y estudiantil Oz, que era abiertamente pornográfica. Desde entonces, el Estado perdió casi por completo su capacidad de decidir por los demás.

El libro
Casi 30 años luego de su primera publi­cación y de la muerte de su autor, la novela ‘El Amante de Lady Chatterley’ estuvo
prohibida en Inglaterra. Se la acusaba de promover pensamientos obscenos, aunque muchos críticos sostenían que la verda­dera causa de la censura era la exaltación de las relaciones sexuales entre una dama de la alta aristocracia  inglesa y un humilde y rústico guardabosques. 

La novela ­únicamente circulaba en Francia e Italia, sitios a los que los ingleses tenían que viajar para comprarla. Luego de la prohibición, 200 000 ejemplares se vendieron en Londres.

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