El mal, 20 años después

El 20 de marzo de 1995 se produjo un ataque con gas sarín en el metro de Tokio. ‘Underground’ es un intento por entender por qué sucedió aquello.



László Erdélyi   El País de Uruguay. GDA (O) 04 Abril 2015

En 1996, un año después de que la secta Aum Shinrikyo dispersara gran cantidad de sarín, un mortal gas neurotóxico en varias líneas del metro de Tokio, el novelista japonés Haruki Murakami se puso el overol de investigador para producir el libro ‘Underground’, una recolección de testimonios de los sobrevivientes del ataque, y que acaba de llegar en español.

Murakami intuyó que en esos hechos, que provocaron 12 muertos y 5 000 heridos, surgió algo grave que había estado oculto. Para él, en el underground del subterráneo tokiota, como en el más profundo inconsciente, se había revelado lo peor del ser japonés, algo innombrable que involucraba a todos, no solo a los terroristas. Entendía que conversando con las víctimas del ataque sobre su familia, trabajo, ambiciones, miserias y sueños podía llegar a entrever eso prohibido. Algo que pocos japoneses estarían dispuestos a aceptar.

Pero no sería tarea sencilla. Para el Japón profundo, esa cultura encerrada en sí que desconfía de todo lo foráneo, el escritor Haruki Murakami es un traidor. O mejor dicho, un japonés impuro, contaminado con lo de afuera: nació en el histórico barrio de extranjeros de Kobe (Kitano).

En ‘Underground’ aparecen 62 testimonios de víctimas, varios miembros de la secta Aum y otros protagonistas como un psicólogo que trató a muchos lesionados en el ataque, un médico que comunicó vía fax a las emergencias cuáles eran los síntomas y cuál era el antídoto sin que nadie se lo pidiera —salvó así cientos de vidas— y un abogado que enfrenta a la secta. Cada uno cuenta lo que le pasó ese fatídico 20 de marzo de 1995 temprano en la mañana, cuando varios recipientes con sarín fueron depositados en diferentes líneas del metro.

Habla muchas horas con cada uno. Es un viaje hacia el dolor donde las palabras faltan (¿acaso no hay palabras para expresarnos cuando nos acercamos a un amigo doliente en un velorio?). “En ocasiones las palabras son inútiles, pero como escritor es lo único que tengo”, escribe en ‘Underground’. Poco a poco, entrevista tras entrevista, se repite un patrón de dudas o preguntas. La más acuciante es por qué. Cuál es la razón por la cual una persona ingresa a una secta y entrega su personalidad a otro, sus bienes, su vida (era el compromiso que exigía Aum, la entrega total de sus acólitos). O por qué salieron a matar utilizando armas de destrucción masiva. O por qué nadie hizo nada cuando era evidente que ese poderoso grupo (en número de fieles y en disponibilidad económica) se volvía cada vez más bizarro, aislado, amenazante y violento.

Sectas han existido siempre, y atentados terroristas también. Escribir contra ellos es como escribir contra la lluvia o las tormentas. De hecho el líder de la secta, Shoko Asahara, que venía anunciando el apocalipsis para los años 90, al percatarse de que no iba a ocurrir decidió provocarlo para no perder credibilidad. Lo que sí es necesario comprender es por qué esta secta estaba legitimada en el imaginario japonés como una entidad religiosa más (con todos los amparos de la Constitución del Japón) mientras hacía desaparecer fieles, extorsionaba, secuestraba o mataba a quienes la denunciaban (cuando el ataque de Tokio, ya existía una asociación de familiares de víctimas representada por un grupo grande de abogados), e incluso ya habían atacado con gas sarín a miembros del poder judicial por un conflicto de tierras en la localidad de Matsumoto (1994), pero terminaron matando a otras personas (por un cambio de viento, el gas tomó sentido contrario).

Uno de los hospitales de Tokio que recibió más víctimas luego del atentado fue el San Lucas, en la zona de Tsukiji. En ese hospital estaba el psicólogo Kanzo Nakano tratando a las víctimas con algo que no abundaba: empatía. Los escuchó, los comprendió y amparó. Era lo que necesitaba Kenichi Yamazaki, pasajero en la línea Hibiya, que recuerda los primeros síntomas tras ser afectado por el gas a bordo del tren. “Sabía que si me desmayaba en el tren, nadie me ayudaría”. Salió a rastras de la estación, intentó caminar hasta que no pudo más, y quedó tirado en la calle. Los transeúntes simulaban no verlo. “¡Imbéciles! ¿Cómo puede ser tan frío el ser humano? Alguien agoniza tirado en el medio de la calle y nadie dice nada”.

Como psicólogo descubrió que el sarín provocaba en las víctimas un miedo desconocido hasta entonces. Por las características del atentado, “en mi opinión las víctimas no son capaces de expresar o digerir adecuadamente sus sentimientos y vivencias de aquel día. Al no encontrar palabras adecuadas para hablar de ello, lo somatizan y terminan por aparecer dolencias físicas. No disponen de un sistema que permita transformar sentimientos en palabras, incorporarlos de manera racional a la conciencia. De ahí que traten de reprimirlos”. Los síntomas eran insomnio, pesadillas y miedo. Por si fuera poco, la televisión instaló un relato superficial y simplificado de lo ocurrido, lo cual generó enormes prejuicios y reforzó los esquemas mentales. .

Murakami dedica un tramo importante del epílogo a analizar el comportamiento de los medios, que trataron el tema desde un plano moral: los “buenos” opuestos a los “malos”, la sociedad “cuerda” enfrentada a los terroristas “dementes”, lo “sano” versus lo “enfermo”.

Surgieron voces, sin embargo, que advirtieron los riesgos de esta simplificación. Se corría el peligro “de que todo quedara aplastado por el furor popular”, perdiendo la oportunidad de entender las causas profundas que se ocultaban en la propia cultura japonesa.

Murakami entiende que, una vez que llegó la calma, se instaló en la sociedad un sabor amargo. “Para sobrellevar el malestar y la amargura, la mayor parte de nosotros preferimos meter el asunto en un hipotético baúl del olvido y clasificarlo como algo del pasado”. La historia del atentado parece haber quedado en la memoria colectiva convertido “en un osado manga (cómic), en un mito urbano, incluso en una especie de cotilleo sobre crímenes poco frecuentes”.

Haruki Murakami
Haruki Murakami
Nació en Kioto, Japón, en 1949. Sus obras han generado una verdadera devoción en muchos países y numerosos premios, incluyendo el Franz Kafka, Jerusalem y el Internacional Cataluña.
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