¿Politeísmo o monoteísmo en una sociedad plural?

Las acusaciones de fundamentalismo apuntan especialmente a los cultos monoteístas, mientras que un sistema con diversidad de dioses daría mayor espacio a la tolerancia



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz (O) 04 Abril 2015

Con la caída del muro de Berlín y la postulación -inexacta- del fin de la historia se intuyó que los conflictos venideros relegarían lo socioeconómico tras un choque de civilizaciones, en cuyo núcleo estaría el imaginario religioso que da sentido a cada cultura. El surgimiento de los nacionalismos en el mundo islámico y las pseudo religiones de la sociedad de consumo concretarían tal premonición.

Mientras tanto, las tensiones aumentan entre pluralidad y pretensión de verdad. Al ser los cultos monoteístas especialmente acusados por brotes de fanatismo, ¿convendrá pensar en el politeísmo para una sociedad diversa y globalizada? Desde la ‘distinción mosaica’ -protagonizada por Akhenaton y Moisés, reflexionada por Freud y Jan Assman- que sustituyó el politeísmo por el monoteísmo y que buscó la universalidad de un solo dios sacándolo de su ámbito cultural, en la historia de las religiones ha aparecido la intolerancia como rasgo constitutivo del fundamentalismo. Para tratar sobre los riesgos de los fundamentalismos. 

Juan Antonio Estrada, profesor de Filosofía de la Religión de la Universidad de Granada, dice que “fácticamente es incuestionable que los monoteísmos bíblicos tienen un gran potencial de violencia”. Luego traza una línea: la capacidad violenta del monoteísmo hebreo se muestra en los relatos que involucran a un dios guerrero, en cuyo nombre se justifican las masacres del pueblo israelita; la tradición cristiana carga con el peso de las cruzadas y de la inquisición; y, la fe musulmana se vinculó con la guerra santa del profeta.

La dureza de la religión viene dada por su carácter normativo de la sociedad y por sus vinculaciones con el poder político, legislativo y moral (el dominio sobre las conciencias es quizás el más radical). Así, los defensores de las religiones surgen por convicción y por los intereses sociales que estas representan. ¿Qué espacio tiene la tolerancia si desde las autoridades religiosas se impone una identificación total con una determinada visión del mundo y de la vida?

La fe en el dios único conduce al terror, pues él no tolera junto a sí a ningún otro dios verdadero ni a adoradores de falsas deidades; introduce el rechazo hacia los paganos y herejes, a sus templos y ritos. La identidad del monoteísta se construye necesariamente desde el ‘contra’: todo otro culto es mero producto humano o un estadio inmaduro y ya superado de frente al único dios cierto. Esa pretensión valida una religión como verdadera y el deseo de propagarla entre la humanidad a toda costa.

De David Hume a Odo Marquard, varios pensadores han cuestionado la pertinencia de los cultos monoteístas y han elogiado las ventajas del politeísmo. Para Nietzsche, por ejemplo, el monoteísmo -“rígida consecuencia de la doctrina de un hombre normal”- fue quizás el mayor peligro de la humanidad hasta la fecha.

El politeísmo supone que la diversidad de dioses obliga a la tolerancia, al ecumenismo y al diálogo; lo cual lo haría más plausible en una sociedad plural y abierta, ajena a los totalitarismos. Asimismo, este sistema supone un principio de adaptabilidad, pues ofrece correspondencias entre las divinidades y la capacidad de integrar las pertenecientes a otros panteones.

Visto así, el politeísmo tendría mejor cabida en una posmodernidad que exalta las diferencias y la alteridad, que sepulta grandes creencias; un ‘eclecticismo’ con tendencias de sincretismo ‘new age’ y de religiones ‘a la carta’, que toman de cada culto solo lo que les conviene.

Pero el politeísmo presenta sus contras. Esa pluralidad también estaría marcada por la competitividad y desataría una violencia henoteísta, o podría degenerar en indiferencia religiosa, donde los valores se relativizarían, lo humano se sacralizaría y se ampliarían los espacios para el culto al individuo atomizado. En respuesta, desde la fe monoteísta los fieles podrían sustraerse de las necesidades del mercado en días de globalización, rechazando la objetivación del ser humano.

También se ha pensado en la figura del monoteísmo abierto, referenciado en las manifestaciones de la religiosidad popular con divinidades mucho más cercanas y familiares que un dios lejano y universal; mientras que el politeísmo halla cierto acomodo en el dios uno y trino del cristianismo.

Sin embargo, el hecho religioso como fenómeno sociocultural indica que la tendencia de las instituciones es la unidad desde la uniformidad, eliminando toda desviación del orden constituido. A la luz de lo experimentado por la humanidad, el monoteísmo favorece la teocracia, facilita los autoritarismos impositivos y acentúa la sumisión humana.

El filósofo británico John Gray, en ‘Perros de paja’, hace un elogio al politeísmo para apuntar que: “Los politeístas pueden ser celosos de sus dioses, pero no son misioneros. Sin el monoteísmo, el ser humano habría continuado siendo uno de los animales más violentos, pero se habría ahorrado en guerras de religión. Si el mundo hubiese seguido siendo politeísta, no podría haber producido el comunismo ni el ‘capitalismo democrático global”.Líneas después dice, sardónico, que “el politeísmo constituye una forma demasiado delicada de pensar para las mentes modernas”.

Entonces, para una sociedad que se bate, por un lado, con un proceso de secularización y desacralización y, por el otro, con fanatismos y dogmas de fe, no se trataría de restaurar las formas religiosas del pasado-irrecuperables por el desarrollo racionalista de la historia de las ideas y la visión de la religión como una falsa conciencia-, sino de descubrir las formas pertinentes de un monoteísmo abierto o de un politeísmo ilustrado. Y, a la par, comprender que la capacidad que tienen las religiones de movilizar a las personas es la que hace responsables a sus autoridades de muchos enfrentamientos que se dan en un momento histórico.

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