La embriaguez del poder

‘En el poder y la enfermedad’, David Owen hace un profundo comentario sobre la relación entre personalidad y conducta de los líderes políticos



Andrés Vallejo* (O) 05 Diciembre 2015

En el libro ‘En el poder y en la enfermedad’, el médico David Owen, rector universitario, ministro de Sanidad y de Asuntos Exteriores del Reino Unido, analiza las enfermedades de Jefes de Estado y Gobierno en los últimos 100 años, y cómo han influido en la toma de decisiones y el devenir político de los países. Cómo el ocultamiento de la enfermedad de un Jefe de Estado determina situaciones impredecibles, absurdas e incoherentes. Repasa los casos de Roosevelt, gobernando en silla de ruedas; Churchill, Stalin, Mussolini,

Eisenhower, Johnson, de Gaulle, Willy Brandt, Nixon, Mao Zedong, Margaret Thatcher, Yeltsin, Sharon, Nasser, Khrushchev, entre otros.

El caso del Sha de Persia, que padecía leucemia crónica y lo mantuvo en secreto desde 1973 y que se agravó en 1979, es ilustrativo. Al impedir que se conociera su enfermedad, no tuvo posibilidad la transición ordenada, que podía evitar que Irán pasara a manos fundamentalistas.

El presidente francés François Mitterrand supo que padecía cáncer a los seis meses de posesionado y convirtió su grave enfermedad en secreto de Estado. Vivió así los siete años de su primera Presidencia y ganó la reelección. Fue, sin duda, un Presidente a la altura de las circunstancias. Lo demostró por su manera de afrontar dos períodos de cohabitación, cuando el triunfo conservador implicó que los primeros ministros fueran de otra ideología. Fue, se dijo, el ‘último rey de Francia’. Su enfermedad no afectó a su desempeño, al menos visiblemente. ¿Fue ético guardar ese secreto, “jugar con la muerte durante once años”, incrementando los riesgos en la salud del Presidente? ¿Cumplieron con su deber los médicos sin referirse a su dolencia cuando optó por la reelección, dolencia que lo llevó a la tumba ocho meses después de dejar la Presidencia, cuando abandonó el tratamiento médico por su voluntad?

El presidente John F. Kennedy sufría de Addison, una enfermedad compleja que le obligaba, desde muy joven, a medicación permanente, con los consiguientes efectos secundarios que explicarían diferentes actitudes en crisis que debió afrontar: indecisa y catastrófica ante la heredada e injustificable invasión de Bahía de Cochinos y la decidida y exitosa en la crisis de los misiles con la Unión Soviética, las dos en relación con Cuba.

Owen se refiere a otro tipo de enfermedad, el síndrome de Hybris, calificada por los griegos como “embriaguez del poder”, que impide al gobernante cambiar de rumbo y le hace persistir en sus errores o ignorarlos. O cometerlos. El delito de la arrogancia.

David Owen,
David Owen,
político británico

El caso de Tony Blair, carismático primer ministro inglés, que se embarcó irreflexivamente en las acciones del presidente George W. Bush en la guerra de Iraq, es paradigmático. Cuando Blair fue cambiando su posición y los funcionarios y asesores se lo dijeron, poco a poco prescindió de ellos y la conducción del tema tan complejo y delicado se hizo personal, sin el análisis necesario. Blair, de gran éxito mediático, tenía obsesión por situarse visiblemente en el centro de los acontecimientos.

En el mundo posterior al 11-S, como se conoce al atentado a las Torres Gemelas en Nueva York, recorrió más de 60 000 kilómetros en 31 vuelos, y asistió a 54 reuniones con dirigentes varios extranjeros, aunque no tuvieran nada esencial que tratar.

El presidente George W. Bush asumió humildemente la Jefatura del Estado en enero del 2001, diciendo  que nombraría a buenas personas, delegaría autoridad y evaluaría resultados, lecciones de la Escuela de Negocios de Harvard, en donde estuvo. Después del ataque a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre, fue un Presidente guerrero, que se comprometió a “sacar a los responsables de sus madrigueras y hacerles correr” y juró “librar al mundo de malhechores”. Se infló. Su lenguaje y su retórica empezaron a sonar a fanatismo; los matices y los reparos se hicieron más infrecuentes, la simplicidad cada vez más dominante.

Tres síntomas señala Owen como característicos de la Hybris: exceso de confianza en uno mismo -que reserva, en exclusiva, la toma de decisiones, que no busca consejo ni presta oídos a la sabiduría o la desprecia-, impaciencia y falta de atención a los detalles.

El calificativo de “locos” a muchos gobernantes -Hitler, Mussolini-, por la forma inu­sual o incoherente con que ejercen el cargo, en los que la magnitud de sus crímenes rechaza juzgarlos como cuerdos, tiene una explicación en esta “embriaguez del poder”, que les hace considerarse sobre los demás mortales y les afecta emocionalmente. Hitler ascendió al poder y lo consolidó mediante un cálculo y una autodisciplina cuidadosas, imposibles en alguien que sufre de perturbación mental médicamente establecida, pero llegó a un punto en que sus juicios, sus ideas y sus percepciones eran lo único que contaba y así cometió enormes errores propios de su autosuficiencia criminal.

Quienes se ven afectados por el síndrome de Hybris se creen insustituibles y empiezan a ver con desdén a todo posible sucesor. No cambian de posición, porque significaría admitir un error. Los líderes prudentes cambian cuando cambian las circunstancias o cuando han cometido un error.

El poder es una droga pura que pocos gobernantes -los estadistas- tienen el firme carácter necesario para contrarrestar, tratándolo como lo que es, una privilegiada oportunidad para servir, influir y determinar la marcha de los acontecimientos, con respeto a la discrepancia, y no un endiosamiento.

La famosa observación de Bismarck, según la cual la política es el arte de lo posible, expresa la misma idea de que la ambición tiene que ir acompañada de modestia.

*Exalcalde de Quito; exlegislador; articulista.

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