Del ‘no lugar’ al humanismo planetario

Marc Augé, reconocido por su postulado de la sobremodernidad, expuso en Quito su pensamiento acerca de las relaciones humanas en la actualidad.



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor 04 Octubre 2014

Tiempo, espacio e imagen rondan en el pensamiento del profesor Marc Augé (Poitiers, 1935). El etnólogo construyó, hace más de 20 años, el paradigma de los ‘no lugares’ y la sobremodernidad; mas esos postulados y reflexiones han ensombrecido otras líneas de su trabajo como africanista consumado, pensador del paganismo, estudioso de las formas del olvido, antropólogo de la soledad.

Todo ello confluye en Augé, un observador de la vida cotidiana, con el saber y el talento para entender y explicar los cambios culturales de nuestra sociedad proclive a la globalización, de nuestro planeta cada vez más pequeño. Piensa las relaciones humanas frente al espacio temporal, la comunicación y esa realidad virtual que sugiere ilusión antes que identidad. Y piensa también el porvenir de la crisis, la movilidad humana, la educación como estrategia...

La idea de la sobremodernidad trataba de distinguirse de posmodernidad: “post no dice nada situado en el tiempo”, explica Augé, en una mañana quiteña, antes de sus conferencias en la Flacso. Define una situación social caracterizada por la aceleración del tiempo, la disminución del espacio y la acentuación del individualismo; por el exceso de velocidad, de movimiento, de consumo.

Esa sobremodernidad es productora de ‘no lugares’, de espacios que no pueden definirse como de identidad, ni como relacionales ni como históricos. En su libro de 1992 apuntaba que si los lugares creaban lo social orgánico, los ‘no lugares’ creaban la contractualidad solitaria; que un espacio efímero y provisional solo puede producir relaciones efímeras y provisionales, destinadas a desaparecer.

Para ejemplificar el ‘no lugar’, hablaba de un mundo donde se nace en una clínica y se muere en un hospital, donde se multiplican los lugares de tránsito y las cadenas de hoteles, los campos de refugiados, las barracas, los supermercados, las redes de medios de transporte... Circulación, consumo y comunicación.

Y los ‘no lugares’ se extienden sobre el planeta. Uno de sus signos es la transformación arquitectónica, estética, del mundo, donde el color global borra el color local, donde las obras importantes se liberan de particularismos y se las pone en un segundo plano: ‘lugares de memoria’. Por un lado una plaza pública dislocada de su pasado; por el otro, un centro comercial de itinerarios e intersecciones. Por un lado un centro histórico como un lugar para los turistas extranjeros; por el otro, las periferias que captan la miseria: espacios que existen como circuitos paralelos... No se encuentran, no se establece una alteridad que permita definir una identidad.

Marc Augé
Marc Augé
Es un etnólogo francés. Frase: "Creo que el ideal de la humanidad es hacer del planeta un lugar moderado con relaciones existentes en el tiempo y el espacio, donde no haya ‘extranjeros’”.

“Nunca como ahora se ha circulado tanto, pero sin que haya -paradójicamente- verdaderos encuentros”, dijo Augé en sus charlas en Quito, hablando de la proliferación del turismo, como el espectáculo de una élite cultural ante las ruinas. Mientras, ve a los migrantes como “los héroes del tiempo moderno”: se aventuran fuera de su territorio, se liberan de culturas enraizadas, se relacionan con nuevos espacios, se identifican por ‘el otro’.

Y en la actualidad, los ‘no lugares’ son también de las tecnologías comunicacionales. Los nuevos medios tienen tanta importancia que han cambiado nuestras relaciones con el espacio y el tiempo; ahora son de inmediatez y ubicuidad.

La comunicación en espacios virtuales es un incremento de la sobremodernidad; se estrechan las distancias (de un planeta ya diminuto entre tantas galaxias), se acelera el tiempo (fascinados por la ilusión de lo instantáneo) y aumenta la individualización de los sentidos. Lo tercero se refiere a pasarse al otro lado de la pantalla para reconocerse, hacerse la imagen de uno mismo para descubrirse -“como las religiones en los ídolos”- y que los otros lo hagan, pues “la cumbre de la existencia es un momento de celebridad”; una soledad paradójica.

Pero Augé no hace una crítica ‘naïf’ de la comunicación y sus medios, porque también son usados para divulgar la ciencia. Tampoco busca luchar contra su expansión, pero sí boga por pensar los roles de ellos, justamente, como medios; situarlos como tales, resistir a la ilusión que constituyen.

Somos planetarios virtualmente por los medios de comunicación (gracias a la circulación de imágenes e informaciones) y casi completamente por el mercado, pero a otro nivel no lo somos, considera Augé. La ciencia y el conocimiento progresan veloces y la distancia crece entre los que saben y los que no tienen idea; las desigualdades del saber son mayores que las económicas.

Si generalmente hay la impresión de que con Internet todo está al alcance de la mano, el profesor Augé cree lo contrario, que una desigualdad profunda se da entre los participantes -educados y con soltura económica- que se benefician del consumo global y los excluidos, sin acceso.

Para salir de allí, de esta atmósfera de crisis, de esta premisa de una situación más letal, Augé boga por una voluntad de lucidez que solamente la educación y la eliminación de la arbitrariedad de ciertas culturas puede lograr. Y avizora, optimista -a pesar de las contradicciones de nuestro tiempo-, un futuro del planeta no nuestro o de nuestros hijos, sino de todos los que vendrán; unidos por la esencia humana. Augé siente la urgencia de un nuevo humanismo planetario... Y tiempo, espacio e imagen rondan en ese pensamiento.

 

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