La dolorosa lección de la Operación Pedro Pan

En 1962, cerca de 14 000 niños cubanos fueron enviados a EE.UU. porque sus padres tenían miedo de que fuesen criados bajo el comunismo.



María de los Ángeles Torres 04 Octubre 2014

Las recientes imágenes de asustados niños no acompañados que cruzan la frontera a EE.UU., huyendo de la violencia y de un futuro incierto en sus países de origen (muchos buscando parientes que ya están en EE.UU.) me traen a la memoria mi propia travesía hasta este país en 1961, cuando tenía 6 años de edad, en un avión repleto de niños.

Entonces, la Revolución Cubana, a la que mis padres habían apoyado, había abandonado su promesa de democracia. Los colegios, incluido al que yo asistía -Nuestra Señora de Lourdes, cerca de nuestra casa en La Víbora-  habían sido cerrados. Una invasión de EE.UU. había fracasado; muchos de nuestros amigos habían sido arrestados y muchos juicios sumarios ­habían terminado con el batallón de fusilamiento. El asesinato de Albertico Campanería, un amigo de la familia de 17 años, empujó a mis padres hacia el exilio.

Igual que en el caso de los niños centroamericanos que actualmente cruzan la frontera, en ese entonces no existían los canales legales por los cuales  EE.UU. podía acomodarnos. La Embajada de EE.UU. en La Habana había sido cerrada. El Congreso no había autorizado la inmigración masiva. La opinión popular sobre los exiliados cubanos estaba en ese tiempo dividida. Se oponían a ella quienes temían que la cultura del país fuera distorsionada con extranjeros llegados a expensas de los fondos públicos. Aun así, el Presidente de EE.UU. y las agencias federales involucradas en la guerra contra Castro crearon, a través de decretos ejecutivos, pro­gramas secretos para la entrega de visas. Una de estas estaba pensada exclusivamente para los menores.

A través de este programa, llamado Operación Pedro Pan, (el niño que volaba en la novela de sir J. M. Barrie), cualquier chico menor a los 16 años podía entrar a EE.UU. con una carta mimeografiada firmada por un sacerdote católico patrocinador. Los niños, a diferencia de los adultos, no eran vistos como un potencial riesgo. Así se convirtió en una de las formas más expeditas para salir de Cuba.

Una vez en EE.UU., los documentos debían ser llenados en nuestro nombre y si pasaban los filtros de seguridad, nuestros padres también recibirían los papeles de migración. Los míos llegaron cuatro meses más tarde de mi arribo.

En un año y medio, más de 14 000 niños no acompañados arribaron a EE.UU.

Como yo, varios de los ‘Pedro Pan’ tenían parientes en este país y la mayoría quedó bajo el cuidado de la Oficina Católica de Bienestar. En
1962, las puertas para la migración cubana fueron cerradas y más de  8 000 menores tuvieron que quedarse varios años sin sus papás.

Conforme los campamentos para niños se iban llenando en Miami, los niños eran enviados a través de EE.UU. a hogares y orfanatos administrados por la Iglesia Católica. Esto podía ser duro, pues muchas veces se separaba a los hermanos y se censuraba su correo. Peor, hubo casos de abuso físico y sexual. Los menores eran castigados cuando los reportaban.

Muy poco se conoce sobre las condiciones en los hogares de los amigos y los parientes que los acogieron. En las mejores circunstancias, los chicos sufrían los efectos de las prolongadas separaciones de sus padres. Eventualmente, los vuelos se retomaron en 1965,
y la mayor parte de las familias se reunieron.

La Operación Pedro Pan fue el resultado de las exigencias estratégicas y propagandísticas de la Guerra Fría. Nosotros nos convertimos en símbolos de los horrores del comunismo, al igual que los miles de ­niños vietnamitas transportados por avión bajo la Operación Baby Lift, al final de ese conflicto.

Pero el espectro del comunismo no fue la única razón para el programa. También fue alimentado por el concepto civilizado de que los niños son  inocentes y que su cuidado conduce a una mejor sociedad. A diferencia de los adultos, aún pueden ser formados para ser futuros ciudadanos respetables.

Los ejemplos incluyen a más de 120 000 niños que, a finales del siglo XIX, fueron enviados desde zonas urbanas a granjas en el Medio Oeste americano, en lo que se ha llamado los ‘Orphan Trains’, que en español significa los trenes de los huérfanos. Pocas décadas más tarde, niños indígenas en  EE.UU. también fueron sacados de sus familias y ubicados en internados con el supuesto fin de civilizarlos. Sus padres eran considerados racialmente inferiores y por ende incapaces de criar a sus hijos de forma correcta. En ambos casos, en lugar de ser salvados, los niños y jóvenes sufrieron por la separación de sus familias.

Debates migratorios recientes han mostrado que estos bienintencionados -pero equivocados- paradigmas, aún tienen fuerza. La política de la administración Obama de demorar la deportación de estos jóvenes, así como el trámite de la propuesta Dream Act, para beneficiar a los niños indocumentados que buscan una mejor educación, es filosóficamente enraizada en la narrativa de que los niños pueden ser “salvados” de sus orígenes.

Mientras el comunismo se ha evaporado, nuevas amenazas, particularmente la violencia generada por el narcotráfico en América Central, están produciendo nuevos éxodos. Esto incluye niños que buscan a padres que por las mismas razones de sus hijos ya llegaron a EE.UU. Ahora me preocupa que, ante estas generaciones de refugiados que huyen de la pobreza y la violencia, tengamos dos respuestas equivocadas. Una es no ser una sociedad hospitalaria y humanitaria, como fue la que nos recibió cuando llegué a este país. Y la otra es  caer en la tentación de crear un programa que, una vez más, cause separación familiar.

En los años siguientes a la Operación Pedro Pan, el Congreso de EE.UU. introdujo la reunificación familiar como uno de los cimientos de la política migratoria de EE.UU.

Ahora, debemos responder a esta ola migratoria de niños como si se tratara de una crisis humanitaria y como una oportunidad para ganarnos nuestro lugar en el mundo como un espacio seguro para aquellos que huyen de la violencia, la opresión y la pobreza, como los que estuvimos en  la ­Operación Pedro Pan.

Pero esta vez no separemos a los niños de sus familias.

Uno de los éxodos más dolorosos

La Operación Pedro Pan es uno de los éxodos más dolorosos en la historia contemporánea. Miles de padres cubanos, basados en informaciones falsas filtradas por ciertos sectores de la Iglesia Católica y la CIA, enviaron a sus hijos a Miami temiendo que el gobierno de Fidel Castro les iba a quitar la patria potestad. En  EE.UU. fueron albergados en refugios y casas de amigos o parientes, en espera de la llegada de sus padres. Sin embargo, poco después Cuba prohibió la emigración y muchos niños se quedaron sin sus padres.

Un caso célebre es el de Carlos Eire, profesor de la Universidad de Yale, que ganó un National Book Award con su libro “Waiting for Snow in Havana”. Eire nunca más vio a su padre, que no pudo salir de Cuba.

Profesora de la Universidad de Chicago y autora de un libro sobre la Operación Pedro Pan. Este texto fue publicado originalmente en Zocalo Public Square y en el Huffington Post. Se lo  tradujo del inglés y se lo publica con la autorización expresa de su autora.

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