El rey sol y su sombra absolutista

Ya han pasado 300 años de la muerte del monarca francés que dedicó su vida a un solo propósito: ¡controlarlo todo!



Alejandro Ribadeneira (O) 05 Septiembre 2015

Francia no sería Francia de no ser por el reinado de Luis XIV, su monarca más carismático, poderoso, controversial e influyente. El 1 de septiembre se cumplieron nada menos que 300 años de la muerte de Louis-Dieudonné, quien llegaría a ser conocido como ‘Rey Sol’, lo cual por sí solo delata la enorme egolatría que caracterizó a este monarca. Es que, si Carlos I y Alejandro fueron ‘Magnos’, pues Luis se dio modos para superar a esos famosos reyes: era la luz misma.

A pesar de que ya pasaron tres siglos, la luz (¿o la sombra?) de Luis XIV, nacido el 5 de septiembre de 1638, aún cae sobre nosotros. Pasó a la historia por la frase ‘El estado soy yo’, su derroche de glamour (el cual terminó generando un potente estilo cultural con el Palacio de Versalles como epicentro) y sus guerras. 

Estos tres ámbitos estaban interconectados y explican por qué un joven que perdía demasiado el tiempo en escoger su vestuario, muy puntilloso con los encajes de las mangas y los tacos de sus botas, terminó reinando ¡72 años y 4 meses! y elevó a Francia a potencia de primer orden. Con Luis, el francés pasó a ser la lengua franca de Europa.

Empecemos aclarando que no existen pruebas de que Luis dijera que el Estado era él. Los historiadores suponen que la cita fue en realidad un invento de sus enemigos, una leyenda para desacreditar a un rey con desmedido apetito de poder. Porque Luis lo devoró todo en pos del absolutismo, en parte porque estaba decidido a darle a Francia un lugar de privilegio en Europa (aunque confundiera a Francia con él mismo), en parte porque estaba supremamente convencido de su divino propósito. Después de todo, se llama Louis-Dieudonné, o sea, Luis ‘Dado por Dios’. 

Su carácter lo ayudaba para trabajar por esta meta. Era lo que hoy llamaríamos ‘trabajólico’ y sentía la necesidad no solo de ser un gran gobernante en lo administrativo o en lo militar,  sino también en lo religioso, lo artístico y lo personal. Quería controlarlo todo.
Más que un absolutismo monárquico, Luis XIV dio paso a un absolutismo estatal, burocrático, centralizado, en que cada funcionario, incluso el de las provincias más alejadas, actuaba en nombre del Rey. Para sorpresa general, mantuvo lejos del poder a los nobles y más bien dio paso a figuras de la burguesía

Nunca tuvo un Primer Ministro pero se rodeó de fieles y estupendos asesores que crearon dinastías de servidores públicos. Además, con Luis XIV los municipios decayeron en beneficio del centralismo real. Fortaleció una red de intendentes que velaba por la aplicación de la voluntad del Rey en todos los puntos del reino. Sí, el Estado era él.

Claro que a los nobles les dio otra cosa a cambio: placer. En un giro decisivo para unificar Francia (bretones, gascones, normandos y otros solo se unían para pelear contra los ingleses) Luis ordenó a los nobles feudales que dejaran sus castillos y se fueran a vivir al Palacio de Versalles, construido por el Rey para tener a todos los nobles controlados y, de paso, huir de la fetidez de París.

Versalles es su obra física emblemática. Luis buscaba un símbolo de su poder y optó por este complejo de tres palacios, hoteles, caballerizas, salones (El de los Espejos es célebre), 700 estancias, un parque de 800 hectáreas, 55 estanques y 300 hectáreas de bosque, entre otros lujos. Banquetes, diversiones y ostentaciones obligaban a los nobles a gastar y a depender del Rey.

En ese lugar Luis no solo que aplicó su dominio político y simbólico (el culto a la personalidad de Stalin es un chiste al lado de la veneración que impuso Luis a su imagen) sino que también lo convirtió en eje de sus ideas estéticas. Gran amante de las artes, fue un mecenas. 

Florecieron figuras como Corneille, Racine y Molière en el drama, Le Brun y Mignard en la pintura, Le Vau y Hardouin-Mansart en la arquitectura

Apareció al clasicismo francés, mezcla del virtuosismo arte italiano con el culto al despotismo. El Rey se dejaba retratar con todos sus lujos, sus sedas, sus botas, sus pelucas. Incluso con sus delicados disfraces con los que aparecía en las fiestas, de Marte, de Apolo, del Sol mismo. De ahí su apodo favorito. 

Pero no se crea que tanta exquisitez, que incluso se expresaba en las molduras de los muebles, era sinónimo de abulia. Luis también era un guerrero y muy peligroso. Derramó sangre en diversos conflictos, muchos provocados por él mismo. En unos ganó y en otros perdió. En varios él mismo estaba en el teatro de batalla, no solo posando para el pintor, sino dirigiendo, calculando, negociando. Exquisitamente vestido, eso sí.

Luis XIV nunca desatendió al Ejército, elemento clave de su tiranía. Al contrario, siempre trató con generosidad a los generales y logró que Francia contara con la mayor fuerza bélica de Europa, tanto terrestre como marina. Francia llegó a poseer la ‘Luisiana’ en América y Haití en el Caribe, y pasó a ser un imperio en regla. Casa adentro, el país vivía en permanente estado de guerra, el pretexto perfecto para los impuestos.

El conflicto más importante fue el de la Guerra de Sucesión española, en que logró imponer a un pariente suyo como Rey de España, un golpe maestro de la geopolítica que hasta hoy impacta. Los Borbones se instalaron en ese país y llevaron el estilo centralista francés a su Reino, el cual se contagió a las colonias americanas. El alma de Luis XIV está en cada trámite que hacemos. 

La importancia de Luis XIV es inconmensurable y controversial. Pero el destino le deparó un paradójico final: el Rey, amante de los perfumes, presentó una gangrena que comenzó en una pierna y que le generó una lenta y dolorosa agonía, en medio de una secreción maloliente por las úlceras de los tejidos destruidos. Pero quizás lo peor fue que hubo abucheos, insultos y burlas por parte del pueblo en el cortejo fúnebre, prueba final de que no se puede amar por decreto a ningún rey.

Rey sol de Francia
Rey sol de Francia
Retrato del pintor Hyacinthe Rigaud (1701)
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