La coherencia es lo más difícil de la misión

Lleva décadas luchando por los DD.HH. y en los últimos años Elsie Monge ha apoyado a quienes protestan por la minería; es su más reciente misión. Concepto que no solo entiende, sino que rige su vida.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 04 Julio 2015

El día pactado para esta entrevista, Elsie Monge tiene un resfrío de cuidado (cortesía del aire acondicionado a tope en un vuelo transatlántico). Igual, ella está alegre, bien trajeada y  luciendo unos coquetos aretes de lapislázuli, que le hacen juego con el suéter y con los ojos.

También combinan con esa serenidad que caracteriza a esta mujer a la que todos, o casi todos, llaman ‘Hermana’. Una serenidad que parece no abandonar nunca a la Hermana Elsie, que responde pausadamente, como escogiendo las palabras, a mis preguntas que tratan de deconstruir el concepto de ‘misión’. Pero lo realmente importante es que responde desde unas ideas que han logrado, a fuerza de consecuencia, hacerse carne en ella.

¿Todos tenemos una misión en la vida?
Depende de cómo se enfoca la palabra misión.

¿Cómo la enfoca usted?
La misión puede ser una facultad para hacer algo; o puede ser también una razón de ser. Entonces, creo que todos tenemos algo que hacer en la vida. En ese sentido, sí. Ahora, cuán conscientes estamos de eso y hacia dónde va esa línea…

¿Muchos aún estamos perdidos en definir cuál es la misión que nos toca?
Es que muchas veces no estamos conscientes de que lo que hacemos es parte de una misión; o no lo hacemos porque es nuestra misión, sino que es algo que se va desarrollando.

¿Cómo y cuándo usted se dio cuenta de la suya?
En mi caso, se fue construyendo, y para mi opción personal yo creo que todo el ambiente familiar pesa bastante. Porque era un ambiente familiar de inquietud social, de servicio. Mi abuela (María Elvira Campi de Yoder) fundó la Cruz Roja acá en Quito y yo me sentía muy identificada con ella porque era un personaje muy especial. Era como mi héroe, me motivó bastante.

¿Hay una fórmula para identificar nuestra misión?
Es que cada ser humano es un mundo. No creo que pueda haber una receta, pero yo regresaría más bien a los valores. Si soy una persona que quiere contribuir a mejorar la situación en la que vivo, por ejemplo, ahí voy descubriendo cómo lo puedo hacer o cuál es mi misión. También depende mucho de sus inclinaciones, de sus talentos, de su carácter, hay muchos factores que influyen. Pero yo creo que es eso: si yo pienso en ayudar a mejorar la situación en que vivo, creo que ahí voy viendo cuál es mi misión.

¿Qué es lo más difícil de la entrega a una causa?
Creo que lo más difícil es la coherencia. Porque uno puede expresar deseos o puede ver lo positivo de una causa, pero del dicho al hecho… Cómo se es consecuente con lo que uno dice, eso me parece que es difícil.

¿Y qué es lo fácil?
Bueno, por lo general, esto se decide en la juventud, ¿cierto? Entonces ese idealismo, esa generosidad, yo creo que eso es espontáneo.

¿Siempre será mejor hacer algo, aunque sea poco, a ­no hacer nada?
Desde luego que sí, porque los problemas son tan grandes. Muchas veces incluso uno piensa: ‘Bueno, lo que estoy haciendo hasta dónde realmente está cambiando algo’. Pero si no hacemos lo que estamos haciendo sería peor. Yo creo que todos podemos aportar, de diferentes maneras, un granito de arena; de una forma o de otra, todos podemos y debemos aportar. Este planeta es nuestra casa y claro que deberíamos de preocuparnos por tenerla lo mejor posible.

¿Quién es el misionero contemporáneo; podría hacer un identikit?
Pueden haber misioneros que no se llaman tales. Hay gente comprometida. Para mí, el compromiso con una causa es lo que da sentido a una vida. Una madre de familia también tiene una misión, porque qué duro es levantar una familia, esa es una misión y un desafío muy grande, especialmente en esas familias numerosas, yo no sé cómo la madre habrá hecho.

¿Y un periodista comprometido con la libertad de expresión es un ‘misionero’?
Sí, si es consecuente con los principios que pregona. Porque no va a ser fácil, va a haber muchas posibilidades de actuar distinto. Entonces, para mí una persona comprometida, que es consecuente, que es íntegra, está en una misión.

¿En este camino que usted ha hecho cuál ha sido, es, su mayor recompensa?
Yo siempre he estado trabajando con sectores populares, campesinos, indígenas y el hilo conductor ha sido la concienciación, que conozcan la realidad, que se puedan identificar como sujetos de derechos. Y que al ser sujetos de derechos se organicen para conquistarlos. Todos tenemos derechos, pero en el sistema en que vivimos unos pocos los pueden ejercer y los demás no. En el momento en que esas personas se empoderan de sus derechos y actúan organizadamente, para mí es lo máximo.

Y, en ese camino, ¿cuál ha sido su mayor decepción?
No sé si es decepción, pero sí es pesar que mucha gente que parecía que sí era coherente por ‘x’ o ‘y’ razón pues escuchó cantos de sirena.

¿En qué se nota cuando uno está realmente comprometido con una causa?
Ahí son las acciones las que tienen que determinar. Porque uno puede tener lindos pensamientos y mejores discursos o lo que sea, pero en los hechos se ve. Y no es fácil, porque es nadar contracorriente, y eso no es fácil. Si uno puede superar obstáculos y no desviarse de su propósito o de su compromiso entonces está en el camino.

¿Qué le impide al común de la gente entregarse a una misión, la que sea?
Hay varias posibilidades u obstáculos. Por lo general, si uno está comprometido con una causa tiene que incomodarse, es trabajoso. Y es más cómodo, más tranquilo -entre comillas- estar con los amigos, de vez en cuando hacer una cosita. Me acuerdo del libro de Erich Fromm, ‘El miedo a la libertad’; la libertad requiere de mucho valor. Y me acuerdo del epitafio: “Nada tengo, nada debo, nada ansío. Soy libre”. Entonces si eso es la libertad, es fuerte.

También puede ser por desconfianza; para qué luchar por los derechos humanos, por ejemplo, si la justicia igual no funciona; ¿cómo se combate esa desconfianza?
Eso le asalta a uno con frecuencia. Púchicas: ¿para qué? Yo creo que ahí hay que tener una visión política, pero en su más puro concepto, de que sí es posible. Si nos unimos y trabajamos y luchamos, sí es posible.

Tener fe en nuestras capacidades, ¿no?
Fe en nosotros y en los demás. Y, para mí, mi fe en el Cristo cósmico ha sido una fuente de fortaleza.

Después de haber visto todo lo que ha visto dígame, ¿cómo se persiste en el amor por ciertos prójimos, incluso a pesar de conocerlos?
He visto, incluso con personas en prisión, que todos tenemos algo de bueno. Y que eso pueda florecer depende desde la infancia si uno ha sido amado o no. Eso es lo que hace que eso bueno que tenemos todos florezca. Buscar en el otro eso que muchas veces es muy difícil de encontrar, pero que tiene que estar ahí.

Y hay que buscarlo amorosamente.
Claro, porque hay toda una teoría de que somos malos por naturaleza y yo no lo creo. Creo que más bien hay que buscar eso. Y, por otro lado, quién soy yo para juzgar. Si para mí es algo inaceptable, horroroso, también es humano.

¿Qué pasa, Elsie, cuando dejamos de pensar solo en nosotros mismos?
Es que esa es la clave para un mundo distinto. Son los intereses personales los que obstacu­lizan muchas veces causas justas, loables.

 

Elsie Monge

Nació en Quito en 1933;  creció en Guayaquil, hasta los 15 años, cuando se fue a estudiar a EE.UU. Empezó a estudiar Sociología y cuando ingresó a la comunidad religiosa Maryknoll cambió su titulación por una en Educación. Desde su regreso al país, en 1975, ha trabajado con sectores populares. Dirige la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos (Cedhu), de la que es parte desde 1981.

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