¿Qué pasó con la proclama del estado laico?

El papel de lo religioso en el ámbito público convoca a revisar el laicismo y su alcance como propuesta en la sociedad contemporánea.



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 04 Julio 2015

Algo ha cambiado, definitivamente, en un Gobierno que actualmente cita al máximo representante de la Iglesia Católica, cuando meses o años atrás usaba como mayor parabién las frases de Eloy Alfaro y la imagen de la Revolución Liberal para emocionar desde su discurso. Esta nueva actitud de un Gobierno, que también ha definido políticas de educación y salud sexual desde los valores de la moralidad cristiana, invita a repensar al Ecuador como Estado laico, en días de invitados del Vaticano.

La definición del papel que debe jugar lo religioso en la arena pública ha producido un conflicto permanente en la historia de Ecuador. De indígenas tutelados por párrocos pasó a expulsar jesuitas; luego a que obispos censuren libros, incidan en la educación, acepten o nieguen sociedades. Con la modernidad liberal, los alfaristas victoriosos declararon la separación de Iglesia y Estado, pero la Constitución de 1946 volvió a invocar a Dios.

La Constitución de la República del Ecuador del 2008, sello del proceso de Montecristi, no solo declara a Ecuador como Estado laico, sino que, además de invocar el nombre de Dios (¿cuál es el dios citado?), celebra a la Pacha Mama, declara su heredad en las luchas sociales de liberación frente a formas de dominación y colonialismo, y reafirma su compromiso con el sueño de Alfaro. Paradojas...

Y continúa el Art. 1: “El Ecuador es un Estado constitucional de derechos y justicia, social, democrático, soberano, independiente, unitario, intercultural, plurinacional y laico”.

Con la Constitución que nos rige en mano y tras lo visto en vallas y oído en cuñas durante los últimos días, surge el cuestionamiento entre los ciudadanos que dudan, razonan y exponen, que buscan la interpretación de nuestro alrededor no solo desde la ‘creencia’: ¿De qué forma la selección voluble de los pronunciamientos de Francisco para los discursos del poder garantiza que la ética laica sea sustento del quehacer público y del ordenamiento jurídico, como estipula la Carta Magna en sus páginas iniciales?

Al tratarse de una ley para todos -no solo para creyentes o adeptos a determinada religión- se precisa que ninguna deidad conste en tal Constitución. Caso contrario, ¿cómo se representaría el sentido laico, pluricultural e independiente, entre una sociedad que boga por la libertad de pensamiento, que trascienda la libertad de culto?

Que la mayoría profese el catolicismo no equivale -salvo bajo la lógica del “somos más, muchísimos más”- a una supremacía de esta religión por sobre otras o de un trato preferencial para sus representantes por sobre los de otra fe. “L’état chez lui, l’église chez elle”, así se expresaba Víctor Hugo.

Para Fernando Savater, la expresión más sencilla y comprensible del laicismo se halla en una de las máximas de la cristiandad,  expresada en los evangelios según Lucas y Marcos:

“Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. En sus tesis sobre la laicidad, el pensador español ha postulado, por ejemplo, que en la sociedad laica tienen acogida las creencias religiosas en cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que pueda imponerse a nadie; es decir, una visión tolerante e incompatible con el integrismo que tiende a convertir creencias personales en obligaciones sociales.

Asimismo, el pensador es­pañol considera que las religiones pueden decretar para orientar a sus creyentes qué conductas son pecado, pero no están facultadas para establecer qué debe o no ser considerado legalmente delito.

Ahora, los encontrones entre política y religión no solo son privilegio del Ecuador en estos días. Incluso se ha hablado de una crisis del laicismo dentro de las condiciones actuales de la sociedad global. Un ejemplo de los tiempos duros para el pensamiento laico se muestra con los ataques del extremismo islámico en suelo francés, donde la Revolución de 1789 acunó la laicidad como una construcción de la libertad.

En tierras galas, la más reciente novela de Michel Houellebecq, ‘Sumisión’, repasa también la incidencia del laicismo como una de las causas para el agotamiento de Europa y de su sistema socialdemócrata. Finalmente, ese islamismo que asume el poder en el libro del francés no es tan anticristiano como antilaico: con lo primero, por lo menos, los une una creencia; con lo otro los distancia todo un universo.

“Nuestro laicismo está pasado de moda”, ha dicho la historiadora Karen Armstrong, desde una posición en defensa de las religiones pero alejada de dogmas. Frente al activismo ateo, un laicismo que considera agresivo y los crecientes recelos contra el Islam, Armstrong defiende una visión comprensiva del hecho religioso y, sobre todo, de la tendencia humana a la búsqueda de la espiritualidad.

Otras reflexiones, dentro de la contemporaneidad, se han propuesto desde el ateísmo de Christopher Hitchens o Richard Dawkings, o con las controversias entre Umberto Eco y el cardenal Carlo María Martini o entre Habermas y Joseph Ratzinger. Todas estos debates (de por sí el laicismo es debate inagotable) levantados sobre el supuesto de que la religión -y la cultura- no están construidas con certezas, sino con búsquedas.

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