No odias profundamente si no amas

En este momento, Christoph Baumann tiene una obra en la Humboldt, pero además ya está leyendo textos con miras a otra pieza, y apenas le queda una hora exacta para conversar sobre el odio, y accede a hacerlo.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 05 Julio 2014

Apenas nos sentamos, Christoph Baumann me pregunta: “¿Por qué vamos a hablar del odio?”. Le contesto: “Por la atmósfera de polarización política que de unos años para acá se respira en cada rincón de esta patria”. Y antes de dejarme preguntarle nada hace una interesante disquisición sobre el odio aplicado al manejo político de una sociedad.

Así, entran en escena el sociólogo alemán Niklas Luhmann y su teoría de los ‘inelegibles’ (gente que es objeto de campañas de desprestigio y odio por parte del poder); o las razones que da el psicoanalista (también alemán) Erich Fromm para comprender de dónde nace el odio: de una ofensa grave a la dignidad o integridad física, y de un carácter odiador macerado en el resentimiento.

Pero sería demasiado obvio y repetitivo volver a plantearnos el odio desde ese punto harto conocido y que, tristemente, muchos hemos sentido o estamos sintiendo. Además, no parece la veta más adecuada para dos personas que conversan con las cabezas cubiertas por suéteres –a manera de sombreros improvisados– para protegerse del sol criminal del mediodía de Quito.

¿Hay motivos por los que esté perfectamente justificado odiar?
Veamos a Hamlet… A él le matan al padre y de pronto tienes un joven en ‘shock’ al que se le aparece su padre pidiéndole que lo vengue. Y tú no puedes vengarte si no odias. Es bien difícil vengarse sin el odio como motor. Lo interesante es que él duda y cuando tiene la oportunidad de matar y vengarse se hace preguntas acerca de la rueda del karma que va a poner en rotación si lo hace. Pero Shakespeare también tiene a Laertes, cuyo padre es igualmente asesinado, y se vuelve el ejemplo del odio puro, que solo piensa en matar a Hamlet; no duda nunca. Y al final, como él también muere, se da cuenta cómo todo lo que planificó se volvió contra él.

En algún punto, siempre pierde más el que odia, ¿no?
Hay un precio que pagar. Ahí está la tragedia del rey Lear, que expulsa a su hija Cordelia porque ella se negó a demostrarle su amor; la aniquila y al final termina cargando a su hija muerta. Todo su odio hacia ella terminó en eso; con él destruido también. El precio de odiar puede ser demasiado alto.

¿Pero necesitamos pequeñas dosis de odio para ser personas reales?
Yo creo que sí. Todas las emociones humanas son válidas, el odio también.

Además, no somos santos.
El amor no existiera si no hubiera el odio; son complementarios. Para mí, a nivel humano es válida toda emoción, lo importante es no quedarse en eso. Hay una regla: cualquier emoción que crece en ti y que está presente solo desaparece si la expresas. Si tú no la expresas, algo sigue en ti, contaminándote. A ver, todos los que vivimos en pareja hemos sentido...

Odio.
Sí. Siempre hay esa ambivalencia entre amar al otro locamente y al siguiente momento odiarlo profundamente, por lo que está haciendo o diciendo o porque no nos presta atención. El odio es un sentimiento humano válido. La cuestión es: ¿Lo expresas y estás abierto a que se vaya y se convierta en otra cosa o lo usas hostilmente?

Acabas de decir que lo contrario del odio es el amor, pero hay quienes creen que el opuesto del amor es la indiferencia; en este sentido, ¿el odio sería una forma perversa del amor?
No creo que la indiferencia sea lo opuesto al amor. La indiferencia es un estado medio. Si amar es una acción, que te lleva a querer unirte con el otro, a compenetrar pensamientos y todo, la acción opuesta es de rechazo, de querer el aniquilamiento del otro. Y como con el ying y el yang, los dos juegan juntos todo el tiempo.  Más bien hay que ver la profundidad del odio y del amor que hay dentro de ti y tratar de determinar cómo interactúan juntos. Tenemos que observarnos y en ese proceso, a veces, nos asustamos. Porque aquí hay otro punto que no hemos topado, que es el odio a uno mismo.

Que puede ser muy poderoso y destructivo, ¿cierto?
Sí, es esta actitud en la que te descalificas a ti mismo o eres, en ese caso sí, indiferente a tus propias necesidades vitales. O tienes tan altas las expectativas en relación con todo lo tuyo que nunca estás satisfecho contigo mismo. Y eso hace que tampoco aceptes a los otros.

¿Qué dicen de nosotros las cosas o la gente que odiamos? ¿Nos desnudan?
Yo creo que sí nos desnudan, porque como es tan intenso el sentimiento del odio, si tú lo expresas te dejas ver; el odio transparenta tus aversiones.

Y esas aversiones dejan ver que somos más parecidos de lo que quisiéramos a aquello que odiamos.
Yo creo que sí. Esta es la tragedia: somos bastante lo que odiamos. A pesar de que pensamos que lo que odiamos está lejos de nosotros, está más cerca de lo que pensamos; nos define.

¿Crees que es más fácil odiar que amar?
No sé si sea más fácil odiar. Tengo la sensación de que yo conozco más mis lados amorosos que mis lados odiadores. Para conocerte como odiador necesitas un gran trabajo personal, de aceptación de todos esos lados negativos. Entonces creo que es más fácil estar cerca de los lados amorosos y buenos de uno mismo. Pero también hay que ver cómo entiendes el amor, que no es un concepto solo de lo bello.

Ni de lo dulce y placentero.
Ajá. El amor es todo un camino de aceptación de uno, de los otros, que son muy diferentes a uno, para poder incluirlos, aceptarlos. Yo no puedo ver el amor en un rango pequeño. Es muy complejo. Por una obra de teatro que estoy leyendo ahora he llegado a la carta del apóstol Pablo a los Corintios y ahí está esa gran canción sobre el amor; es tan compleja y misteriosa en relación con qué tan lejos puede llegar el amor, porque él dice que el amor es paciente…

Que todo lo perdona.
Sí, y un montón de cosas más. Ahí hay que poner una pausa y preguntarse: ¿Yo soy capaz de todo eso? Y si lo vemos como un camino, amor y odio van enlazados, porque no puedes amar profundamente si no reconoces tu lado odiador también. Y a la vez, no odias profundamente si no amas.

¿Será cierto que nada une más a las personas que un odio en común?
Chuta, sí, y es muy poderoso. Ahorita en el fútbol lo puedes ver. Cuando Arroyo no pateó bien, ¿viste cómo en Twitter toda la comunidad empezó a descalificarle, a atacarle?

¿Qué otras cosas podemos hacer en lugar de estar dedicados a odiar?
Creo que no podemos más que pasar por el odio. No se puede hacer algo en vez de… sino más bien sentir esta emoción que te llena de venganza, de rechazo y darte cuenta qué pasa adentro tuyo, para no ser siempre una presa inconsciente de tus emociones. A medida que como seres humanos maduramos tenemos también la posibilidad de no ser presas fáciles e inconscientes del odio. Cuando alguien incita tu odio, con campañas, por ejemplo, hay que saber darse cuenta de lo que le pasa a uno y preguntarse cómo va a lidiar con eso para convertirlo en otra cosa.

Christoph Baumann
Christoph Baumann
Kempen, Alemania, 1954. Estudió Ciencias de la Religión, Filosofía, Ciencias Teatrales y Germánicas; y luego, Teatro en Alemania y en Francia. Llegó a Ecuador en 1984 y desde entonces vive aquí, donde tiene una familia y una carrera teatral. Es uno d

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