Los animales son nuestros dobles

Tratar a las mascotas como personas no es una excentricidad para Nelson Román. Este artista cree que amar a los animales, por encima de muchas cosas, es recuperar nuestra esencia.



Carlos Rojas A. Editor 06 Diciembre 2014

Nelson Román
Latacunga (1945). Se formó  en la Escuela de Bellas Artes de Quito; en Niza y Marsella (Francia). Colaboró con un antropólogo brasileño, un maestro madrileño y un escultor catalán en una investigación estética sobre el arte prehispánico ecuatoriano. Su trabajo se inspiró en temas de cultura popular y mitrología precolombina, donde lo animal adquiere gran presencia.

¿Le conmovió la historia de Arthur, ese perro de la calle que se convierte en mascota de primer mundo?
Tuvo la suerte de encontrarse con ciudadanos suecos, educados. Pero la verdad es que los seres humanos tenemos un doble animal, que es muy importante que se manifieste. Eso está claro en la cultura náhuatl, de México. La sabiduría ancestral de esta gran civilización pudo captar la relación entre el hombre y la naturaleza. Ahí aparece el sentido del doble. Pero el ser humano de hoy -citadino- se ha alejado de la naturaleza.

La Biblia dice que Dios creó a los animales y al hombre para que este mandara sobre las bestias. ¿No hemos cumplido al pie de la letra con esa consigna?
Respeto mucho lo de la Biblia, pero debemos ser más amplios en el concepto. Yo creo en la presencia del animal que está en todo el arte prehispánico. Esa parte antropozoomorfa, como dice la cultura náhuatl, es el doble. Y hablar de los animales como nuestros dobles, tiene algún sentido.

¿Lo correcto es que un  hombre interprete su vida en función de los símbolos que nos dan los animales?
Sí, exactamente...

¿Y qué pasa ahora cuando es al perro al que le ponemos vestiditos de niña y botitas para pasearlo en un bolso y darle helado en el hocico como si fuese un bebé?
Estamos haciendo más humano al animalito.

Pero es una visión totalmente contraria a la prehispánica que usted defiende.
Yo planteo que nos volvamos más animales, el animalito debería transformarnos, porque ellos nos adoptan desde que son pequeñitos. En Cali, quien cuida a la cría de los cóndores debe manipular el huevo usando unos guantes que simulan una cabeza de esa especie. Entonces, el cóndor pequeñito sale del cascarón teniendo la primera visión de un ser similar a él. Caso contrario, va a pensar que ese ser humano es su padre o su madre.

¿En esta relación el animal ve al hombre como si fuera un animal?
Debería ser así.

En cambio, el hombre moderno ve a su  mascota como si fuera un ser humano.
Ese es el sentido de paternidad que le estamos dando.

¿Por qué pasa eso hoy?
Bueno, ha pasado siempre, pero ahora con mayor frecuencia. El ser humano de las ciudades grandes ha empezado a aislarse, a tener una vida más solitaria y la mascota se convierte en el compañero de su vida cotidiana. Es algo tan fuerte, pero al mismo tiempo no llegamos a apercibir la magnitud de esa magia y la tomamos como un asunto superficial. Profundizando en la parte psíquica del ser humano, surge esa necesidad inconsciente de tener esa compañía.

La mascota es un elemento para llenar el vacío de una sociedad vertiginosa….
No es un elemento, es un ser al que poco a poco empezamos   a darle el valor que corresponde. Hay personas que se están dedicando a recoger a los perros callejeros. En Europa yo veía que la gente  abandonaba  a su perro o su gato cuando se iba de vacaciones, porque no había quién lo cuidara. Todo este abandono es el que sufrió Arthur. Los animales merecen que se les cuide y proteja. Hay la historia del animalito que va continuamente al lugar donde fue sepultado su amo. Ese sentido de fidelidad es que el surge cuando los seres humanos estamos desconcertados y desilusionados por nuestro prójimo, por eso es común oír: ‘no, yo prefiero al animal porque es fiel conmigo; él está conmigo siempre’.

¿Qué sociedad estamos construyendo donde la mascota reemplaza al amigo-humano, al hijo-humano, al compañero-humano?
Hay un proceso de concienciación con respecto al animal y esa es una forma de acercarse  a lo que por siempre fue su hábitat: la naturaleza y no el cemento. Este proceso revaloriza la relación hombre-animal. Claro que el animal termina acoplándose al tipo de vida del ser humano.

¿No estamos locos cuando, como personas, damos  nuestro amor a un animal  y no a un humano? A veces somos muy hostiles con el prójimo, pero tremendamente sensibles con una mascota...

Los noticieros reportaron que tras el fallecimiento del cómico Robin Williams, el gorila con el que llegó a desarrollar una relación cercana lloró. Más que entender el significado de la muerte, entendió que él no le iba a ver más. Cuando usted ve una persona hostil es porque le pasa algo y esos problemas le harán rechazar a su semejante y también a los animales.

¿Cuando usted pinta animales se vuelve animal? ¿Encuentra su esencia?
Simbólicamente y psicológicamente estoy representando algo. He trabajado en esa parte humana y en esa parte animal, lo que le ha dado mucho sentido a mi obra de las máscaras. Es decir, buscar mucha más profundidad en el ser humano. Ahora viajo mucho al noroccidente, a Mindo. Esa zona tiene un ecosistema fabuloso para desarrollar una nueva percepción visual del cosmos que nos rodea: el bichito que está en una rama mimetizado, o el tucán en el árbol. Es una riqueza extraordinaria en formas y colores que quienes estamos en la ciudad no percibimos.

Empezó interpretando la fuerza que tiene el animal en nuestra cosmovisión. ¿Ha evolucionado su concepto?
Sí. Cuando yo empecé, en la década del 2000, con la propuesta plástica ‘Naturalismo integral’, me enfoqué en esa idea de la totalidad, como parte humana y parte de la naturaleza. He procesado todas estas experiencias. Ahora estoy trabajando con material orgánico, con los restos a lo mejor de una ranita disecada, con las alas de las mariposas, de un insecto, o con la apariencia o la piel de un esquilo. Todos esos elementos para mí son importantes y armarlos es una hermosa y gran aventura. Al inicio, ese cosmos no me aceptaba porque yo regresaba masacrado por las picaduras de los insectos. Ahora no tengo ese problema, porque ese cosmos ya me aceptó como yo hice con él. Todo esto es un proceso también de reflexión  que me permite decir que la tarántula, la araña, el bichito tal, todo insecto, son los seres más pintorescos y hermosos. Los de mayor color  son los más venenosos, pero ese encanto hace que el humano tenga un gran placer visual.

 ¿Usted ama a los animales en sus pinturas, más que a los de carne y hueso?
(Risas) Lo que busco es una especie de meditación para tener armonía. Esa es la meta.

¿Los animales de su creación son diferentes a los animales de la naturaleza?
 Sí, porque yo no trato de ser tan realista, sino de contar algo más. Cada uno puede percibir y entender ese proceso de cambio y mutación permanente en la naturaleza. Eso me interesa.

¿Al alejarse del realismo, el animal de su obra plástica adquiere el carácter de mascota o de pertenencia?  Algo similar a aquella persona que a su perrito le hace una cama, le pone ropa y le habla en un lenguaje extraño.
Trato más bien de tener una participación en algo que me es desconocido. No hace mucho  compré nuevamente el libro de Kafka, ‘La metamorfosis’, una obra psicológica genial, con la fuerza extraordinaria de poder crear ese tipo de personajes desde una observación más aguda. Yo busco esa percepción visual diferente.

 ¿Cuál es el animal que más se parece al ser humano?
Pues, el ser humano (risas).

 ¿Porque somos animales?   
Sí.

¿Acaso la tecnología no nos ha quitado esa esencia?
 No, felizmente.

 ¿Qué es ser animal: instintos, el deseo de comer, de protegernos, de defender a nuestras crías?
Por la tecnología, un niño de 3 años puede utilizar el teléfono y manejar una computadora. Pero no podemos perder esa parte animal que nos permite que un cuadro sea elaborado de una manera manual; poner un lápiz sobre el papel y dibujar sobre esa superficie para que queden ligados a lo psíquico, lo espiritual y lo inteligente. Esto no es lo mismo que con el dedo índice  jugar en una superficie muy suave como la pantalla de una computadora. El ser humano debe cuidar muchísimo esa diferencia. Me quedo con la de la raíz misma de la naturaleza.

¿Tenemos una máscara de animal o el animal tiene una máscara humana?
Yo tengo una obra que llamo ‘América Latina’ o ‘El Dorado’. Son varios cuadros con grandes rostros antropomorfos: jaguar-humano, águila-humano,  serpiente-humano. Las grandes civilizaciones de América decían que ese doble animal era un producto de las características similares compartidas con los humanos, sobre todo asociadas con la parte psíquica.

 

 

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