El mediador que vino a reinar en Quito

El culto al Divino Niño, nacido en Bogotá, se ha popularizado enormemente en Quito. Los estratos medios y en ascenso de la sociedad han visto en él una figura mucho más cercana a otras más tradicionales del catolicismo.



Santiago Cabrera 06 Diciembre 2014

Esta es la historia de un Niño poderoso salido de la imaginación (¿revelación?) del padre Juan del Rizzo y de las manos de un imaginero bogotano, más por necesidad que por devoción, cuando la orden carmelita prohibió al religioso utilizar la imagen del Niño Jesús de Praga para levantar limosnas. Casi lo mismo que decir que le reclamaron el no tener copyright. Hubo que inventar un ícono propio a base de adaptaciones, cambios y borrones sobre modelos de otros niños Dios. Y así nació el Divino Niño.

El consumo religioso del Divino Niño en Quito muestra una devoción en ascenso propia de los sectores populares y medios, cuyas aspiraciones sociales y de mejora en su calidad de vida encuentran en la imagen una manera de hacer expresos aquellos anhelos.

Es una devoción arraigada entre comerciantes, dueños de taxis, peluquerías, talleres y negocios, choferes y propietarios de buses, familiares de emigrantes y policías. Sectores sociales donde los valores familiares y comunitarios están radicados en el trabajo como forma de alcanzar un mejor estatus social y hacerse lugar entre los sectores medios. El Divino Niño constituye uno de los objetos culturales a través de los cuales se negocian tales aspiraciones.

¿De quién es?

El Divino Niño es de todos, ya que se inscribe dentro de una tradición iconográfica cuya comprensión no necesita complejas interpretaciones teológicas. Es una imagen libre de cualquier mediación religiosa. Su presencia solitaria, sin la compañía de la Virgen o de atributos premonitorios que anticipen su futura inmolación (como el Niño de la Predestinación) o portadora de elementos y tradiciones alejadas de la experiencia popular y ligadas más bien a la riqueza y al poder (como el Niño Jesús de Praga) la convierten accesible, que materializa los anhelos, las luchas y las aspiraciones populares más diversas.

Es un ícono flexible que puede abarcar muchos sentidos a la vez, experiencias, aspiraciones y necesidades; mediar en distintas demandas sociales, transmitir conocimientos y expresar incluso malestares ciudadanos.

Su consumo no es problemático y materializa la promoción de valores como la solidaridad entre grupos sociales jóvenes, en contrapunto con referentes iconográficos patriarcales cuyos valores considerados como tradicionales y promovidos en otras devociones (El Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen de la Merced, entre otras) que pertenecen al mundo de los viejos”, de la gente mayor. Un ícono nuevo para una generación menos doliente y más festiva.

Como es el Hijo de Dios se convierte en un tramitador eficaz de los favores divinos: está más cerca de Dios que otras figuras como Hermano Gregorio, San Judas Tadeo, San Roque, la Virgen Borradora o Santa Rita de Casia.

Tiene más palanca que ellos y se basta por sí solo para devolver a los jóvenes descarriados al buen camino, proteger a los pasajeros de un autobús destartalado, tapar los penales con un arquero devoto en cualquier final de campeonato futbolístico o salir de su urna de cristal en mitad de un incendio, para ayudar a los bomberos a controlar el fuego.

Combates sagrados

Una mirada atenta del consumo cultural de esta devoción nos revela los mecanismos de funcionamiento de la religiosidad popular urbana. Se trata de un escenario de negociación forzosa entre los devotos y los oficiantes, entre lo que la religión establece como ritual y lo que los usuarios de ese mismo culto exigen de aquel. Tal vez allí resida precisamente el valor de la religiosidad popular, en su movilidad, sus desplazamientos y en las negociaciones que supone el consumo de la fe.

Sobre una pared blanca alguna mano anónima pintó la imagen del Divino Niño con la cara del candidato presidencial que hizo su campaña subido en tarimas, blandiendo la Biblia, repartiendo computadoras, sillas de ruedas, dinero y camisetas. Haciendo sanaciones. A los pies de la imagen la promesa escatológica “Yo reinaré” fue leída más como una pretensión de niño rico. Aun cuando terminó la campaña presidencial y el candidato perdió los comicios, el grafiti se mantuvo soberbio por casi cinco meses. Más tarde, otra mano anónima borró la cara del personaje. En la pared quedó un Divino Niño sin rostro que aún proclama: “Yo reinaré”.

Los santuarios del Divino Niño en Quito juegan un papel fundamental en la promoción de su culto y en la urdimbre de un tejido social basado en la participación familiar de sus feligreses, la identidad religiosa y la solidaridad barrial. Existen dos: uno en Cotocollao y otro en La Ofelia.

Pero sus altares en iglesias más antiguas y capillas recién hechas, o su efigie en calcomanías, llaveros, estampitas y telenovelas se multiplica cada vez, dando valía al carisma de la imagen nacida en el bogotano barrio del 20 de julio: “El Divino Niño está en todo lugar.”

Se establece, además, un vínculo metonímico entre el consumidor y el ícono basado en sentimientos como la ternura y la confianza, factores que afirman valores como la solidaridad, el trabajo y la esperanza por hacerse un justo espacio a nivel social. Por eso es “El amigo que nunca falla”.

Así las cosas, la religiosidad popular puede ser vista como un espacio de apropiación y de lucha por el sentido donde se ponen en juego las estrategias del orden social dominante y las tácticas de los sectores populares expresadas en los usos de las devociones y sus imágenes. El uso de una imagen como la del Divino Niño por parte de sus devotos y feligreses es divergente a los sentidos asignados por la religión oficial que instituye un culto, señala un lugar e impone una liturgia.

Santiago Cabrera es investigador en el Área de Historia de esa universidad. Este texto es parte de su estudio sobre el tema.

 

 

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