¿Cuerpos desechables?

La repuesta de la sociedad ante las muertes de Karina del Pozo y de Sharon sigue siendo un precedente peligroso para el futuro



María Amelia Viteri (O)* 07 Marzo 2015

A  dos años del asesinato de Karina del Pozo muere Sharon, hechos que pueden ser evitables. Tanto Karina del Pozo ­como Sharon comparten su condición de género como mujeres y la forma en que ­murieron: la primera por femicidio y la segunda por presunto femicidio, co­metidos por personas pró­ximas. Sin embargo toman diferentes matices.  

En el caso de Karina, el principal homicida era un antiguo conocido a quien no había visto hace algunos años, quien decide violarla y matarla con la complicidad de dos amigos; en el caso de Sharon presuntamente su novio y mánager habría habilitado su muerte, que termina en atropellamiento.  Sharon vivía en una relación de violencia de género mediada por su perfil de mujer que alcanza éxito nacional e internacional en el ámbito de la tecnocumbia. ¿Cómo reaccionan los medios y la población en las redes sociales y en las conversaciones informales frente a estos hechos?

La atención se sitúa no en la violencia intrafamiliar que sufría Sharon ni en lo evitable de su muerte, sino en su estética “sensual”, para algunos “vulgar”,  que la catalogaba como la mujer más deseada o sexi del Ecuador, entre 1999 y el 2007.

También se hicieron virales los comentarios que vienen de la construcción de un sentido común estigmatizador, proveniente de la necesidad de evitar el maltrato, el abuso, la violación y el asesinato solo a través de los intentos por reducir estos hechos finales de violencia y no a mejorar la calidad social del ciclo de vida; así como también a culpabilizarlas mediante el uso de ciertos prototipos machistas, concebidos como hechos causales de la violen­cia: “¿A esas horas fuera de casa?” “¿Para qué se visten ‘provocativamente’?” “¿Por qué consumen alcohol?” “¿Por qué iba en el mismo carro con su pareja si tenía una boleta de auxilio que buscaba protegerla, sin que produzca el efecto deseado de evitar su muerte, mostrando la ineficiencia de la medida asumida burocráticamente?”.

Allí se debe resaltar una situación adicional: este falso agenciamiento es irónicamente resaltado de la culpabilización social y de la revictimización institucional, que no garantizan su derecho a la vida sin violencia sino que en muchos casos tienden a reproducirla bajo nuevas formas. Ese mismo énfasis en el aparente agenciar de las mujeres, por ejemplo, no se aplica sobre sus cuerpos en términos de decidir si se casan o emparejan y cuándo, decidir si se embarazan o no, decidir si continúan o no con un embarazo, por nombrar algunos que marcan el cuerpo y la subjetividad para siempre.

En estos casos, más que buscar “darles decidiendo o haciendo” lo que se debe construir son instituciones que garanticen la convivencia de género equitativa desde el Estado, la familia, el grupo religioso y/o espiritual, la institución educativa, los medios de comunicación y todos en conjunto.

Leyendo entre líneas la respuesta general ante estos casos y otros como los de Gaby Díaz, Vanesa Landinez o Leslie Rosero se llega a la absurda conclusión: se buscaron su propia muerte por no quedarse en casa, por no separarse de la pareja que la golpeaba, por ser huérfana, por vestirse de una forma provocativa, por ser tecnocumbiera, por ser modelo; es decir, por no ser lo que la sociedad conservadora dictamina como “mujer decente”, “mujer de casa”.

Estas características en conjunto no solo no resuelven los problemas de violencia de género, sino que las mujeres terminan con una sanción cultural en una sociedad altamente desigual y con una definición de cuáles cuerpos son más desechables que otros.  Los estereotipos y la forma en la que nos pensamos son bastante más influyentes de lo que concebimos: crean realidades al sancionar, regular, controlar y silenciar de manera literal y figurativa a los cuerpos.

Hablar de violencia en el marco de nuevos casos de muertes evitables de mujeres suele ser “cansón” para muchos y muchas:  el nudo es que no hay cambios significativos en el imaginario cultural, mientras sí los hay en la legislación, en las oportunidades de acceso a ciertos puestos de toma de decisiones, aunque los mismos pueden ser más para figurar que para actuar.  

Muchos de las y los lectores argumentarán que hay cambios en la distribución de roles tradicionales de género: los hombres “ayudan” más (o algo) en casa, las mujeres son las principales proveedoras del hogar, existe mayor movilidad social para las mujeres de la capital. Efectivamente. Estos cambios, sin embargo, no se han traducido en menos violencia de género, sino que las mismas van en aumento.  Allí es cuando hay que parar un momento a mirar con qué ideas crecen nuestros niños, niñas y jóvenes y de dónde han salido dichas ideas.  Cómo esas mismas ideas se pueden convertir en hechos reales de violencia. Por ejemplo, la “broma” de un joven en un colegio de “pensar cómo matar a una mujer” ¿es realmente una broma o puede convertirse en otra Karina, Sharon, Gaby, Leslie, Vanessa, a futuro?

La displicencia hacia cuerpos marcados por género y, a su vez, por una edad, una clase social, una etnicidad es violencia. Lo dicho complementado por la “cabeza colonial” que opera en estas divisiones desde hombres y mujeres, feministas y no feministas, intelectuales y no intelectuales, de izquierda y de derecha continúa perpertuando y reproduciendo estas mismas violencias.  Seguir trazando diferencias entre grupos de población para escudarlos de estas discusiones latentes es inútil. Asumir la responsabilidad de cada uno  en habilitar, producir y perpetuar estas violencias sería no solo productivo sino necesario.  Reconocer que las formas de violencia empiezan a desarrollarse tempranamente, en las niñas y niños sería también productivo. Lavarse las
manos para dejar a cargo esta responsabilidad como única para otros, como el Gobierno, la política pública, la academia y/o grupos de reivindicación de género, sería una irresponsabilidad.  

Pues unos y otros reproducen y reproducimos de diferentes maneras aquellas violencias que discursivamente confrontamos.  Mirar en este 8 de marzo introspectiva e individualmente cómo formamos parte de estas violencias y cómo las alimentamos, de maneras sutiles y no tan sutiles, podría ser hasta reivindicador. He visibilizado la forma en la que los cuerpos de mujeres como los de Karina, Sharon, Leslie, Vanessa, Gaby y tantas otras fueron desechados, no únicamente por sus asesinos directa o indirectamente sino por una significativa franja de la población que las categorizó, junto con sus victimarios, de cuerpos desechables: muerte por infringir las normas tradicionales asignadas de género, ¿hasta cuándo?

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