Nunca olvidamos, lo que hay es memoria selectiva

Recién aterrizado en Quito, luego de unos días de descanso en la Costa, Édgar Freire deja por una mañana sus libros y sus columnas sobre libros, para conversar sobre el olvido, tan buscado o tan temido



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 07 Noviembre 2015

Édgar Freire Rubio casi que no necesita presentación para al menos tres generaciones dehabitantes de Quito. Su nombre es sinónimo de librero, de hombre culto; o sea, de una especie en extinción.  Y con él, que a través de los libros es  un cultor de la memoria, el olvido se vuelve un tema obligatorio. Sobre todo ahora, que los nuevos reyes del mambo, esos agoreros 2.0, vaticinan el fin del libro, de las librerías y de los libreros; testimonios de un mundo que fue, y que, dicen ellos, más tarde o más temprano quedarán en el olvido, si acaso como una entrada de Wikipedia.


¿Cuándo no es triste ni malo el olvido?


Cuando la memoria hace un fiel de la balanza y con esa cosa que llamamos conciencia evaluamos si todo lo que hemos hecho en relación con los demás lo hemos hecho bien o mal.


¿O sea que una vez que uno ya ha hecho esta evaluación pueden echar al olvido ciertas cosas?


Nunca olvidamos. Lo que puede haber es una memoria selectiva, que nos permite sobrevivir porque hay memorias crueles que nos pueden hacer caer en depresiones, en angustias, en ansiedades.


Es sano olvidar, también.


Es sano. Pero yo creo que no existe el olvido. Mientras no nos caiga el mal de alzhéimer, el olvido es imposible. Yo por lo menos no olvido nada desde que tengo uso de razón.


Decimos: te voy a olvidar, como si dijésemos: te voy a dejar de querer. ¿Qué tienen que ver amor y memoria?


Esto es fundamental. Yo creo que la memoria hace pervivir el sentimiento del amor, que es una palabra demasiado manida, muy manoseada. Eso de “te voy a olvidar”, es más una amenaza sentimental. No creo mucho que sea así…


Mientras más nos proponemos olvidar, ¿menos olvidamos?


Indudablemente.Porque estamos acordándonos permanentemente de que tenemos que olvidar.
Por supuesto. Lo que podemos hacer es amortiguar y apaciguar ese sentimiento, a lo mejor es solo un clímax amoroso que luego de un tiempo comienza a apagarse.


¿El olvido termina por tragárselo todo? ¿O esa es una visión muy pesimista?


Es muy pesimista. Y este es un tema muy lindo para un psiquiatra. Yo creo que entre los libros más hermosos que he leído en mi vida, está ‘El olvido que seremos’ (de Héctor Abad Faciolince). Y hay una novela preciosa de Manuel Delibes que se llama ‘Cinco horas con Mario’; son las cinco horas de un duelo. Ella está sentada mientras vela a su esposo que acaba de morir. Y se produce un monólogo en el que ella le recrimina todas las cosas a Mario. Esto nos da una idea de que cuando alguien fenece la memoria se aviva y recoge todo rescoldo de la existencia.


¿Cree que, como dice Abad Faciolince en su libro, ya somos el olvido que seremos?


Es un bonito verso, creo que de Borges… aunque él (Abad Faciolince)  hizo un libro en el que aclara el asunto, pero queda la impresión de que fuera un verso de Borges. ¿Qué seremos nosotros? Yo creo que en fondo hay un trasunto religioso en todo esto, porque en los seres humanos hay un sentido de inmortalidad. Todos queremos sobrevivir; los que escribimos y los que tenemos hijos queremos seguir vivos a través de la herencia que dejamos. Y creo que los grandes criminales, el que mató a John Lennon o los que cometieron grandes crímenes políticos, en el fondo querían sobrevivir a la mediocridad de su existencia. Ahí están los textos de García Márquez; él decía que todo lo que escribió fue para que lo amaran un poquito más. Y en el fondo fue para que no nos olvidemos de él; y está vivo enteramente.


¿Qué nos pasa si no nos resignamos a ser olvidados? Porque vamos a ser olvidados, y en 3 000 años si sigue existiendo este planeta seguramente ni García Márquez existirá más.


Por supuesto. Yo tengo una idea borgeana: después de muertos no somos nada. No creo en la resurrección, el rato que nos morimos es el acabose total, y el cielo y el infierno están aquí mismo. Todas las penas, todas las alegrías son las que nos merecemos.


¿Es  inútil este afán de crear cosas para la posteridad?


Claro. Todos los que en la Antigüedad se enterraron con todos sus enseres y sus esposas, lo hicieron por una excesiva necesidad de perennidad; pero todo el mundo en el fondo vive en ese consuelo de la eternidad y de no ser olvidados. Esto es enteramente religioso, es nuestra incapacidad de racionalizar que no somos nada.


¿La necesidad de no ser olvidados es irracional?


Creo que sí, porque racionalmente, con la psicología, la filosofía y la biología podríamos decir que no somos nada ahora ni tampoco cuando muramos. Somos polvo de estrellas.


Por otro lado, hay gente que se niega a olvidar.


Hay una necedad, un autoflagelamiento, en esto de no querer olvidar.


Saliendo de la psiquis, ¿qué del mundo que usted conoció ha quedado o está quedando en el olvido?


El sentido de comunidad. Yo vengo de un hogar sencillo y viví en un barrio pobre como San Roque. En la casa donde viví había, además del dueño de casa, unos diez inquilinos, y había un sentido de comunidad que marcó mi vida. En mi familia hay una herencia de algo que hoy hemos dejado de ser: generosos y solidarios.


¿Qué quisiera olvidar para siempre y automáticamente?


Los días de las muertes de mi padre, de mi madre y de mi hermano, porque fueron los momentos más dolorosos de mi vida; quisiera olvidar el momento en que tuve que salir de la última librería en la que trabajé. Qué más… qué difícil decidir qué olvidar, porque yo siempre quiero recordar.


¿Y algo que no quisiera olvidar nunca?


El haber sido amado.

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