Un romance como para una película de Hollywood

En 1823 se comprometieron y cinco años más tarde se casaron por poder. Solo año después consumaron el matrimonio.



Roberto Aspiazu Estrada. Empresario y comunicador. Se dedica a la investigación histórica. 07 Febrero 2015

Fue un romance al estilo de Hollywood cuando aún no existía esa ‘fábrica de sueños’. El Romanticismo europeo aún no llegaba, pero el flechazo del ­héroe venezolano y la aristócrata quiteña no tardaría en inflamar la imaginación de sus contemporáneos.

A las pocas horas de la Batalla de Pichincha, el 24 de Mayo 1822, ambos jóvenes- él de 27, ella de 17 años- cruzaron sus miradas por primera vez. Sucre formaba sus tropas victoriosas en la plaza de Santo Domingo cuando se sintió observado por una mujer con capucha. No tardó en averiguar que se trataba de Mariana Carcelén y Larrea, hija del Marqués de Solanda y de Villarocha, que había procurado refugio en el convento junto a su madre y hermanas, en prevención de desmanes de la soldadesca. Luego de saludar y cruzar frases de cortesía con la atractiva doncella, le dio plenas seguridades de que la familia podía volver segura a casa. Las responsabilidades de organización del nuevo territorio impidieron que Sucre, como Intendente del Departamento de Quito, dedicara más tiempo al cortejo.

Empero, los fines de semana alternaba visitas a las haciendas La Delicia, en Cotocollao, y El Deán en el oriente de la ciudad, para disfrutar de paseos a caballo con Mariana bajo el azul intenso del cielo quiteño.

El marqués cuyo nombre completo era Felipe Carcelén de Guevara y Sánchez de Orellana, no ocultaba su satisfacción por el galanteo. Trataba al Mariscal de 'pariente', a cuenta de un lejano vínculo familiar.  

Y sin mucho rodeo hizo saber a Sucre de su beneplácito ante un eventual compromiso, destacando el mayorazgo de su hija, que heredaría el patrimonio de dos marquesados que incluían haciendas y obrajes, a más de una importante cuenta de banco en Europa.

El 16 de junio, a 22 días de la Batalla, el Libertador Simón Bolívar hizo su entrada triunfal a la Plaza Grande de Quito, donde por coincidencia quedó prendado de otra quiteña, Manuela Sáenz. Así, ambos héroes compartían el destino de encontrar en la ciudad sendos amores que les brindarían ­momentos de solaz en un tiempo épico de guerra, intrigas y traiciones.

Después del festejo, Bolívar se dirigió a Guayaquil para asegurar su adhesión a la Gran Colombia y celebrar la histórica entrevista con San Martín, que definiría los términos de la independencia del Perú. Entretanto, Sucre siguió ocupado en la gestión burocrática que tanto le contrariaba por considerarla reñida con su genio y dotes de estratega militar.

En marzo de 1823 recibió instrucciones de desplazarse al Puerto Principal, a fin de asumir el mando de la fuerza expedicionaria que se dirigía al sur. Antes de partir se comprometió en matrimonio con la marquesa, bajo la palabra de que se formalizaría apenas las circunstancias lo permitieran.

Se cubriría de gloria en la Batalla de Ayacucho en diciembre de 1824, el culmen de la Independencia regional; en reconocimiento, el Congreso del Perú le concedió el título de Gran Mariscal. Enseguida se trasladó al Alto Perú con el encargo de proclamar una nueva República, que en agradecimiento adoptó el nombre de Bolivia designándolo Presidente.

Pese a los honores, su espí­ritu no conseguía satisfacción a la espera de librarse del rol de estadista  a fin de retornar a los brazos de su amada. La activa correspondencia epistolar con Mariana a través de su apo­derado en Quito, general Vicente Aguirre, no hacía sino agitar su desazón.

Cansado y desilusionado, sabiendo que el término de su misión estaba próximo, sintiéndose ya no un héroe sino un intruso, envió un poder a Aguirre para formalizar la boda, ceremonia que se cumplió el 20 de abril de 1828. Premonitorio porque dos días antes fue objeto de un atentado criminal en Chuquisaca; una bala atravesó el antebrazo derecho del Presidente, que se limitó a exclamar: “¡Ah! Lo que no me había sucedido en toda la guerra de Independencia”.

Agravando su precariedad política, se produjo la invasión del general Agustín Gamarra, un malqueriente por no estar en el parte de la Batalla
de Ayacucho, que pretendía la anexión de Bolivia al Perú. Ante la caótica situación -y llegando a caer prisionero- tuvo que negociar su renuncia, lo cual allanó el tan esperado retorno.

Estuvo de vuelta en Quito en septiembre. Se acomodó en una casa de los Solanda que había sido rehabilitada con el dinero y los planos que él mismo envió a Aguirre (actual museo en las calles Venezuela y Sucre). Fue una dicha reencontrarse con Mariana en condición de esposa para consumar el matrimonio sin nuevas dilatorias; ¡habían esperado cinco años y medio!

No tardó en darse cuenta que la fortuna familiar había venido a menos. El marqués había fallecido apenas cinco meses después de su partida, y desde entonces la gestión del patrimonio había decaído al punto de encontrar deudas donde había antes negocios boyantes. Tuvo un disgusto con su coterráneo, general Juan José Flores, jefe del Departamento del Sur, por el apremio de un préstamo forzoso de 300 ­
pesos, que le correspondió cubrir ­bajo protesta.

Se encontraba rumbo a Mindo para considerar una explotación minera, cuando recibió el aviso de Flores de que el ejército peruano preparaba una invasión para resolver la disputa territorial de Tumbes, Jaén y Mainas. Siempre obediente a la orden del Libertador, se dirigió a Cuenca para asumir el mando de las fuerzas colombianas.

El 27 de febrero de 1829 libró la Batalla de Tarqui, que se resolvió mediante una carga de bayoneta que quebró las líneas peruanas; Sucre mejor que nadie conocía el punto débil de un adversario al que había comandado. Después de ofrecer una paz honrosa a sus excompañeros, los generales La Mar y Gamarra, volvió presuroso al lar hogareño.

En julio nació su hija Teresa y sintió decepción de que no fuera varón primerizo; se reconfortó con la idea que habría tiempo para agrandar la familia. En un gesto de reconciliación hizo padrino de bautizo a Flores, quien había sido su segundo en la campaña de Tarqui.

Hacia diciembre recibió el llamado para que concurriese como diputado ante la Asamblea que se reuniría en Bogotá, con la finalidad de llegar a un acuerdo constitucional que impidiera la secesión de Venezuela de la Gran Colombia. Bolívar, al inaugurarlo el 20 de enero de 1830 -en un arrebato de entusiasmo- lo calificó de 'admirable' por la difícil tarea que tenía entre manos. Sucre fue elegido Presidente recibiendo la misión de dirigirse a Caracas para evitar la división; pero fracasó en su intento. Ante la consiguiente renuncia del Libertador a la Presidencia alistó su regreso a Quito, con la vana esperanza de evitar la separación del sur.

En camino de Popayán a Pasto, en un desfiladero selvático de Berruecos, un certero disparo de fusil al corazón, segó la vida de Sucre el 4 de junio de 1830. Al recibir la infausta noticia, Mariana envió una partida de confianza para recuperar el cadáver, que fue sepultado reservadamente en la capilla familiar de El Deán. Años después, en secreto, trasladó sus restos al Carmen Bajo.

A los trece meses del crimen, la marquesa volvió a casarse con el general granadino Isidoro Barriga, amigo de la familia y ayudante de campo de Sucre en Tarqui. La decisión no fue bien vista por la sociedad quiteña, que esperaba de la viuda un luto más prolongado. Con apenas 2 años y 7 meses de edad, Teresa Sucre y Carcelén falleció prematuramente. Unos dijeron que por escarlatina, otros que por un accidente de juego con su padrastro que no pudo evitar su caída desde la planta alta de la casa.

En 1900, al cumplirse 70 años del crimen, el presidente Alfaro indagó sobre el destino de sus restos a fin de que reciban justo homenaje póstumo, ubicándolos por el testimonio de una  anciana doméstica y la madre superiora del convento. Al abrir la urna cineraria descubrieron junto a los huesos del mariscal, un vestido negro que usó durante el duelo la marquesa (fallecida en 1861) y unos rizos rubios de Teresa, juntos... compartiendo la eternidad.

Zona de Berruecos
Zona de Berruecos
En este lugar Sucre fue asesinado cuando viajaba entre Popayán y Pasto. Todo fue un misterio.
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