Los claroscuros del 10 de agosto de 1809

El proceso libertario fue madurando desde la Revolución de Quito hasta la proclamación de independencia de Guayaquil y la Batalla del Pichincha



Por Enrique Ayala Mora* (O) 08 Agosto 2015

Los procesos históricos encierran una gran complejidad, y los hechos alrededor del 10 de agosto de 1809 y sus consecuencias no son la excepción. Al revisar sus claroscuros evitamos los reduccionismos.

El acto fundacional

En Ecuador,  la Independencia es el punto de partida de nuestra inacabada construcción nacional. Se considera un acto fundacional. Casi siempre se la ha visto como un conjunto de hechos puntuales y coincidentes. Pero la emancipación del actual Ecuador no puede ser explicada por motivaciones aisladas sino por causas estructurales complejas. Y aunque se dio en un marco internacional o mundial favorable, la Independencia “vino de adentro”.

Pero asimismo los hechos del 10 de agosto de 1809 se han visto muchas veces en forma aislada del proceso independentista latinoamericano, aunque están estrechamente ligados con él. Cuando nos acercamos a los detalles lo entendemos mejor.

Una larga lucha
 
El proceso independentista se inició con pronunciamientos locales, como el de Quito, que fue uno de los pioneros, pero fue sofocado, no una sino varias veces, desde 1809 hasta 1012, en que la ciudad y su región fueron nuevamente sometidas. Luego de los hechos de 1809, la guerra se dio en Sudamérica desde los polos del Río de la Plata y Venezuela, para confluir al fin en el Perú. Al mismo tiempo, la base social del esfuerzo bélico se amplió.

El notable aporte de Simón Bolívar fue darse cuenta de que la independencia de cada una de las circunscripciones coloniales era inviable si no se la enfrentaba como un esfuerzo general de todo el subcontinente. Asimismo, fue comprender que los sectores populares no iban a unirse al proceso si no se consideraban sus propios intereses. Bolívar incorporó a los pardos, a los llaneros y a la chusma urbana en la campaña independentista. Fue un pionero de la integración social de nuestros países y de la integración internacional entre ellos.

¿Solo cambio de gobierno?
 
En tiempos de la Independencia, en los muros de Quito apareció la leyenda: “último día del despotismo y primero de lo mismo”.

Desde entonces, muchos han afirmado que la Independencia fue un cambio de gobierno y no ruptura del hecho colonial. Pero, en verdad, la Independencia fue una revolución en que pesaron más las rupturas que las continuidades. Derrumbó el poder metropolitano y expulsó a los “chapetones”; sacudió las estructuras de la sociedad aunque no cambió las relaciones básicas en las que se asentaban, provocó rápidos ascensos y descensos sociales, abrió nuevas líneas de comercio, desató cambios en ideas y costumbres.

La tradición historiográfica pintó a las independencias como acciones heroicas de grandes individualidades. Pero en estos, como en todos los grandes procesos históricos, el actor fundamental son los pueblos. El pueblo de Quito estuvo presente en el proceso desde el primer momento, incluso antes del 10 de agosto. Los marqueses, los latifundistas fueron los líderes y beneficiarios, pero la gente del común se jugó por la ruptura y respaldó la lucha.

Aún más, cuando los líderes de la declaratoria de autonomía fueron perseguidos y sentenciados a muerte, el pueblo de Quito se insurreccionó el 2 de agosto de 1810, en que los españoles desataron una de las peores matanzas del continente durante la Independencia.

La declaración de independencia
La declaración de independencia
de Guayaquil fue otro hito en la lucha por la emancipación nacional.

Debemos comprender mejor la acción de sus protagonistas colectivos y el hecho de que la ruptura independentista no fue lineal. Provocó transformaciones importantes, entre ellas un clima de participación popular, pero luego desembocó en procesos regresivos.

Los sectores dominantes, apenas fundados los nuevos estados, cambiaron el discurso de la libertad por el del orden, y trataron de que el cambio de manos del poder no afectara en su raíz a las desigualdades.

¿Ruptura o lealtad?

Hay quien ha dicho que el pronunciamiento del 10 de agosto no fue la declaratoria de independencia sino un acto de lealtad al rey de España que estaba preso y que los marquesas que establecieron un gobierno dijeron que iban a gobernar en nombre del soberano.

Por eso no debe considerarse “Día de la Independencia” del Ecuador.
Eso solo demuestra un radical desconocimiento de la realidad de entonces. Al realizar un primer acto de ruptura con el régimen colonial, los notables quiteños no podían romper sin más con el antiguo régimen. Por ello optaron por declarar la autonomía de Quito y depusieron a las autoridades y formaron una “junta”. Pero ese hecho, que ahora puede parecer tímido, fue visto como tan radical y peligroso, que las autoridades españolas, una vez que recobraron el mando, persiguieron a los autores del 10 de agosto con saña y condenaron a muerte a más de setenta de ellos. Y es que la idea de rechazar la autoridad e instalar un gobierno propio era vista como un crimen atroz.

Un solo proceso

La Independencia debe ser vista como un proceso, no como una sucesión de hechos. Solo así se aprecia una continuidad entre las “patrias bobas” y las grandes acciones militares de los años veinte. Solo así se entiende cómo, de las declaraciones de lealtad a Fernando VII del inicio, surgidas a veces de la convicción y otras de la conveniencia, se llegó a la ruptura total, a la “guerra a muerte” que proclamó el Libertador. Los grandes procesos históricos rebasan constantemente sus propios horizontes.

Por ello es absurdo tratar de ver si un hecho histórico significó “más independencia” que otro. Solo personas de escasa o ninguna formación como historiadores pueden poner en oposición el 10 de agosto de 1809 con el 9 de octubre de 1820, afirmando que el primero no fue independencia y el otro sí. En realidad, ambos son parte de un mismo proceso libertario, que fue madurando desde sus inicios con la Revolución de Quito, hasta que con la proclamación de Independencia de Guayaquil el 9 de octubre, se inició la fase final, que culminó con la batalla del Pichincha en 1822 y el fin del coloniaje en nuestras tierras.

Es muy importante constatar que, en su tiempo, los patriotas que fueron actores de los hechos, no vieron sus esfuerzos libertarios como aislados o contrapuestos. Los protagonistas del movimiento de 1809 en Quito se pusieron como prioridad  buscar el apoyo de las otras regiones de la Audiencia como Cuenca y Guayaquil.

Por su parte, apenas instalado el gobierno de Guayaquil en 1820, se empeñó en liberar a Quito. Y luego de algunos intentos fallidos, lo logró con la participación de las fuerzas enviadas por la República de Colombia con Antonio José de Sucre a la cabeza. Nuestros patriotas fueron solidarios y pensaron no solo en sus localidades, sino en el país que estaban formando.

Impacto continental

Muchos historiadores nos negamos a reducir nuestra visión del 10 de agosto a la acción de los marqueses, y menos aún vamos a participar en la pobre disputa sobre la falsa “competencia” entre el 10 de agosto y el 9 de octubre. La Revolución de Quito abrió el proceso de nuestra Independencia y tuvo impacto continental. Por eso debe ser vista en una dimensión nacional y mundial.
*Reconocido historiador y docente universitario. Ha dirigido importantes colecciones y es autor de más de 40 obras.

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