Norte y sur, dos conquistas y dos independencias

La colonización inglesa fue una iniciativa privada y una huida de la intolerancia religiosa. España, en cambio, extendió la ortodoxia evangelizadora. Eso condicionó los procesos de independencia.



Santiago Estrella Garcés (O) 08 Agosto 2015

En la película ‘Lo que el viento se llevó’, Rhett Butler, el personaje que interpreta Clark Gable, veía con esa mirada sarcástica el ímpetu con que los sureños pretendían ir a la guerra civil estadounidense. Creían que solo con el honor, la virtud, el hecho de ser caballeros, podían vencer a los yankees del norte, esa  escoria industrial. Su respuesta fue premonitoria, lapidaria y contiene la filosofía política capitalista.

Butler les recordó que no había una sola fábrica de cañones en todo el sur. Su fuerza de trabajo era el esclavo en una economía monoproductiva. “Todo lo que tenemos es algodón, esclavos y arrogancia”, les espetó. El norte, en cambio, podía dedicar su industria a la guerra. Y ganarla.

Esta escena le sirvió al filósofo argentino José Pablo Feinmann para hacer una analogía con las independencias latinoamericanas que marcaron el destino de esta región. En nuestra región ganó el modelo del sur: granero del mundo; en el norte, en cambio, la fábrica del mundo.

En esta fragmentación subyace la negación de algo consustancial a los latinoamericanos: la yuxtaposición. En el primer capítulo de ‘Sor Juana Inés o las trampas de la fe’, Octavio Paz hace una lectura de cómo conviven con nosotros todos los tiempos. En México –se hace extensible a la región-, están aún presentes lo precolombino, con una idealización de esa sociedad indígena sin fijarse en sus contradicciones (imperios, sometimiento, castas), pero que se quiere ver con la imagen del primer Estado nacional; lo hispánico que es la ruptura, la presencia de lo extranjero, periodo en el cual se pierde la independencia, que solamente se recobra en el siglo XIX.

Estos periodos son la negación de aquel que lo precede y, a la vez, lo contiene. Nuestras sociedades bien pudieran tener una mayor influencia de lo occidental y lo hispánico, por más esfuerzos para referirnos a los precolombinos como  “nuestros antepasados”, tal como se enseña en las escuelas.

El origen está en el sentido de la conquista y colonización de América en sus dos ramas: la inglesa y la española. Aún se escuchan por ahí preguntas de qué habría pasado si llegaban los ingleses y no los españoles. Puede ser una pregunta válida, como la que se hizo Phillip Dick en su novela ‘El hombre en el castillo’: ¿cómo sería el mundo si el Eje ganaba la segunda guerra mundial? (Curiosamente, en ese mundo se escribe una novela de ciencia ficción cuya historia era el mundo luego de la victoria de los Aliados).

La diferencia entre ambas colonizaciones nos determinaría para siempre, pero no desde esa concepción muy enraizada en la conciencia de los latinoamericanos, de que acá vinieron los peores hombres de esa España que recién se había unificado. Paz dice que la colonización inglesa es casi una empresa privada, “por cuenta y riesgo de los conquistadores”, de disidentes religiosos que huían de la intolerancia y que se inspiraban, de todos modos, en sus metrópolis. “De ahí la doble influencia de la religión y la utopía en la formación de la democracia política en Estados Unidos”.

Y ese origen contrasta con la colonización española, que fue una extensión de las cruzadas: la corona, la cruz y la espada. Si los ingleses quisieron escapar de la ortodoxia religiosa, “los españoles las establecieron para continuarla (…) En un caso, el principio fundador fue la libertad religiosa (…), en el otro caso, la conversión de los nativos sometidos a una ortodoxia y una iglesia”, sostiene Paz.

Aquí, quizá como en ningún otro modelo, se revela la relación Estado-ciudadano. Si son válidas las palabras de Octavio Paz, se desprenden –y sobre todo se entienden- las razones de por qué es una sociedad en el que la empresa privada es el fundamento del progreso. Y el panorama es tan diferente al de América Latina. Es el Estado el que cumple el papel protagónico en eso que llaman ser “Estados dependientes”.

Las colonias españolas eran más parecidas a los reinos sometidos a la Corona, como lo fueron Navarra o León; las independencias fueron más como las de Cataluña y Portugal ante la hegemonía de Castilla.

“La ideología liberal del movimiento de independencia hispanoamericano recubrió y desfiguró el sentido y la verdadera naturaleza de nuestra separación de España: las ideas republicanas y democráticas de los grupos que dirigieron la lucha por la independencia no corresponden a la realidad histórica, a la realidad real, de la América Española”, escribió Paz.

Según este texto, no había aquí ni burguesía ni intelectuales que criticaran la monarquía absoluta ni la Iglesia –tampoco hubo jacobinos, lamentará por su parte Feinmann- y que no tenían capacidad para implantar los ideales democráticos porque “no había ningún lazo orgánico entre ellas y sus ideas”.

La independencia fue inspirada en los idealesestadounidenses, franceses y la expansión de la democracia. Pero la idea de un poder monárquico convivía con ellas.Manuel Belgrano, uno de los protagonistas más interesantes de la Revolución de Mayo de 1810, el equivalente argentino a nuestro 10 de Agosto, sostenía que las naciones de Europa querían “monarquizarlo todo”. Por lo tanto, “una monarquía es la única forma de que las naciones europeas acepten nuestra independencia. Y se hará justicia si llamáramos a ocupar a un representante de la casa de los Incas”. Causó escándalo.

Es cierto que toda fundación requiere de un relato y que incluso se la mitifique. Pero este carácter de nuestros procesos independentistas, y de lo que se piensa -no en las élites intelectuales- mayoritariamente de estos, hace viable la pregunta que lanza Felipe Pigna en su ‘Mitos de la historia argentina’: ¿la Revolución de Mayo fue un acto económico, un acto político o un acto militar? Y concluye que fue más bien un acto escolar.

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