La Basílica, símbolo ideológico

Cuando se impulsó su construcción, las ideas liberales ya atemorizaban al clero. La demora en levantarla la volvió un proyecto anacrónico.



Carlos Rojas. Editor (O) 09 Mayo 2015

La construcción de la Basílica del Voto Nacional pudiera interpretarse como un proyecto de resistencia política. La idea de edificar ese templo ‘monumental’ como símbolo de la consagración del Ecuador al Corazón de Jesús era la apuesta de la Iglesia Católica que veía cómo la andanada liberal empezaba a sacudir los cimientos de una República que había sido concebida bajo la tiranía garciana y de cuyo yugo hasta los mismos grupos conservadores de la época reclamaban alivio.

La Basílica, como símbolo ideológico, surgió entre 1873 y 1874; el celo religioso de Gabriel García Moreno hizo que Ecuador se convirtiera en el primer país en consagrarse, como República, al Sagrado Corazón de Jesús.

León Febres Cordero
León Febres Cordero
la inauguró en 1988

Como aquel acto constituía una de sus más grandes realizaciones, había que hacerlo perpetuo con la construcción de un templo.

Pero García Moreno fue asesinado en 1875, con la misma brutalidad con la que castigó a sus opositores, y el complejo quedó en obligado suspenso.

A García Moreno y a los posteriores presidentes efímeros (tres en 12 meses) les sucedió, en 1875, otro tirano, aunque de mucha menor valía intelectual  y administrativa. Era el caudillo militar Ignacio de Veintemilla; él derrocó al liberal católico Antonio Borrero, quien profesaba la idea de una separación Iglesia-Estado y de proteger la libertad de conciencia.

Borrero ganó la Presidencia  en las urnas, con amplio apoyo, por considerársele un opositor a la huella garciana. Pero no cambió las bases de aquel país sometido a la Carta Negra de 1869. Los grupos liberales y dominantes de Guayaquil le dieron la espalda y buscaron en Veintemilla una salida.

Su discurso radical colocó a la Iglesia y a los conservadores, incluso a los más moderados, en una ferviente oposición. No era para menos, el envenenamiento del arzobispo de Quito, monseñor José Ignacio Checa, en la misa de Viernes Santo de  1877, confirmó los temores de la dirigencia católica.

En la biografía que Tomás Vega Toral escribió en 1952, a propósito del centenario del nacimiento del padre Julio María Matovelle, se recoge la “gran pena” que le embargaba sentir que Ecuador, después de la Consagración al Sagrado Corazón, “no había correspondido como debía a los sagrados y altos deberes que hubo contraído con Dios”. Le dolía ver el “avance de las ideas liberales masónicas” por parte de grupos de poder y de la “prensa antirreligiosa” apoyada por Veintemilla.

El dictador -dice Vega- “quería convencer al pueblo de que no existe incompatibilidad alguna entre los principios liberales y la conducta pública de los católicos”.

El sacerdote Matovelle es la piedra angular del proyecto ideológico detrás de la Basílica. Su sólida preparación académica y su entereza política saltaban a la vista. Tuvo una ventaja coyuntural en su cometido. El desgobierno de Veintemilla dio fuerza a su tesis de que los males de la patria eran perversamente endilgados a la  Iglesia y no a los descomunales errores del propio militar.

Esta imagen de 1979
Esta imagen de 1979
muestra el lento avance de la ­construcción

Y luego, cuando llegó el progresismo (1883-1895), Matovelle logró sentar las bases del templo. El historiador Enrique Ayala Mora señala que la Basílica lleva el nombre de Voto Nacional como símbolo de la lucha contra Veintemilla.

Caído el dictador, el pentavirato que le sucedió y la Asamblea Nacional que dictó la Constitución de 1884 impulsaron la construcción de la Basílica como un proyecto financiado por el Estado. El ‘conservadurismo ligth’ estaba de vuelta, pero esos gobiernos de tercera vía no frenaron la Revolución Liberal que Eloy Alfaro había empezado a gestar en sus revueltas antes de 1895.

En su disertación del 22 de febrero de 1884, el asambleísta Matovelle dijo que el “suntuoso templo” debía construirse para evocar la fidelidad al Sagrado Corazón, tal como lo estaban haciendo en París con la Basilique du Sacré-Cœur, hoy sitio de peregrinación turística.

Lo curioso es que con el paso del tiempo se ha pretendido construir una suerte de hermandad arquitectónica entre la Basílica quiteña y la Catedral parisina de Notre Dame, terminada en el siglo XIV. Es obvio: su estilo neogótico. Pero desde una visión política, lo correcto es asociarla con la Basílica construida sobre Montmartre, entre 1873 y 1914, porque ambas muestran el sentido confesional que aún expresaban los Estados de finales del siglo XIX.

El símbolo de ostentación que Matovelle y los oblatos quisieron para su Basílica no solo radica en lo que muchos arquitectos e historiadores consideran la copia anacrónica de un estilo gótico, concebida por el francés Emilio Tailler. Su diseño alteró para siempre el paisaje del Centro Histórico, pues el resto de iglesias muestran estilos clásicos y barrocos con proporciones similares.

La Basílica, por tamaño y ubicación, se impone en un eclecticismo que para expertos como Carlos Maldonado, según recoge el libro ‘Arquitectura de Quito, una visión histórica’ (1993), era extraño no solo al entorno de la ciudad sino para los ecuatorianos que pudieron haber desarrollado este proyecto. En ese mismo texto, Mauricio Luzuriaga argumenta que para la edificación del templo más alto de Quito se debieron tumbar inmuebles y alterar el trazado de las calles  Venezuela, Caldas y Carchi, dando lugar al “diente de la Basílica, un ‘arquicrimen’”.

La obra comenzó en 1892, con la construcción de la Capilla del Inmaculado Corazón de María, hoy en la polémica por el color de la primera capa de pintura en su fachada. Y tras varias etapas, la Basílica se inauguró en 1988, cuando el presidente socialcristiano León Febres Cordero y el sacerdote oblato Rigoberto Correa, lograron consagrarla. Allí dio misa Juan Pablo II, en 1985.

La consolidación del Estado laico quitó a la Basílica su pretensión simbólica de dominio católico, aunque desde 1947 varios gobiernos dieron apoyo económico para finalizarla.

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