Hace 475 años, Quito recibió su Escudo de Armas

Carlos V honró a la ciudad con esa distinción en 1541. 15 años más tarde, la condecoró con el título de ‘muy noble y muy leal’.



*Doctor en Historia. Autor de varios libros de historia nacional.   Amílcar Tapia Tamayo* (O) 16 Enero 2016

Luego de la fundación de la villa de San Francisco de Quito por Sebastián de Benalcázar,  efectuada el 6 de diciembre de 1534, se organizó el cabildo de la ciudad, siendo los primeros alcaldes Juan de Ampudia y Diego de Tapia, y regidores, Pedro de Añazco, Juan de Padilla, Alonso Hernández y Martín de Utrera. Escribano fue Gonzalo Díaz.


Los fundadores españoles fueron 204 y recibieron solares para edificar casas, templos y conventos.


Los cabildos de las ciudades coloniales españolas estaban formados por dos alcaldes ordinarios y ocho regidores. Además tenían un secretario que era siempre un escribano del Rey: también un tesorero y un mayordomo de la ciudad.


Los alcaldes ordinarios duraban en sus funciones un año, pero podían ser reelegidos. Los regidores, por su parte, desempeñaban sus cargos por un tiempo indefinido; sin embargo, quienes eran nombrados por el monarca, gozaban de su cargo perpetuamente.


Al comenzar el año, el cabildo  efectuaba las elecciones de alcaldes y regidores que no tenían el carácter de perpetuos, luego de lo cual organizaba la vida de la ciudad. Una de las primeras actividades era regular los aranceles a cuyos precios debían sujetarse los sastres, plateros, herreros, barberos y el resto de artesanos; en igual forma, tasaba los jornales de los trabajadores y fijaba el precio de las cosas necesarias para la vida de los habitantes. También dictaba las ordenanzas necesarias para la mejor conservación y desarrollo de la ciudad.


Para el caso de Quito, se anota como curiosidad que los españoles que intervinieron en la primera fundación de la ciudad de Santiago de Quito, en las proximidades de la actual Riobamba, abandonaron el sitio y se trasladaron a vivir a esta ciudad, en busca de la seguridad y el orden que tenía la nueva San Francisco de Quito.


Los pocos habitantes se establecieron en “veinticinco manzanas, con calles rectas, anchas, tiradas a cordel, que se cortaban entonces como se cortan ahora en ángulos rectos, las casas eran muy pocas, pues en cada cuadra no había más que dos ordinariamente……los vecinos trabajaban sin desmayar y tenían grandes partidas de indios ocupados en las nuevas fábricas. Estos indios dormían en las casas de los encomenderos, en cuyos solares se habían levantado extensos chozones provisionales cubiertos de paja que la municipalidad mandó deshacer, a fin de evitar los incendios en la población” (González Suárez, Historia del Ecuador, Tomo 1, p. 1259)


Antes de 1541, los habitantes de Quito habían dado muestra de lealtad al rey Carlos V, cuando se pronunciaron favorablemente a favor del virrey del Perú Blasco Núñez de Vela, quien había sido perseguido por Gonzalo Pizarro en las revueltas que se dieron en el Perú cuando los antiguos conquistadores no acataron las Ordenanzas promulgadas por el monarca español, las cuales limitaban grandemente los privilegios que se habían otorgado los españoles que se consideraban “dueños y señores de esta tierra que mucho sacrificio les había costado, razón por la que incluso pensaban declararse independientes de la corona…para ello impusieron sus propias leyes que fueron inmediatamente negadas por el monarca” (Juan de Rivas, Los años de anarquía colonial, Lima, 1938, p. 96)


En esta circunstancia, Carlos V designó a Núñez de Vela como virrey del Perú a fin de que ponga orden entre los revoltosos, pero fue perseguido de manera inmisericorde por Gonzalo Pizarro, que se convirtió en el capitán de los insurgentes. Núñez llegó a Quito buscando refugio y luego de varias desafortunadas equivocaciones, se produjo el combate de Iñaquito entre las tropas leales a España y los sediciosos, siendo esta la primera batalla de importancia entre españoles que se produjo en tierras quiteñas, en la cual además murió el virrey.


Para el año mencionado (1541), Quito había crecido en población, razón por la que su procurador, Pedro de Valverde, solicitó al rey otorgue a la ciudad su escudo de armas y más tarde el título de “Muy noble y muy leal”. Este fue concedido y consistía en “un castillo de plata metido entre dos cerros o peñas de su color, con una cava en el pie de cada uno de ellos, de color verde, y asimismo, encima de dicho castillo una cruz de oro con su pie verde, que la tenga en la mano dos águilas negras grietadas en oro, la una a la mano derecha y la otra a la izquierda, puestos en vuelo; todo en campo de colorado, y por orla un cordón de San Francisco, de oro, en campo azul, o como la nuestra merced lo fuese” (Bolívar Bravo, Quito Monumental y Pintoresco, 1965, p.38)


En igual forma, en 1556, es decir hace 460 años, después de pacificado el Perú por el presidente Pedro de La Gasca, el mismo emperador honró a la ciudad de Quito, condecorándola con el título de “muy noble y muy leal”, concediéndole además estandarte real, con autorización para que lo sacase en público cualquiera de los miembros del cabildo. Esta vez el peticionario fue Francisco Bernardo Quiroz, a nombre de todos los vecinos de la ciudad.

El rey señala en su respuesta que “bien sabíamos y que nos eran notorios los muchos y grandes y leales servicios que la dicha ciudad nos había siempre hecho y hacía, a cuya causa los vecinos y moradores de ella, están muy necesitados y muchos de ellos nos han servido en  todas las alteraciones que en las dichas provincias había habido, más aventajadamente que ninguna de dichas provincias, y me suplicó en el  dicho nombre que porque de los servicios de dicha ciudad quedase perpetua memoria y que nos teníamos por servidos de su lealtad y limpieza, diésemos a la dicha ciudad, título de Muy Noble y Muy Leal Ciudad, si fuésemos servidos que se llamasen e intitulasen y nombrasen, pues tan justamente y con tanta razón merecía tal nombre…” (Ignacio Lasso, Quito colonial, 1914, p. 65) Estas dos significativas fechas son parte de los hitos que honran a la capital de los ecuatorianos.

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