Kurt Cobain: el ultrasonido

La cinta se aproxima más a una instalación multimedia que al chisme escatológico que algunos esperábamos; pero, al mismo tiempo, duele



* Editor adjunto de la revista Mundo Diners   Juan Fernando Andrade (O) 16 Enero 2016

Esto es lo que sucede: escuchas el disco y te vuelves invisible. Atraviesas una pared y encuentras a Kurt Cobain tocando guitarra, haciendo y deshaciendo cosas que todavía no son canciones. Él no puede verte, pero tú estás ahí. Tú estás aquí. Cobain sigue en lo suyo, tratando de vaciar sus neuronas sobre una grabadora, archivando sus ideas todavía mojadas, regrabadas una sobre la otra en casetes Memorex de 90 minutos. Camina de un lado para otro, se detiene para contestar el teléfono y dice que su novia no está, que se fue a trabajar. Toca guitarra.

Toca bajo. Fuma. Come macarrones con queso que pasa con Nesquick de fresa. Vuelve a tocar. No es famoso. No es nadie. No existe. No se puede imaginar que más de 25 años después, tú y yo y miles de personas alrededor del mundo pagaremos para entrar en su cabeza.


Cuando se estrenó ‘Montage of Heck’, el documental dirigido por Brett Morgen, que prometía ser la biografía definitiva del cantante de Nirvana, quedamos mareados y confundidos: la cinta se aproxima más a una instalación multimedia loud-quiet-loud que al chisme escatológico que algunos estábamos esperando; pero, al mismo tiempo, duele: es duro verlo tan cerca y tan lejos, tan ido mucho antes de irse.


Ahora la película se reestrena en versión de lujo, para fans fetichistas, dentro de una especie de urna de cartón rellena con extras, afiches, postales, un rompecabezas metatextual, un libro-guion que incluye entrevistas extendidas, y un disco, ese disco que te hace invisible: ‘The Home Recordings’, 31 canciones que son en realidad los cimientos de una civilización cuyas ruinas se han convertido en patrimonio de la humanidad.


La mayoría de estas grabaciones encontradas son anteriores al fenómeno Nirvana, que cambió la rotación del planeta a comienzos de los 90. Son la realidad que precede al ‘reality’: el retrato del artista como un hombre joven, como un adolescente desempleado y sin futuro que vive en casa de su novia y llena sus días haciendo canciones y agarrándose de esas can­ciones antes de que la vida se lo trague.


Escuchen The Happy Guitar e imaginen a Django Reinhardt no como el gitano francés que era sino como la basura blanca que nunca fue; la versión prematura de Clean Up Before She Comes que parece anticipar una escena de terror donde o muere la niñera o muere el niño o se mueren ambos; el Reverb Experiment, que es el cuento de un pelado que se compra su primer pedal de distorsión y se arrodilla frente a su primer amplificador para invocar a Hendrix; esa canción de Black Sabbath que aquí se llama Rehash y en la que al final Kurt Cobain grita ¡solo, solo, coro, coro! como un director de orquesta sin orquesta; la marcha feliz de un cortejo fúnebre que podría ser Bright Smile; ese mantra descalibrado llamado Retreat; la versión aletargada y hardcore de And I Love Her, que dentro de no mucho tiempo y para no poca gente será conocida como un Lado B de Nirvana y no como un clásico de Los Beatles; Sappy en modo bolero zombi para una lenta protesta existencial; el fin del mundo en los 30 segundos que dura Scream; el monólogo teatral y autobiográfico pero fríamente calculado que se llama Aberdeen y sostiene con conocimiento de causa la tesis de Lou Reed: lo único bueno de haber nacido en un pueblo pequeño es que puedes salir de ahí; y escuchen, asumiendo el riesgo de nunca más poder dejar de escucharla, Letters To Frances, una canción de cuna que te da ganas de tener hijos pero también unas ganas tremendas de llorar, porque sabes que no podrás cuidarlos para siempre, que te exprime las tripas porque se nota que eran los últimos días y sus dedos apenas podían apretar las cuerdas para llegar a las notas.


Kurt Cobain murió con las venas rebosadas de heroína y la cabeza atravesada de pólvora, pero su cuerpo estaba lleno de música.


Brett Morgen dice que ensambló ‘Montage Of Heck’ no para conocer a Cobain sino para experimentarlo, como si fuera un estado mental, el producto de una droga que te pega más o menos tiempo, más o menos duro, dependiendo de cuánto te metas. La calidad y la intensidad del vuelo dependen enteramente de las millas que acumule el pasajero y el destino puede ser lo mismo la pista de aterrizaje que tu cabeza entre las rodillas antes de estrellarnos contra la montaña.

En ‘The Home Recordings’ hay rincones en los que uno puede saltar y roquear o acomodarse e incluso acostarse a escuchar la música fraccionada de un ser humano incompleto y decir dale, sigue tocando, suena increíble; pero también flashazos de sobreexposición, que te ciegan durante varios segundos y te hacen pensar lo peor.


Ser capaz de ver a la gente sin ser visto involucra el riesgo de ver demasiado y este es Cobain cuando nadie lo estaba viendo y cuando ya no quería que lo vieran. Los recuerdos que tenías van a cambiar después de escuchar ‘The Home Recordings’. Si sigues viviendo en el 93, vas a creer que esto es lo mejor que hizo, lo más puro, pero no, son ensayos, demos, las referencias futuras de un pasado siempre presente.

Si tienes 15 años y tocas en una banda y dices cosas como ‘el man era de verdad’, ‘el man se mató, ¿cacha?’, vas a conectar y te vas a dar cuenta de que eso que grabaste ayer en tu celular  no es muy distinto a esto (a menos que hagas pop o algo peor, en cuyo caso no estaría de más consultar un psicoanalista).


Si la última vez que organizaste la música de tu iTunes borraste la mitad de las canciones de Nirvana que tenías y te quedaste solo con esas que marcaste con cinco estrellas, no vas a ser invisible ni vas a poder atravesar paredes. Si ya tienes canas pero todavía usas tu camiseta de Anthrax sabrás escuchar a tu hermano menor o a tu hijo tocando en el cuarto de al lado y lo dejarás en paz: no tenemos derecho a saberlo todo.    
 

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