Colombia, el país de la paz inevitable

Esta semana arranca el tramo final de los diálogos entre el Gobierno y las FARC. ¿Se firmará el acuerdo este 23 de marzo?



Carlos Rojas A. Editor (O) 16 Enero 2016

Es posible que Colombia no tenga más opciones que llevar los diálogos de paz a una firma inevitable. Hay demasiadas expectativas y buenos deseos por doquier.  Como lo mencionó el propio Ban Ki-Moon, para la ONU, el éxito de estos acuerdos será la prioridad este 2016 y debe llegar pronto.


Quizás no importe tanto que la de Colombia derive en una paz ‘light’ y que amplios sectores (empresariales, intelectuales, políticos) cuestionen que el establecimiento haya hecho concesiones a quienes por décadas actuaron por fuera de la ley, argumentado casi una guerra santa.


Pero a Colombia le ocurre hoy lo que a Ecuador en 1998: primero hay que firmar la paz y luego construirla peldaño a peldaño. Meses atrás, la analista colombo-uruguaya, Laura Gil, proponía ‘un fast track’ para este proceso una vez que comenzara a ser analizado por la legislatura, pues el demorado protocolo para construir una ley (ocho debates en las dos cámaras) resultaría agobiante. En las cuestiones de Estado, las grandes decisiones que se toman, aquellas que deben cambiar el rostro de una sociedad, pueden lucir en un primer momento tibias y concesivas.


Los acuerdos de paz de 1998 trajeron reproches, dudas y desilusiones. Ecuador nunca logró una salida física y soberana al Amazonas. Tiwintza se recuperó con una poco clara fórmula de comodato. La frontera se cerró y, como siempre, Ecuador se quedó pequeño en superficie, con el aplauso de toda la comunidad iberoamericana...


Pero con los años, la paz trajo frutos. El intercambio comercial, turístico y migratorio con el Perú creció a borbotones sin que los recelos de la pugna territorial terminaran siendo un obstáculo. Los viejos ecuatorianos, herederos del 41, Paquisha y el Cenepa, ahora miran a su vecino con menos recelo; mientras que los más nuevos ya ni se acuerdan de que nuestra nacionalidad se forjó en tantas luchas por la defensa territorial.


Colombia tendrá que pasar por múltiples facetas, unas duras y otras más reconfortantes, una vez que culminen los diálogos de La Habana. Es verdad que la dolorosa guerra interna que marcó   por décadas a los colombianos, donde la violencia y el odio entre hermanos tuvo sus manifestaciones más crueles, nunca se comparará a un enfrentamiento territorial, administrado por ejércitos convencionales y diplomacias de la democracia. Quedan aún en Colombia demasiadas heridas abiertas y mucho miedo porque los guerrilleros desmovilizados alimenten una delincuencia sin pizca de ideología. Por eso es natural que haya miradas pesimistas hacia el posconflicto que el presidente Juan Manuel Santos  y los comandantes de las FARC sean capaces de ofrecer.

Febrero, 2001.
Febrero, 2001.
Las milicias de las FARC lucían poderosas en el Caguán.


A la organización Human Rights Watch le preocupa que el Gobierno colombiano no haya cerrado con fuerza el tema más delicado de todas sus conversaciones con las FARC: el acuerdo para la reparación de las víctimas que dejó esta guerra. Para este organismo internacional, lo que la paz traerá a Colombia es una suerte de “piñata de impunidad” y “así no habrá reconciliación”. Tanto el tribunal especial que se conformará para tratar esos dolorosos casos, las alternativas a la cárcel, y la posible participación política de los guerrilleros que estén cumpliendo penas, son acuerdos desacertados para esta ONG. En cambio, el gobierno de Santos argumenta que ningún acuerdo de paz en el mundo es perfecto, pero insiste en que el acuerdo de justicia transicional con las FARC es “el mejor acuerdo en la historia”.


Sí, el Estado colombiano reconoce que el camino de la paz pudiera ser mejor, pero hay una gran dosis de realismo que no se puede soslayar. Y la apuesta porque en La Habana cese, para siempre, el conflicto es muy alta no solo para el papa Francisco, que cada vez que hace votos por la humanidad recuerda que en Colombia debe brotar la esperanza. También lo es para la opinión pública alemana que pide al mundo no solo fijarse en el fracaso anunciado de los proyectos socialistas bolivarianos, sino entender que el proceso entre Santos y las FARC puede ser el hito más importante para la región. ¿O no nos agobia el desangre que vive México? Y qué decir de las buenas gestiones de Raúl Castro en esta mediación, pues su deseo de devolver a Cuba su estatus de país influyente  también está en juego.


Lo más notable, no obstante, es que hasta EE.UU. apoya la fórmula de Santos. Aquel país que hace 16 años dio su apoyo para que el Plan Colombia combatiera el narcotráfico, la guerrilla y los paramilitares hoy espera el posconflicto.

Septiembre, 2015.
Septiembre, 2015.
Raúl Castro suscitó el apretón de manos entre Santos y el Timochenko.


Casa adentro se dirá que el poder mediático, donde el presidente Santos tiene influencia, ha puesto al país a hablar de la paz, más bien por conveniencia política. Sin embargo, no es menos cierto que a lo largo del 2015 -así lo recogió la revista Semana en su edición de fin de año- los colombianos ya empezaron a perdonarse. Lo hicieron el Estado y los subversivos responsables de la masacre del Palacio de Justicia de 1985, así como otros protagonistas de tantos episodios de sangre.


Aquella catarsis puede ser un síntoma de que la paz sí está cerca. Y si bien no sane el dolor del pasado, puede ser la oportunidad para que las nuevas generaciones hereden un país sin conflicto.

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