La amistad de Rubén Darío, Eloy Alfaro y Luis Henri Debayle

El ecuatoriano y los nicaragüenses se frecuentaron y se apoyaron durante años. El médico asistió al poeta en su última enfermedad.



María Helena Barrera-Agarwal* (O) 27 Febrero 2016

El 5 de junio de 1885, en la ciudad de Managua, un periodista de dieciocho años se prepara a conducir una entrevista. No es un novato en tales lides: por casi cuatro años ha colaborado con varios periódicos de su país. Su precoz talento se ha revelado también en otros ámbitos. El más extraordinario de entre ellos atañe a su genio poético. En uso del nombre que ha elegido tempranamente -Rubén Darío- habrá de convertirse en señera figura de la lírica latinoamericana.


Ya para entonces Darío es admirador de un célebre autor ecuatoriano. En 1884, ha plasmado ese entusiasmo en un poema intitulado ‘A Juan Montalvo’. Tal epístola en verso transparenta su pasión por los principios y por el estilo del Cosmopolita. Un fervor similar es evidente, un año después, durante el diálogo que mantiene con un amigo, coideario y compatriota de Montalvo, el general Eloy Alfaro.


Alfaro vive por entonces un interludio de relativa calma entre dos debacles. A finales de 1884, ha emprendido una campaña contra el gobierno de José María Plácido Caamaño. La misma culminará con el combate naval de Jaramijó, tan épico como adverso a sus propósitos. Dos años más tarde, Alfaro planeará, desde el exilio, una segunda expedición, que terminará también en derrota.


Durante la entrevista, Darío menciona la saga del Alajuela, y los embates contrastantes del destino de Alfaro. El tema recurrente, empero, es el propio General, a quien Darío describe con poética energía: “Estaba frente a frente del gran republicano. Veía brillar sus ojos con el fuego extraño que anima la mirada de ciertos hombres, fuego de ardor incomprensible que da a conocer el temple de los grandes caracteres.” La entrevista concluye con similar énfasis: “[a]sí habla ese legendario luchador, a quien he conocido con intenso placer, y cuya mano he sentido entre la mía con una especie de veneración gozosa.”


Ese encuentro será el primero de otros muchos. Cuando, en 1889, Darío abandone Chile, en viaje de retorno a su patria, decidirá detenerse brevemente en Lima, para visitar a dos amigos, Ricardo Palma y Eloy Alfaro. De su tertulia con éste último no existe testimonio; empero, es razonable suponer que evocaron juntos a Montalvo, fallecido semanas antes, en París. Ambos coincidirán más tarde, en varias ocasiones, en América Central y, memorablemente, en 1893, en Nueva York.


La conexión de Alfaro con el mundo de Darío no se limitará, empero, a esos encuentros. Luis Henri Debayle Pallais, antiguo compañero de escuela y buen amigo del poeta, mantendrá también amistad con el ecuatoriano.


A juicio de Darío, Debayle es “una de las más finas, nobles y puras almas” que le hubiese sido dado conocer. De acrisolada honestidad y de superbo talento, pasará a la historia como un pionero de la medicina en Centro América. En 1893, luego de organizar los pr imeros hospitales de sangre durante la revolución liberal de Nicaragua, Debayle coincide con Alfaro en su ciudad natal, León. El General es huésped del diplomático Fernando Sánchez. Debayle lo visita con frecuencia. Durante una de esas ocasiones, Alfaro le hará partícipe de varios párrafos de sus cartas con corresponsales mexicanos, y de su opinión sobre el régimen del General Porfirio Díaz.


En 1896, Debayle se halla de visita en México, como representante de Nicaragua ante el Segundo Congreso Médico Panamericano. Alfaro, ya por entonces en el poder, dará muestra de su continua estima por el joven galeno al recomendarlo ante un buen amigo, Ignacio Mariscal, Ministro de Relaciones Exteriores de ese país. Debayle agradecerá luego esa deferencia, en una misiva, en la que reafirmará para con el General su “cariño y respeto que raya en veneración; sentimiento que quisiera ver expresado por todos aquellos que tienen directa o indirectamente el honor de conocerle y de apreciar sus inestimables prendas morales.”


Aún en ausencia de detalles, puede presumirse que el vínculo entre Alfaro y Debayle continuó en los años a venir. La amistad entre Debayle y Darío, por su parte, sería siempre intensa. En 1908, durante una visita a residencia de verano de la familia Debayle, Darío redacta un poema en honor de una niña de nueve años, hija de su amigo. Esa composición, intitulada ‘A Margarita Debayle’, llegará a ser una de las poesías más famosas y citadas del vate, reconocida inmediatamente por sus versos iniciales, “Margarita, está linda la mar/ y el viento/ lleva esencia sutil de azahar”.


Debayle, a su vez, asistirá al poeta durante su última enfermedad, en 1916, e, inmediatamente luego de su muerte, cumplirá con el trágico deber de proceder a su autopsia. Las paradojas del destino seguirán demostrándose luego a su respecto: a pesar de su oposición, otra hija suya, Salvadora, contraerá matrimonio con un joven de nombre Anastasio Somoza. En virtud de tal enlace, el sabio Debayle se hallará emparentado, eventualmente, con dos de los más cruentos dictadores que América Latina haya conocido.

 

*Abogada e investigadora que reside en Nueva York. Ganadora del Premio Espinosa Pólit 2010

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