Ecuador, la huella imaginaria de la misión geodésica

Nuevamente estamos en el radar de Francia. La Tercera Misión Geodésica, al igual que la de 1736, redescubrirá un país que nació de la ciencia.



Carlos Rojas A. Editor (O) 27 Febrero 2016

Aún recuerdo las  clases de Geografía en quinto curso de bachillerato, en el Colegio Benalcázar, 1993. Mi generación fue de las últimas que se forjaron con la rabia alimentada por una heredad territorial cercenada. Y debido a la forma en la que nos narraban la historia patria, no había episodios exentos de algún fracaso.


En esas clases de Geografía, discutíamos sobre la conveniencia o no de haber bautizado a nuestro país con el nombre de Ecuador; de que una República de carne y hueso se represente a sí misma y a la comunidad internacional desde una línea imaginaria; de que la identidad geográfica adoptada borró el orgullo de nuestros ancestros indígenas (eso no ocurrió con Perú o México); de que el Ecuador debió llamarse Quito...
Eso de busc

arle un nombre a nuestro país en 1830 debió ser una tarea muy complicada, como para que un grupo de estudiantes interesados por las humanidades nos dedicáramos a cuestionar lo hecho por los padres fundadores.


Pero el relato, finalmente, cobraba sentido y despertaba emoción cuando advertíamos que nuestra partida de nacimiento, a diferencia de los demás países americanos, no solo fue el resultado de un doloroso mestizaje y de unas batallas que labraron la independencia. Nuestro país también surgió de la ciencia, cuando el Ecuador fue redescubierto por la Misión Geodésica Francesa, que en 1736 visitó la Real Audiencia de Quito para medir el arco del meridiano terrestre y comprobar que el planeta era achatado en los polos y ensanchado en la línea equinoccial.

 

Inmortalizados
Inmortalizados
La Misión Geodésica de 1736, inmortalizada en estatuas de cera en el Centro Cultural Metropolitano.


En junio de 1986 se conmemoraron con gran júbilo los 250 años de esta singular aventura. Y en un texto que el Gobierno de entonces compiló, como parte de las celebraciones, resaltan dos artículos que valen la pena traer a colación. El primero, firmado por el reconocido articulista Alejandro Carrión, entonces presidente de la Comisión de Conmemoraciones Cívicas. El segundo es de autoría de Pierre Lavau, presidente del Instituto Francés de Investigaciones Científicas para el Desarrollo en Cooperación.


Ambos documentos resaltan la importancia que tuvo la visita de aquel equipo de científicos  franceses y españoles encabezados por Charles Marie de La Condamine, Luis Godín y Antonio de Ulloa. Sus cálculos matemáticos corroboraron las tesis de Newton sobre la forma de la Tierra y también constituyeron la llave que abrió el cerrojo que España y la Iglesia Católica habían puesto a estas tierras del nuevo mundo. Europa las estaba redescubriendo.


Como Quito solo sabía de España -recuerda Carrión- los científicos franceses que nos visitaron en 1736, a más de sus triángulos de medición, trajeron costumbres e ideas distintas que se regaron como pólvora en las capas más educadas de la sociedad quiteña.  
No había disimulo en los celos de España por “estos franchutes que eran los agentes del diablo”. De a poco, Quito se contagiaba  con el pensamiento de estos científicos que se forjaban a la luz de la Ilustración.


A diferencia de lo que significó la dura etapa de conquista, para Lavau, el encuentro entre Quito y Europa tuvo otros parámetros mucho más constructivos: la cooperación franco-ecuatoriana se cimentó en el progreso de la ciencia. Los geodésicos desarrollaron el sistema métrico decimal, pudieron descubrir las bondades del caucho y la quinina, aunque todos esos éxitos sirvieron más a las sociedades europeas que a las sudamericanas.

 

Estudios
Estudios
Desde el volcán Chimborazo, los nuevos geodésicos realizan estudios sobre geodiversidad.


Si fuera más fácil reinterpretar la historia que se transmite de generación en generación, las clases que se imparten ahora en los colegios bien podrían ver al riobambeño Pedro Vicente Maldonado no solo como el científico respetado por La Condamine y, luego, por la comunidad académica europea, sino como el precursor de la ecuatorianidad.


Fue a partir de los  journal du voyage de esa Misión Geodésica, que empezó a conocerse a Quito como las tierras del ecuador.


¿Marketing puro y duro? Seguramente. Por eso los padres fundadores, que en 1822 nos anexaron a la Gran Colombia y luego los que nos alentaron como República en 1830, entendieron que la mejor ventaja comparativa a nivel geopolítico,  era llamarnos Ecuador, pues si así entramos en el circuito científico mundial, así debíamos permanecer en el concierto de las naciones. Además, si queríamos mantener la unidad frágil que existía con Guayaquil y Cuenca, imponer la identidad quiteña tampoco era lo más estratégico.


Cuando en esas clases de Geografía de 1993 repasábamos aquel capítulo escrito por los sabios geodésicos, admitíamos que nuestra identidad se forjó como una línea imaginaria y que seguramente allí radicaban muchas de nuestras penas.


El escritor Javier Vásconez divaga también con esta idea cuando surca los mares de la literatura. Si Ecuador no es un país, solo una línea imaginaria, de qué se puede escribir. Aun cuando los geodésicos -reprocha Vásconez- trazaron las coordenadas celestes y fuimos puntos de referencia, se olvidaron de los habitantes del Ecuador.


Bueno, Vásconez soluciona su duda existencial a través de su derecho de darle al país un rostro, narrando y haciendo ficción.
Y quienes se apalancan en la ciencia, pueden recordar que a inicios del siglo XX vinieron otros viajes de franceses y que Ecuador fue parte de eseLe tour du monde, como ahora lo es una tercera Misión Geodésica, encargada de medir al Chimborazo, entender su deshielo, y ver de qué otra manera redescubrirnos.

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