El Estado frente a la soberanía del cuerpo

Temas como la eutanasia o el aborto son materia de legislación, pese a que tienen que ver con una decisión personal. ¿Hay un ‘orden natural’?



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 06 Febrero 2016

El cuerpo como  el último territorio de dominación. O de resistencia. El cuerpo como el botín que nos negamos a entregar al Estado. O que entregamos ‘por nuestro bien’, por el bien de todos. Supuestamente. El Estado, ese Panoptes, omnisciente, omnipresente, omnipotente, objeto de nuestro amor/odio, al que estamos atados.


Un ejemplo. En Ecuador, en los últimos dos años 74 mujeres han sido procesadas judicialmente por haberse practicado un aborto; la pena a la que podrían ser sometidas es de 6 meses a 2 años de prisión. En Francia, desde el 1 de abril de este año las mujeres podrán tener un aborto completamente gratuito, bajo condiciones sanitarias dignas garantizadas por el sistema público de salud. Castigo o permiso; ambos a cargo del Estado, posibles únicamente por voluntad de éste. Omnisciente, omnipresente, omnipotente.


Como se preguntaban Carl Sagan y Ann Druyan en su artículo ‘La cuestión del aborto: en búsqueda de respuestas’, ¿debemos permitir que el Estado se inmiscuya en los aspectos más íntimos de nuestras vidas? o ¿cuáles son los límites de la libertad? Y del control.


Es sencillo intuir la respuesta que daría Michel Foucault, desde su postura crítica: el cuerpo como objeto y blanco del poder; objeto al que se manipula, se da forma, se educa, a base de castigo y disciplina. Hasta convertirlo en un cuerpo que obedece. Proceso posible gracias al Estado, que se expresa a través de múltiples vías: escuela, cárcel, sanidad pública.


Pero ¿por qué no somos dueños de nuestro cuerpo? Si usamos el prisma que Pierre Bourdieu aporta en su abundante obra sobre la sociedad contemporánea, bien puede decirse que es a causa de la doxa, es decir, por la naturalización de fenómenos y prácticas, en este caso estatales, que creemos ‘naturales’ y que a veces no tienen una antigüedad mayor a los 200 años; prácticas sin las cuales la sociedad vivía perfectamente, además.


Creer que existen unos órdenes ‘naturales’, incuestionables que debemos aceptar es una de las razones por las cuales no podemos ejercer la soberanía sobre el único territorio que en la práctica nos pertenece: nuestro cuerpo. La preeminencia del Estado sobre nuestras vidas se ha vuelto una doxa que nos hace aceptar como legítimo el control al que su omnipotencia –irónicamente otorgada y avalada por la misma sociedad– nos somete. ¿Por nuestro bien?


Toda la tecnología y la reglamentación ideadas para ser aplicadas sobre el cuerpo se vuelven tecnologías para controlar el alma, la voluntad, la decisión. Voluntad y decisión que no pueden ser individuales, por ejemplo, cuando se trata de continuar o no un embarazo, o de dar fin a la propia vida con asistencia de un tercero por incapacidad de llevarlo a cabo uno mismo. De hecho, solo en una decena de países en el mundo la eutanasia o el suicidio asistido son aceptados legalmente.


Estas prohibiciones estatales, por lo general, tienen origen en un maridaje con la moral religiosa que asegura que desde el microsegundo uno el feto es un ser humano. Sagan y Druyan agotan las muchas razones científicas por las cuales no es así; de hecho, Santo Tomás de Aquino o San Agustín estaban en la misma línea, y hasta el siglo XIV el Concilio de Viena les dio la razón. Sin embargo, no solo las iglesias juegan un rol importante, también lo hacen los medios que suelen dar un tratamiento sensacionalista y moralista a este tema.

Temas que generan protestas
Temas que generan protestas
Activistas del grupo ‘Trae alivio, pero no matan’ protestaron contra la eutanasia el 10 de marzo del 2015, en París. Foto: AFP.


Es raro, por ejemplo, encontrar información de carácter masivo que aborde aspectos históricos, que ayuden a la comprensión del papel que ha jugado el Estado en la prohibición del aborto y las razones para la prohibición. Durante siglos ni Iglesia ni Estado dijeron mucho y, de hecho, se trataba de una práctica extendida y no penalizada que, como recoge el investigador Angus McLaren en su artículo ‘Trabajo femenino y regulación del tamaño de la familia’, se entendía como una forma básica  de la planificación familiar: las mujeres (muchas de ellas casadas) que no querían tener más hijos, hasta inicios del siglo XIX, encontraban normal interrumpir el embarazo.


Y aunque no era seguro -como no lo es ahora en donde no es legal- el Estado hacía poco o nada para intervenir. Esa decisión todavía pertenecía a las mujeres.


En un artículo de la revista The Atlantic y el ya citado de Sagan y Druyan, se dan pistas acerca de otros importantes detonantes para que el aborto se haya vuelto ilegal tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos. En una atmósfera de práctica informal de la medicina, los médicos profesionales empezaron a exigir a los gobiernos que prohibieran a homeópatas y parteras que hicieran abortos.


Su propuesta era que únicamente los médicos con licencia pudieran llevarlos a cabo; era, argumentan, una forma de asegurar su poder en el medio. Se puede inferir que estos médicos tenían acceso a las instancias de regulación estatal de la época y  lograron su objetivo. El Estado y su administración son el resultado de unas negociaciones de actores con mayor o menor poder que arrojan determinadas decisiones que se vuelven ley; en el caso del aborto, el fruto fue la prohibición para asegurar la supremacía de un grupo en una práctica determinada.


Otro factor determinante en la prohibición tenía que ver en Estados Unidos con el bien común. La posibilidad de controlar la natalidad vía aborto –porque era legal hasta el último tercio del siglo XIX– mermaba la posibilidad de que la población blanca protestante, que para ese momento ya podía considerarse nativa, fuera mayoría. Tanto católicos como recién llegados de otras etnias iban ganando terreno en términos demográficos, mientras la población protestante mermaba.

Un líder antiabortista de la época, Horatio R. Storer, según recoge The Atlantic, lo ponía en estos términos en 1868: “¿El Oeste debe poblarse con nuestros hijos o con los hijos de esos extraños?”, y “Esta es una pregunta que nuestras mujeres deben responder; de sus entrañas depende el destino de nuestra nación”. A la comunidad que quería dominar ese territorio no le convenía el aborto por razones prácticas y finalmente logró que se prohibiera.


La dinámica sobre este controvertido tema ha sido la misma desde siempre, lo sigue siendo. Bien cabe hacerse esa pregunta ahora mismo y aquí: ¿quiénes y por qué están decidiendo desde el Estado el tipo de control que se ejerce sobre los cuerpos, sobre todo los femeninos? Incluso sobre la educación sexual y la prevención de embarazos no deseados. Las respuestas que salgan quizá no sean sorprendentes, pero ayudarían a entender y a enderezar un par de cosas, a nombre de ese último territorio que nos queda para ejercer la soberanía: el cuerpo.

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