Por una política intergeneracional

Hace 50 años, se hablaba de “brecha generacional”. Hoy esa brecha es invisible. Eso es malo para los jóvenes, la democracia y la justicia social.



*Profesor en la Escuela de Gobernanza Hertie de Berlín.   Jean Pisani Ferri, Project Syndicate* (O) 06 Febrero 2016

Si uno se detiene a considerar algunos desafíos de la actualidad, surge una conclusión obvia: hoy ser joven es relativamente mucho peor que hace un cuarto de siglo. Pero en la mayoría de países, la dimensión generacional brilla por su ausencia en el debate político.


Comencemos por el cambio climático. Su contención demanda modificar hábitos e invertir en reducción de emisiones, para que las generaciones futuras tengan un planeta habitable. Aunque la alarma sonó por primera vez en 1992 en la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro, a lo largo de la última generación poco se hizo por poner límite a las emisiones. Y es poco probable que el histórico acuerdo alcanzado en París en diciembre dé lugar a avances rápidos, porque se basó en posponer las acciones más importantes. El compromiso universal sólo fue posible a cambio de esa demora.


Pasemos a la deuda. Desde 1990, la deuda pública respecto del PIB aumentó 40 puntos porcentuales en la Unión Europea y Estados Unidos (mucho más en Japón). Con tipos de interés casi nulos, el lastre sobre los ingresos es poco; pero como casi no hay inflación y el crecimiento es escaso, los cocientes de endeudamiento se han estabilizado. De modo que la reducción de la deuda tomará más de lo previsto tras la crisis global, lo que privará a las generaciones futuras del espacio fiscal que tal vez necesiten para invertir en acciones climáticas o en la contención de amenazas a la seguridad.


Otra forma de deuda son las pensiones futuras. Los sistemas contributivos que aplican muchos países son inmensos esquemas de transferencia intergeneracional. Es cierto que todos aportan algo durante la carrera laboral antes de convertirse en receptores de una jubilación.  Pero los ‘baby boomers’ (los nacidos desde mediados de los cuarenta hasta mediados de los sesenta) aportaron poco a los esquemas contributivos, porque el crecimiento económico, el tamaño de la población y la corta expectativa de vida de sus padres facilitaban la financiación de las pensiones. Hoy todos esos factores se han invertido: el crecimiento se frenó, y los ‘baby boomers’ son un peso demográfico adicional sobre sus hijos, con una expectativa de vida prolongada.


Los países que iniciaron reformas del sistema de pensiones antes pudieron limitar la carga resultante sobre los jóvenes y mantener cierta justicia intergeneracional. Pero los que las postergaron dejaron a los jóvenes  en desventaja.


Pensemos por último en el mercado laboral. A lo largo de la última década, las condiciones para los ingresantes han empeorado apreciablemente en muchos países. Los jóvenes “ni ni” (que ni estudian ni trabajan) hoy son 10,2 millones en Estados Unidos y 14 millones en la UE. Además, muchos de los que ingresaron al mercado hace poco han sufrido precariedad laboral y períodos reiterados de desempleo. En Europa continental, sobre todo, los trabajadores jóvenes son los primeros en sufrir las desaceleraciones económicas.


En todas estas cuestiones (el clima, la deuda, las pensiones y el empleo), cambios sucedidos a lo largo del último cuarto de siglo perjudicaron relativamente más a las generaciones jóvenes. Un símbolo elocuente es que a menudo la pobreza es mayor entre los jóvenes que entre los viejos. Esto debería ser un tema político prioritario, con importantes consecuencias para las finanzas públicas, la protección social, la política impositiva y la regulación del mercado laboral. Y que hace más fuerte el imperativo de revitalizar el crecimiento por medio de políticas que mejoren la productividad.


Pero la nueva brecha generacional ha tenido poco efecto político directo. Apenas se menciona en los debates electorales y generalmente no condujo a la aparición de nuevos movimientos. Donde sí se ve la divisoria generacional es en la participación electoral.


En las últimas elecciones legislativas en Estados Unidos, la tasa de participación de los ciudadanos más jóvenes fue menos de 20%, contra más del 50% de los votantes mayores. En otros países hay tendencias similares. A pesar del aumento de la incertidumbre a la que se enfrentan, los ciudadanos más jóvenes están mucho más desconectados de la política electoral que sus padres y abuelos cuando tenían la misma edad.


Esta brecha generacional en la participación electoral explica por qué los políticos se preocupan más por los mayores que por los jóvenes. Pero en sociedades que envejecen, cuanto más se abstengan los jóvenes de votar, más se alejarán de sus intereses las decisiones de parlamentos y gobiernos.


Es verdad que en general, los padres no son egoístas, y ayudan a sus hijos con transferencias y subvenciones. Pero solo aquellos que cuentan con ingresos y patrimonio suficiente pueden dar una ayuda significativa. El resultado de descuidar a los jóvenes colectivamente mientras se los ayuda privadamente es desigualdad social a gran escala.


Corregir los sesgos generacionales del sistema político es una cuestión clave para las democracias. Soluciones hay: por ejemplo el voto obligatorio, la limitación de mandatos de los funcionarios electos y la formación de parlamentos juveniles u otros organismos abocados a examinar cuestiones intergeneracionales. Pero tales medidas son difíciles de implementar o insuficientemente efectivas en vista de la magnitud de los desafíos.


Está claro que las tendencias actuales son insostenibles. Lo que no está claro es cómo y cuándo los jóvenes se darán cuenta y harán oír su voz.
 

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