Esa América que se pensó entre cisnes y castillos

El modernismo fue el primer movimiento literario propio de la región, pero se construyó con exotismo . Un acercamiento, tras un siglo de la muerte de Rubén Darío.



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 06 Febrero 2016

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa? / Los suspiros se escapan de su boca de...” Antes de que complete el verso, recuerde que Rubén Darío es mucho más que la ‘Sonatina’, recitada por madres y tías a los pequeños en cuna y edad preescolar. A 100 años  del fallecimiento del poeta nicaragüense, bien vale  regresar sobre su ‘Azul’ y ‘Prosas profanas’, para encontrar entre sus páginas la razón de ser del modernismo y de lo que ese movimiento significó para Latinoamérica, incluso, más allá de las letras.


A Darío se lo ha tomado como príncipe de la poesía de la América mestiza y como fundador de una tradición, ubicando en una etapa previa a Martí, Gutiérrez Nájera, Del Casal o José Asunción Silva (considerados protomodernistas). Asimismo, Darío -además de entregarse a un ejercicio poético,  con la ruptura de cánones formales- se dio a un ejercicio polí­tico, pues manifiesta una preocupación sobre la cultura de la región y una nueva visión sobre la conflictiva realidad latinoamericana de sus años.


El poeta y crítico uruguayo Eduardo Milán, en una entrevista para este Diario, decía: “Rubén Darío liberó poéticamente a Latinoamérica, pues todo lo anterior es deudor de poéticas europeas”. Darío es -afirmaba Milán- poesía del lenguaje en conflicto. En Palabras liminares, de ‘Prosas profanas’, el nicaragüense dice que de haber poesía en nuestra América estaría “en las cosas viejas, en Palenke y Utatlán, en el indio legendario y en el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro. Lo demás es tuyo, demócrata Walt Whitman”.


Ese lenguaje en conflicto del que hablaba Milán buscaba expresarse con Darío desde este lado del Atlántico, pero viendo el retrato del abuelo español y leyendo y admirando -literatura suma- a Cervantes y a Lope, a Garcilaso y a Quintana, a Gracián, a Góngora, a Quevedo y -saltando el cerco idiomático- a Shakespeare, a Dante, a Víctor Hugo y a Verlaine.


Rubén Darío también advertía, en las páginas primeras de ‘Prosas profanas’, que entre esos versos el lector hallaría princesas, reyes, imágenes imperiales, visiones de países lejanos o imposibles. Y se justificaba desde el desencanto frente a su condición y contexto: “¡qué queréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer; y a un presidente de República no podré saludarle en el idioma en que te cantaría a ti, ¡oh Halagabal! de cuya corte -oro, seda, mármol- me acuerdo en sueños...”


Con ese sentimiento de desazón del escritor para con su época, ya se manifestaba una característica del modernismo: el anhelo de huida de un mundo inarmónico, el escape fuera de lo real y de la rutina cansina. Se trataba, entonces, de una ambigua rebeldía y ruptura creativa, donde la renovación estética del lenguaje expresaba la necesidad de refinamiento y culturalismo cosmopolita. Para hacerlo, el americano buscó ‘inspiración’ en los modelos europeos a los que se admiraba: simbolismo y parnasianismo.


Ese mismo desencanto se manifestó en los modernistas ecuatorianos. La reacción de una aristocracia en decadencia contemplaba artificios más que expresiones de una realidad, la del Ecuador de la Revolución Alfarista. Acá, en mixtura con una tristeza desesperante y el rechazo a la sociedad cambiante respecto de lo material, tecnológico e ideológico de inicios del siglo XX (el modernismo en Ecuador es tardío), los ‘decapitados’ también llenaron cuartillas con cisnes blancos y leves danzarinas, con faunos y cequíes... Tedio y melancolía, también como herencia de Baudelaire, Verlaine, Rimbaud o Mallarmé.


De esta relación con el simbolismo francés se desprenderá, asimismo, esa expresión latinoamericana -poética y de pensamiento- donde el lenguaje entra en duda, donde el signo no coincide con la cosa, donde cabe el conceptualismo filosófico por sobre el pragmatismo y lo concreto, que identifican a la tradición norteamericana: más basada en la experiencia y donde palabra y objeto son lo mismo.


Del modernismo, cautiva la atención la ambigüedad de un movimiento nacido en Latinoamérica que para expresarse -como sujeto que rechaza- se mira en otras regiones,  mitologías y renacimientos.  Sin embargo, sería así como, nacido en América, el modernismo -y su propuesta en momentos de crisis-  empató con las búsquedas y propuestas de los autores europeos y consiguió calar especialmente en la generación española del 98 (Darío arribó a España en 1892). Esa generación de 1898 que, con el honor hispano vencido tras la pérdida de las últimas posesiones coloniales y cediendo espacio al poderío de otros imperios, se expresó en las letras de Juan Ramón Jiménez, Ramón del Valle Inclán, Manuel y Antonio Machado y otros.


Aquello definió un capítulo más en la tendencia de observar a la poesía latinoamericana desde un punto de vista de la alteridad, sobre todo, con España. Los viajes de los autores supusieron un acercamiento, que devino en influencia mutua y en la expansión de un movimiento que, con el pasar de los años, ya quiso “torcerle el cuello al cisne”. El modernismo se minó a sí mismo, hasta abrir otras riadas para la poesía de esta parte del mundo, hacia textos que alcanzaron a expresar lo que para Darío era la poesía cierta de ‘nuestra América’... llegarían laandina y dulce Rita de junco y capulí,de Vallejo,  o las cordilleras, hombres, barros y nieves del ‘ Canto general’, de Neruda, más espejo de este territorio, o ¿será que Latinoamérica aún se ve en el escapismo dela libélula vaga de una vaga ilusión,en esas formas y símbolos de otras zonas?

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