Esa ¿necesaria? piedra en el zapato

Los ‘Panama Papers’ reviven un debate que desde el siglo XVIII plantea nuevos tipos de relaciones, tanto entre el Estado y la sociedad, como entre individuos.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 10 Abril 2016

Es casi imposible pensar en un área de la vida en la que no pueda estar envuelto, para bien o para mal, el secreto. Colectivo o individual;  motivo de escándalo o con un fin benéfico; obligatorio o voluntario... el secreto es una de esas categorías que implican un dilema moral.Más en una sociedad global que, a la vez, quiere saberlo todo, y demanda la defensa innegociable de su privacidad, que sin duda también está compuesta de secretos. Quien esté libre de secretos que lance la primera piedra.

Con la sombra de los ‘Panama Papers’ proyectándose sobre buena parte del mundo (ni siquiera China, en su lejanía geográfica y cultural, está libre de ella) parece pertinente detenerse sobre esta noción  para la cual el diccionario de la Real Academia tiene 12 acepciones. Y aunque en estricto sentido lingüístico no tiene una connotación negativa, desde hace un poco más de un par de siglos el secreto se ha venido asociando, progresivamente, a prácticas sociales indeseables y condenables. En ocasiones, de manera injusta.

En un mundo que ve en la transparencia un valor incuestionable, casi de manera irreflexiva, ya no hay lugar para el secreto. Esta sed de ¿verdad? bebe de la teoría de Jeremy Bentham, para quien el secreto es un instrumento de conspiración y por lo tanto no debe convertirse en un modo de gobierno; es esta sed la que aplica, comprensiblemente, a la administración pública, y se expresa en la debida rendición de cuentas a la que los gobiernos están obligados con sus mandantes. No obstante, se ha extendido a buena parte de los aspectos de la vida personal (parejas que pretenden vivir como libros abiertos, por ejemplo) y colectiva, con consecuencias de diverso tipo.

En el siglo XVIII, en Europa y América, principalmente, empezaron a forjarse dinámicas sociales que cambiaron el statu quo y, como sostiene Nicole Bauer en su ensayo ‘¿Puedes mantener un secreto?’, publicado en el 2014 en el Berkeley Journal of Sociology, la autoridad de lo público empezó a reemplazar a la autoridad del rey. 

Así, la opinión pública –cuya expresión más ruidosa era la prensa– se empezó a consolidar y a exigir explicaciones; sobre todo aquellas relacionadas a la intromisión del Estado en los asuntos de las personas.Estamos frente a lo que Jurgen Habermas llama esfera pública, un espacio sin el que hoy la vida en sociedad sería irreconocible, pero no siempre fue así.

En fin, a partir del XVIII desde la sociedad se empezó a reclamar que si el Estado puede saber todo de ella, ella pueda saber todo del Estado. Desde ese momento, progresivamente, dice Bauer, el secreto se ha vuelto sinónimo de corrupción; la transparencia, en cambio, se ha eregido como la hacedora de un nuevo tipo de régimen, que aunque, a veces, no sea enteramente democrático representa los intereses de la nación. La paradoja es que quienes guardan secretos de Estado, aseguran que lo hacen por la misma razón: precautelar los intereses de la nación; es decir, asumen la posición del Cardenal Richelieu, para quien el secreto es consustancial a los asuntos de Estado.

En cuanto a la transparencia, no todos ni en todos los momentos y lugares han sido sus adeptos incondicionales. De hecho, hay quienes la han bautizado de ‘sovietización’ de la vida, en relación a las formas de gobierno que pretenden controlar cada acción y cada pensamiento de los ciudadanos; regímenes para los cuales no hay secretos inocuos.

Irse en contra de la vigilancia 24/7, estatal, corporativa o de cualquier otro tipo, es sensato (desde una perspectiva liberal, obviamente) y casi obligatorio de denunciar, pero ¿qué pasa si ese tipo de intromisión en los secretos de  los otros, sean estos personas u organizaciones, puede salvar a un gran número de personas de sufrir el azote del terrorismo, por ejemplo? No hay una respuesta sencilla. 

Es más, el tema tiene a Estados Unidos debatiendo, dividido. Porque mientras por un lado, la sociedad civil trata, con muchos argumentos a su favor, de escapar al ojo omnipresente del Estado; ese mismo Estado, que quiere saberlo todo de todos, ha instaurado una cultura del secretismo que le permite actuar a sus anchas.

Hace poco, el FBI logró abrir las seguridades del iPhone 5c, pese a que Apple se negó a colaborar, a nombre del respeto a la privacidad de sus usuarios. ¿Es lo mismo privacidad que secreto? En alguna medida, sí; hay espacios de la privacidad que no son secretas y otras que sí, y son legítimas. Lo saben los curas y lo saben los abogados. En el caso de los segundos, los secretos de sus clientes forman parte de su privacidad y en el momento que aceptan representarlos están obligados, legalmente, a guardar dicha información, incluso si se trata del cometimiento de un delito. Así de complicado es el mundo de los secretos.

Muchas otras profesiones, entre ellas la medicina o el periodismo, también están fuertemente relacionadas con el secreto profesional. Y a lo largo de la historia ha habido países enteros viviendo en la cultura del secreto, la Gran Bretaña de los siglos XIX y XX, según David Vincent, que escribió un libro sobre el tema (‘Secrecy Culture. Britain 1832-1998’) en el que describe cómo ese país se las arregló para montar todo un andamiaje legal que hiciera del secreto la norma; quizá retomando el espíritu anterior al s. XVIII, que veía con buenos ojos que la Corona mantuviera secretos, pues solo debía rendir cuentas ante dios.

Cuando de secretos y privacidad se trata, la materia parece ser infinita. Desde una perspectiva alejada del Estado o las corporaciones y sus secretos o intromisiones, en su ensayo ‘La habitación imperial’ (1998), Jonathan Franzen le da la vuelta al problema y sugiere que lo perturbador no es que la esfera pública (territorio del Estado) se inmiscuya en la esfera privada (territorio de la gente común), sino al revés: que la esfera privada haya saltado a la esfera pública; dejándonos a todos a merced de los esperpentos que componen la vida privada, que también incluye los secretos, de los otros.

Franzen, en su repaso minucioso de la obsesión estadounidense por la privacidad, concluye que a sus conciudadanos no les falta privacidad –sus secretos están a salvo–, y que más bien urge revertir la ‘privatización’ de lo público, que se ha vuelto un deposito de miserias individuales de las que nadie quiere saber.

Inocuos, indeseables, pecaminosos o letales... los secretos están por todas partes y el debate alrededor de su idoneidad está servido. Y mientras nos ponemos de acuerdo, quien esté libre de secretos que lance la primera piedra.

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